La estrategia de las derechas
Gobernar con Vox: la apuesta del PP que puede desgastar a la ultraderecha… o reforzarla aún más
Las negociaciones entre el Partido Popular y Vox han entrado en una nueva fase. Tras las elecciones en Extremadura, Aragón y Castilla y León — a la espera de la convocatoria electoral en Andalucía, en la que el 31 de mayo se repite a derecha e izquierda como la fecha más probable— ambas formaciones han apretado el acelerador y se preparan para un acuerdo tras tumbar los de Abascal hace solo unas semanas la investidura de la presidenta extremeña, María Guardiola. Génova entró en las negociaciones para tratar de desencallarlas, pero desde la formación ultra les acusan de tratar de hacerles "zancadillas" y prefieren despachar con los territorios.
El PP da por hecho que el acuerdo llegará pronto, pero Vox quiere ser el que maneje los tiempos tras una bronca campaña electoral en Castilla y León, que dio dos diputados más a Alfonso Fernández Mañueco y uno a la candidatura de la formación de Santiago Abascal. Aunque los ultraderechistas alcanzaron su mejor resultado histórico en una comunidad al obtener el 18,9% de los votos, se quedaron lejos de sus propias expectativas. Ese resultado ha insuflado ánimos en Génova, tras dos noches electorales en las que la formación aumentaba su dependencia de los ultras e incluso perdía posiciones como sucedió en Aragón.
El resultado del domingo movió a Abascal a reclamar la entrada de Vox en los tres gobiernos autonómicos. "El señor Feijóo se ha hartado de decir que Vox no quiere gobernar, que no tiene valor para gobernar, que sale corriendo. Le tengo que decir sí vamos a gobernar en las tres regiones", señaló el líder ultra. Así, casi dos años después de salirse de los gobiernos autonómicos compartidos con el PP bajo la excusa de la acogida de menores migrantes, Vox volvería compartir ejecutivos regionales con la formación de Alberto Núñez Feijóo. Desde Génova creen que gobernar de nuevo en coalición con la ultraderecha le puede venir bien al PP, especialmente si así se ve a un Vox lidiando con presupuestos, consejerías y la letra pequeña de la Administración pública.
El PP ha concluido que el mayor peligro no es pactar con Vox, sino dejarlo crecer al margen de las instituciones. Por ese motivo Alberto Núñez Feijóo ha dejado de hablar de fórmulas abiertas, de apoyos externos o de "responsabilidad" en abstracto para plantear casi un ultimátum a Abascal: "No podemos entrar en el mes de abril sin un acuerdo". La frase, pronunciada en una entrevista en Esradio el martes en medio del atasco de las negociaciones, retrata mejor que ninguna otra el giro del PP. Ya no intenta contener a Vox desde fuera, sino desgastarlo desde dentro, pagando para ello el peaje de gobernar conjuntamente.
Una decisión que no responde solo a una necesidad aritmética, sino a una estrategia política de largo alcance. El objetivo final de Génova es frenar el ascenso de los ultras replicando la estrategia de 2023 tras las autonómicas y municipales. Entonces, ambas formaciones pactaron gobiernos de coalición en las comunidades en las que el PP necesitaba a Vox. Aunque algunos de esos acuerdos, como el ratificado por el entonces líder del PP valenciano, Carlos Mazón, sirvieron para alimentar la campaña de Pedro Sánchez para las generales, el PP considera ahora que convertir a la fuerza emergente en socio institucional y obligarla a compartir costes puede desgastarla en la gestión y limitar así su capacidad para seguir creciendo como partido protesta.
El giro de Feijóo
La tesis del PP es que mientras Vox permanezca fuera de los gobiernos, puede presentarse como una fuerza sin mácula, libre de contradicciones, dedicada a agitar agravios y a denunciar las supuestas tibiezas de la "derechita cobarde" o el "PSOE azul", en palabras de una fuente del equipo de Feijóo. En cambio, una vez dentro de los ejecutivos, los ultras se convierten en corresponsables de la gestión de los servicios públicos y los presupuestos. Esto supone también un giro para el planteamiento del líder del PP, que siempre ha reivindicado los gobiernos en solitario, y ahora asume que el futuro pasa por incorporar a Vox al gabinete.
Lo que busca el partido de Feijóo es desgastar a la formación y cree que lo está consiguiendo tras el 'no' de Vox a la investidura de Guardiola. Los conservadores quieren que cale la idea de que bloquear gobiernos "tiene consecuencias", como advirtió el presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, recientemente y apuntar al responsable de una eventual repetición. Así, plantean dos alternativas: entrar en los gobiernos y aceptar el desgaste de la gestión, o quedarse fuera y asumir la culpa de la inestabilidad. Por el momento, la fórmula de Vox es negociar "medida a medida", fijar plazos y exigir garantías de cumplimiento antes de hablar de sillones.
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Tras las elecciones en Aragón, Vox reclamó consejerías con "estructura y presupuestos para poder hacer políticas" y no sólo "para figurar", en palabras de su portavoz nacional, José Antonio Fúster. "Queremos tener responsabilidades con presupuestos muy claros para aplicar políticas", defendió en rueda de prensa. En el PP aseguran que "escucharán" las peticiones de la formación y que después decidirán qué carteras ofrecer en función del resultado electoral. Quieren un acuerdo "proporcional" pero tampoco se cierran a que los ultras ocupen carteras con peso, como educación o seguridad, porque también se comprobaría, a juicio del PP, las dificultades de gobernar y, sobre todo, de encontrar "perfiles competentes" para gestionar esas conserjerías.
Una operación con riesgos
Con todo, la estrategia de los conservadores no está exenta de riesgos. Si Vox entra en los ejecutivos y sufre el desgaste de la gestión, el PP podrá presentar la operación como un éxito: habría garantizado estabilidad y, al mismo tiempo, habría contenido el crecimiento del socio. Pero si Vox utiliza las instituciones como escaparate, impone parte de su agenda y conserva intacta su capacidad de movilización, se volverá en su contra. Entonces no se hablará de una ola contenida, sino de una ola institucionalizada.
Así, gobernar puede desgastar a la extrema derecha, pero también legitimarla y amplificar con ello su discurso y sus políticas. Ese es el riesgo que trasladan algunos barones autonómicos, especialmente aquellos que cuentan con mayorías absolutas como el citado Alfonso Rueda, el andaluz Juanma Moreno o la madrileña Isabel Díaz Ayuso. El PP ha decidido correr ese riesgo porque entiende que no tiene otro camino para preservar la primacía en su bloque. En el fondo, lo que busca Feijóo no es solo pactar gobiernos, es convertir a Vox en un socio previsible antes de que vuelva a ser una amenaza mayor.