La liturgia de la carne

La liturgia de la carne - Daniel Zazo Gil

Páramo. Valladolid. 2025.

Dividido en las siete partes de la misa —I, Pórtico; II, Liturgia de la palabra; III, Homilía; IV, Profesión de fe; V, Eucaristía; VI, Comunión y VII, Bendición—, este singular e irreverente libro de poemas se inscribe en la tradición de conocimiento, y simultáneamente reinterpretación, de la ceremonia religiosa de la Iglesia Católica hasta caer en una suerte de sutil y medida herejía. Y esto, sin abandonar la idea de pureza espiritual o la aspiración a la belleza que implica el rito, esa noción de celebración gozosa que encuentra su sentido en la repetición y se toma de lo colectivo para trasladar su esencia a la intimidad placentera como posibilidad y práctica simbólica profana. Además, los poemas de Daniel Zazo Gil muestran siempre, aquí también, un entusiasmo heterodoxo por la rica iconografía del imaginario religioso como constructo, una fascinación por el ornamento externo que rodea al rito, sea pintura, escultura o lenguaje. Conoce en profundidad el tratamiento que la Historia del Arte ha dado a mártires, vírgenes, cristos y santos en sus diversas corrientes y tendencias.

La particularidad y detonante del libro no es sino la delectación de la historia de la cultura occidental en la carnalidad y la herida tomadas en tanto referencias sacras contrapuestas, pero oximorónicas, como claves para hablar de lo humano, del eros y el tormento (Bataille). Es, así, el deseo sensual y sexual el motivo principal, que linda la blasfemia por su constante referencia a lo religioso, en torno al que pivota el libro y aparece como centro de esa recodificación artística, provocadora y libérrima, que plantea en la estela del Cantar de los cantares de Salomon o del “Cántico espiritual” de Juan de la Cruz: léase, por ejemplo, la erección frente al Cristo de Velázquez. O bien, viceversa, esto es, el acto sexual es visto desde la liturgia católica, espiritualizado, ritualizado y codificado, lo que conlleva una suerte de profanación impúdica, nunca del todo irrespetuosa, aunque bordea ese límite, sí, solemne. Dejarse vencer por el deseo —“luciérnaga en el pecho”— es una apuesta del cuerpo, pero igualmente del espíritu. En suma, nos remitimos a la tradición Eros/Tánathos como dualidad cuya impronta es evidente en la retórica cristiana, al igual que en la pasión humana, pues ambas se retroalimentan y contaminan.

Esta paradoja esencial, que implica dolor y placer, tuvo su especial auge en el Modernismo hispánico, con autores como Rubén Darío –“Ite Missa est”– o Delmira Agustini y su concepción de la religión del Arte y la Belleza frente al pragmatismo de los comienzos del capitalismo. Lo sacrílego como uno de los vectores que atraviesa la primera modernidad en español propone un “temblor nuevo”, que ya estaba presente en el simbolismo de Baudelaire y parte de ese oficio verbal sofisticado está en el aliento que inspira estos poemas de Daniel Zazo Gil, que deslumbran por ese erotismo profano tanto de raigambre religiosa —San Sebastián, María Magdalena—, como de mitología grecolatina —Dionisos, las bacantes, Orfeo, las sirenas—. Lo más llamativo, insisto, es esa asociación simbiótica y de ida y vuelta entre lo religioso y lo pagano, lo litúrgico y lo mundano, como sucede en Prosas profanas.

