Unai Sordo novela “el desamparo, el desarraigo, la vulnerabilidad y la venganza de la clase trabajadora”

El secretario general de CCOO, Unai Sordo, publica su primera novela, 'Al norte'.

El secretario general de CCOO, Unai Sordo, lleva un paso más allá la afición literaria que ya materializó en los relatos Cortos de oficio (Catarata, 2023, algunos publicados en infoLibre) y se estrena como novelista en Al norte (Hoja de lata, 2026), una historia de ficción anclada en la realidad sobre el lado más humano del mundo del trabajo, la precariedad y la salud laboral. En el libro, retrata la emigración interior española en los años del desarrollismo y las migraciones actuales a tierras donde las grandes corporaciones imponen su ley. 

¿De dónde viene el impulso para publicar su primera novela?

Viene de mis primeros relatos, que se quedaron cortos, ya que eran historias que tenían más recorrido. Hice el esfuerzo de tratar de entrelazarlos para buscar una historia donde se mezclaran varios hilos, con secuencias también de novela negra. Lo más difícil fue darles continuidad, añadir muchas cosas nuevas y acabar de ligarlos de alguna manera para buscar un final con cierta sorpresa. Fue un ejercicio de prácticamente dos años y este es el resultado.

El resultado es Al norte. ¿Cómo presentamos la novela a los lectores?

Es una secuencia de historias paralelas que se mezclan con saltos en el tiempo, a lo largo de diversas décadas. Todas tienen, de alguna manera, un trasfondo laboral, aunque no es una novela sindical ni nada por el estilo, sino de ficción, que se basa mucho, eso sí, en recuerdos y en vivencias, y mezcla referencias a cómo era el mundo antes, cómo eran las relaciones laborales y cómo es todo eso ahora en este mundo un poco distópico del algoritmo, de la organización de la vida a través de parámetros que parece que no dependen ya de la voluntad humana, aunque en la novela se va viendo que al final la voluntad humana siempre está subyacente. También hay historias de migración y de explotación laboral, que, insisto, tienen mucho que ver también con la memoria de uno mismo, de cosas que nunca he contado y ahora las cuento, aunque sean ficcionadas, todo ello con personajes que no son reales, pero que se anclan en recuerdos.

¿Los capítulos cortos son una herencia de aquellos relatos iniciales?

Es que es una novela que tiene muchos saltos en el tiempo y pretende construirse un poco como las pinturas impresionistas, sobre un montón de capítulos. Cada uno de ellos tiene su propia sustantividad, pues intenta generar un mosaico caleidoscópico de realidades laborales, sociales y también de sentimientos muy humanos, como la venganza.

Sin que sea una novela sindical como tal, ¿qué aporta hablar desde la ficción de estos temas de los que tanto habla usted pegado a la realidad más dura del día a día?

Es una perspectiva distinta. Por ejemplo, aparecen referencias a la salud laboral, a la salud que se pierde en el centro de trabajo. Esto es algo que sindicalmente, en efecto, abordamos con datos, con reivindicaciones, pero yo tengo una experiencia muy concreta también de conocerlo desde el plano humano porque, en su día, cuando estuve en Euskadi, hicimos una serie de grabaciones a personas que habían sufrido daños por el amianto y otras enfermedades profesionales, y que son historias que no se han contado lo suficiente a pesar de su profundidad personal y dramatismo. La ficción te permite, precisamente, aproximarte desde esa visión mucho más emocional y emotiva, más vinculada a esas sensaciones de desamparo, vulnerabilidad, desarraigo y, finalmente, venganza que ha tenido la clase trabajadora. 

Permite incidir en los mismos problemas de un modo distinto.

La ficción es también una forma de intervenir en la disputa cultural. Es decir, no todo tienen que ser informes o reflexiones sesudas en clave de ensayo, sino que la ficción es muy importante a la hora de pugnar por los sentidos comunes. Esto, por ejemplo, lo entendió muy bien la industria audiovisual norteamericana, pero yo creo que ha habido un déficit, fuera del realismo social, en la utilización de la ficción para construir relatos e historias que hablen de los problemas laborales y económicos de la gente, pero desde un código distinto al que usamos normalmente en la actividad pública. 

Ha habido un déficit en la utilización de la ficción para construir relatos e historias que hablen de los problemas laborales y económicos de la gente

Aquí habla de los afectados por el amianto, que en el periodismo, por lo general, se quedan en frías estadísticas, pero en la novela relata cómo enferma una mujer por tener que lavar la ropa de su marido después de que cerrara la lavandería de la empresa para recortar gastos. Es la historia humana detrás de los números.

Sí, y además esa historia es real. Evidentemente, la mujer es ficción, pero la historia responde a una realidad en una empresa de construcción de vagones que había en el Goierri, en Guipúzcoa, donde una mujer fallece por haber entrado en contacto con el amianto de su marido, sin haber trabajado nunca en una fábrica, simplemente por el lavado del buzo. A mí me parece que, además de contarlo, de hacer documentales, es importante que esto se pueda trasladar en distintas formas, en este caso literarias, como podrían ser también de cine o televisión, y eso es lo que intento con toda la modestia del mundo. Es una forma de contar de otra manera las cosas que he vivido por mi actividad sindical.

