El nuevo paradigma de vivienda de Javier Gil: "Igual que hay un salario mínimo, se necesita un alquiler máximo"

El sociólogo y autor del libro "Generación Inquilina", Javier Gil.

"La generación inquilina es toda la población que no puede acceder a una vivienda en propiedad. Pero esta exclusión no es por voluntad propia o por falta de esfuerzo, sino que tiene que ver con los condicionantes estructurales de la economía y la política". Así explica el sociólogo Javier Gil (Madrid, 1985) el concepto que sirve de título para su último libro: Generación inquilina. Un nuevo paradigma de vivienda para acabar con la desigualdad (Capitán Swing, 2026). "Igual que existe un salario mínimo, se necesita un alquiler máximo", señala el investigador del CSIC, que ve en la cooperación y en las plataformas sociales una herramienta clave para mostrar las grietas del planteamiento económico que nos ha llevado a la crisis de vivienda. El libro trata de mostrar los resortes de poder que hay detrás de la impresionante rentabilidad del mercado inmobiliario y la capacidad real de la política para frenar esas dinámicas. "La retirada deliberada del Estado de determinados ámbitos económicos es precisamente lo que ha abierto el espacio para que entren actores privados como los fondos de inversión", protesta en un momento del texto.

Además de una generación que ha perdido el pulso al mercado inmobiliario, habla de un sistema económico que ha hecho más grande el problema. ¿Cómo ha ocurrido esto?

La sociedad de propietarios es un proyecto central para el desarrollo de las economías capitalistas desde los años setenta, que transformó a la clase trabajadora en propietaria como un proyecto ideológico y político para mantener la cohesión social en un contexto de pérdida de derechos. Pero en 2008 ese sistema estalla. La vivienda empieza a entenderse como un elemento especulativo y financiero y se concentra en manos de los inversores.

¿Aquí empieza el nuevo paradigma de desigualdad?

Eso hace que suban los precios de la vivienda y que la población no pueda acceder a una casa porque el precio, empujado por una demanda especulativa, se desacopla de los salarios. Aquí surge esta generación inquilina que no puede comprar esas casas, pero tiene que vivir en las viviendas de los inversores.

El problema es que los activos se gestionan de manera agresiva para obtener mucha rentabilidad y eso provoca la frustración de las aspiraciones sociales y del bienestar de las nuevas generaciones. 

Hay una brecha de riqueza entre quienes son propietarios y quienes no, pero ¿existe también una lucha generacional?

En 1987, comprar una casa equivalía a tres años de salario; ahora mismo, una persona joven necesita 14 años. En 2004 el banco te financiaba el 120% o el 110% de la hipoteca y eso nos llevó al estallido de la burbuja. Vemos que las generaciones más mayores vivieron en sociedades donde los bancos, la política, los gobiernos o el Estado facilitaban que te compraras una casa. Y eso ya no sucede.  Pero esto no tiene que ver con boomers o millennials, sino con las sociedades en las que ha vivido cada generación.

El problema de la vivienda no es algo que tenga que ver con los méritos individuales de las personas o de las generaciones, el problema es estructural. El problema no es el jubilado que vive en una vivienda de su propiedad, sino el inversor que la está comprando para ponerla en alquiler porque tiene dinero y se lo puede permitir.

¿La vivienda es un canal para multiplicar el patrimonio de quienes más tienen?

De un lado están las empresas, fondos de inversión inmobiliaria e incluso los hogares de renta alta, que tienen dinero, acceso al crédito y compran casas en las que no van a vivir y con las que se hacen más ricos. Y por otro lado está la generación inquilina de la que hablo, una mayoría social que con los salarios no puede acceder a la propiedad ni al crédito.

En el libro dice que “cuando el sistema premia la posesión de activos y castiga el esfuerzo, la promesa meritocrática se quiebra". ¿Ha sido este uno de los detonantes del descontento o el voto a la extrema derecha? 

Esto rompe con los valores centrales de nuestra sociedad y genera desafección porque, aunque tengas trabajo, aunque hayas estudiado, el sistema no puede ofrecerte el principal elemento de estabilidad vital, que es la vivienda.

La población siente que el sistema ya no funciona, se cuestiona la propia democracia o prolifera el voto a la extrema derecha. Porque de alguna manera la gente piensa que la promesa que les habían hecho de que si trabajaban, estudiaban y se esforzaban, podían acceder a un bienestar y a una vida digna, ya no funciona.

¿La solución pasa por cambiar las coordenadas de nuestro sistema económico?

La vivienda es un tema donde hay muchísimo dinero en juego. Yo hablo de "planificación rentista" y de "gobernanza rentista" porque hay una política supranacional en las instituciones, en los bancos centrales, en la Comisión Europea, etc., donde se encuentra la raíz del problema, y la gente empieza a verlo ahora y a traducir su malestar en acción colectiva o en cauces de acción política.

La política de vivienda de Madrid es la política de la especulación, es favorecer que cada vez haya más concentración de la propiedad, más especuladores, más fondos de inversión

Aquí los gobiernos autonómicos también tienen mucha responsabilidad. Lo estamos viendo en el enfrentamiento ahora mismo en política de vivienda entre Cataluña y Madrid. La política de vivienda de Madrid es la política de la especulación, es favorecer que cada vez haya más concentración de la propiedad, más especuladores, más fondos de inversión, más libre mercado, inquilinos con menos derechos, etcétera. En cambio, Cataluña está aprobando políticas superinnovadoras en materia de vivienda.

¿La crisis ha cambiado nuestra sensibilidad cuando hablamos de intervenir el mercado?

Yo siempre pongo como ejemplo el caso de Berlín. Donde se celebró un referéndum para expropiar a los grandes caseros del país y salió con un 56% de los votos a favor. Entonces, políticas o medidas que hace diez años nos parecerían impensables porque a priori son contrarias al sentir habitual de la gente, empiezan a ganar popularidad en un contexto de crisis de vivienda y generan un cambio de opinión que abre la puerta a políticas nuevas.

Señala que el Estado tiene un papel importante y que "igual que existe un salario mínimo, se necesita un alquiler máximo". ¿Por qué no hay medidas más ambiciosas? ¿No se está midiendo bien el problema que supone la vivienda para la gente?

No lo estamos midiendo bien no porque no se pueda medir, sino porque no quieren que se mida. Porque quieren precisamente que se pueda seguir generando mucha rentabilidad de la inversión inmobiliaria.

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El salario mínimo busca garantizar que en esta sociedad, si trabajas, puedas vivir dignamente. Y eso es un elemento central de nuestras sociedades, que más o menos se cumple en la mayoría de los países del norte global. Con la vivienda eso se está rompiendo, porque lo que empezamos a ver es que da igual que trabajes, da igual que tengas múltiples trabajos, porque la situación de la vivienda no te va a garantizar una vida digna. ¿De qué sirve que tu salario suba un 10% si tu casero te sube el alquiler un 60%?, porque eso es lo que ha subido en Madrid durante los últimos cinco años.

Aboga por la "cooperación" frente a la "economía de activos" y propones "reconstruir la vida comunitaria en torno a los bloques de vecinos" ¿Qué puede hacer la comunidad?

Las luchas sociales cada vez son más importantes, porque los ataques al estado del bienestar están más presentes y se harán necesarios más vínculos sociales. De la misma manera que se debe reconstruir el lazo comunitario, entre vecinos, hay que reconstruir formas organizativas comunitarias que permitan la acumulación de fuerzas para no empezar siempre las luchas desde cero. 

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