El conocimiento erudito de la sabia voz poética no pesa, no es denso, pese a la proliferación de cultismos y tecnicismos y a la condensación del vocabulario sagrado, místico o las referencias a Ángela de Foligno, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, desde un punto de vista religioso; a Pedro de Mena, Gregorio Fernández, Zurbarán, Caravaggio, Brueghel, El Bosco, Courbet, Rops, Ernst, Munch, Ensor, Dalí, desde una perspectiva estética. El discurso está enmascarado mediante parábolas o construcciones alegóricas y más bien va guiando e introduciendo a quien lee en un imaginario erótico propio, especial, íntimo, en el que nociones como penitencia, pecado original, arrepentimiento, herejía, apostasía, son familiares para el sujeto, pero pueden ser descontextualizadas, recodificadas y enmarcadas en otros dominios. La unión sexual como anticipo de la unidad cósmica y universal y la obsesiva presencia de la muerte, plasmadas ambas vertientes con exquisitez y cierto tono voluntariamente culturalista, son los de una atmósfera mórbida y extrañada, de sensibilidad con resonancias antiguas e impulso bien ascético, bien místico —“deliquio”, “éxtasis”, “arrobamiento”—. Estos leitmotivs permean el poemario, además de hacerlo una notoria fluidez rítmica y recursos como la metáfora, la alegoría, la aliteración, la sinestesia, el símbolo, el oxímoron o la écfrasis como procedimientos cruciales. Algunos poemas son más narrativos, otros más concisos, casi aforísticos, estáticos y reflexivos, hechos de destellos, de la contemplación extasiada de una imagen potente.

La curiosidad transgresora del sujeto, que quiere “ser saeta atravesando a San Sebastián”, nos participa de sus interrogantes hondos y de la exploración en los secretos y misterios del ser, del espíritu, del eros a través de la semántica, en ocasiones mordaz y sacrílega —como en las referencias a Buñuel y lo ascético de Simón del desierto, por ejemplo—; en otras, contaminada de la idea de amor de Barthes y sus Fragmentos del discurso amoroso a La llama doble de Octavio Paz o Teresa, mi amor de Julia Kristeva —“Sitios en los que quedarse a vivir”—. Nos hace pensar asimismo en Michel de Certeau y su Fábula mística. Y, por supuesto, en la imaginería y semántica barroca impregnada de un fervor religioso que conmociona y perturba por la hipérbole del sufrimiento y el gozo —Bernini—. El deseo también puede ser, sin embargo, náusea, y lo abyecto se infiltra en ocasiones: lo desregulado, “contra natura”, lo que perturba. El tono a veces se acerca igualmente, como adelantaba, a la sentencia, al aforismo —tan importantes los de Gracián como inspiración— para expresar la duda, la vacilación sobre la fe (“Señal de la cruz”) o para celebrar el milagro de eros y los cuerpos. La écfrasis sostiene, como mecanismo, el libro, partiendo de autores clásicos o contemporáneos y se intuye asimismo una tímida apuesta por una espiritualidad otra, despojada, austera, libre ya de los ropajes exquisitos, en la línea protestante de un Lutero o un Calvino. Interesa desde una perspectiva de articulación formal, eso sí, todo lo que tiene que ver con los adornos, las joyas, esto es, lo que la Contrarreforma y el Barroco supusieron desde un punto de vista cultural, artístico, literario, pero de ningún modo desde una comprensión meramente espiritual o religiosa. La fe interesa más por las obras maestras que ha inspirado y por el paralelismo con lo erótico que por el propio significado del repertorio ritual de creencias.

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Hay, entonces, una suerte de toma de la parte humana de lo sacro para reivindicar el exceso, la “falta” o “error”, porque los desvíos o extravíos (de los sentidos incluidos) son caminos de aprendizaje. En esto la propuesta del poeta me recuerda a la de Cristina Peri Rossi —“Oración”— o de Gioconda Belli —“arrodíllate en señal de respeto”—, más allá de Darío o López Velarde.

Frente al supuesto retorno de una espiritualidad en los tiempos actuales —Lux de Rosalía, Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa—, aquí tenemos un sabio uso retórico de la tradición e iconografía judeocristiana —como creo que sucede en buena parte de los productos musicales y cinematográficos aludidos—, que se conoce y comprende para decir, de manera audaz y hedonista, el deseo carnal, la “jouissance” humana, el gozo en sentido amplio. El placer y el epicureísmo pueden ayudar a confrontar y aceptar, sin tanto castigo ni sacrificio, desde la pura libertad, el miedo, la angustia, la soledad, el dolor, la duda y el estremecimiento perenne de la vida. La liturgia de la carne incide en lo humano y en que, con Quevedo, siempre seremos “polvo enamorado”.

María José Bruña Bragado es profesora en la Universidad de Salamanca.

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