¿Incluso a verlas de otra manera y aprender a través del proceso de escritura?

Y también contar cosas que se han dejado de contar. Había cosas que no estaban en los relatos, que he ido incorporando y que tienen que ver directa o indirectamente con mi propia vida. De repente, según iba escribiendo, me han ido saliendo cosas que, incluso a nivel personal, no se las había contado prácticamente a nadie, pero que, al darles esa pátina de ficción, las he hecho emerger. Siguiendo con esto, creo que hubo una época de absoluta precariedad vital en los 70 y los 80, incluso de pobreza severa, que casi ha desaparecido del imaginario colectivo por una autoprotección de la generación de nuestros padres, por lo que la ficción es un muy buen espacio para sacar estas realidades que están un poco opacadas u olvidadas. Como aquello de que la gente se daba comida en los portales cuando alguien perdía el empleo, estas cosas se han dejado de contar, y ahora hay gente que dice que en los 80 se vivía muy bien y había mucha seguridad en España. La ficción es una forma muy importante de recuperar esas realidades, aunque sea buscando personajes o relatos ficticios, pero muy anclados en realidades vividas. 

Es una forma de contar de otra manera las cosas que he vivido por mi actividad sindical

¿De ahí también que abunden las descripciones detalladas de paisajes naturales e industriales? ¿Para que la ficción se ancle más en la realidad?

Casi todo son ubicaciones más o menos conocidas y bastante reales. Yo no soy escritor, así que me costaría hacer una novela de ficción ubicada en un manglar del Caribe (risas), porque no lo he conocido y no creo que tenga esa capacidad de describir espacios imaginados o solo vistos por referencias. Por eso, me refiero mucho a escenarios que más o menos he vivido, algunos con nombres reales y otros ficticios. La Castilla rural que aparece en la novela no es el pueblo de mi familia, que se llama de otra manera, pero sí lo es de alguna forma porque me estoy refiriendo a cosas que he vivido. Por otro lado, casi todos los paisajes del norte son reales, se pueden cotejar, están ahí con los acantilados, los búnkeres, las playas... Describir los entornos también es una forma casi de hacer un homenaje a tu ecosistema, a donde has vivido y te has criado.

También ha vivido muchas huelgas y asambleas, y en la novela hay un pasaje en el que ficciona precisamente eso, que es otra manera de meter al lector en un meollo en el que una gran mayoría no suele estar. 

O las asesorías que se hacen en el sindicato (risas). Al final, cuando puse estas cosas, que son, lógicamente, inventadas, pensaba que es lo único que puedo aportar yo desde mi experiencia profesional. Es decir, se trata de ficcionar también elementos que, en general, son muy desconocidos, ya que la gente no sabe muy bien cómo funciona un sindicato, cómo se defiende a un trabajador cuando surge un problema real, o qué pasa en una asamblea donde se intenta dibujar todo el proceso de descentralización productiva que hubo en España y en Europa en los años 90. Pero, en vez de hacerlo soltando una chapa, se hace mediante una vivencia ficticia que podría ser perfectamente real. Creo que eso es lo que yo podía aportar.

Se describe incluso un local de CCOO en una visita para pedir información.

Sí, está ese momento. El sindicalista es real, tiene nombre y apellidos, pero él todavía no lo sabe (risas).

Son historias que no se han contado lo suficiente a pesar de su profundidad personal y dramatismo

Parte de la novela discurre también en el presente, en los Países Bajos, donde miles de personas acuden en busca de trabajo desde multitud de países y soportan condiciones de explotación total. Parece un mundo distópico, pero no lo es.

Esa es la parte aparentemente más distópica, pero, efectivamente, es la más real de la novela. Está basada en un informe sociológico que hizo Grupo de Investigación Arosa, que va a hacer un libro con los resultados, y es bastante fidedigno. También hay cosas inventadas, pero hay partes que son traslación literal del informe, porque esto pasa así. De hecho, hice una publicación sobre la novela en Instagram el otro día y me ha escrito un chico que me dice que está deseando leerla porque ha trabajado allí, concretamente en el polígono que aparece. Lo cierto es que ha habido mucha migración española, sobre todo en la anterior crisis, que se fue a trabajar a unos polígonos logísticos con enormes infraestructuras, donde el trabajo organizado a través de algoritmos era el pan nuestro de cada día. Y no ya el trabajo, sino incluso cómo vive y dónde se aloja esa gente, todo con un control absolutamente exacerbado por parte de los algoritmos, que se daba hace ya casi una década, por lo que esta distopía ya se ha visto muy superada por la realidad.

Las relaciones laborales del siglo XXI frente a las del XX.

Es algo totalmente vigente, eso es. Ahí busco una contraposición entre las nuevas y las viejas formas de trabajo y explotación, por ejemplo, de los padres de los protagonistas que aparecen en ese flashback permanente. Aparecen contrapuestas las formas de trabajo actuales y pasadas desde esa visión de ficción.

Hubo una época de absoluta precariedad vital en los 70 y los 80, incluso de pobreza severa, que casi ha desaparecido del imaginario colectivo

Unas formas de trabajo antaño basadas en relaciones personales y ahora dirigidas por algoritmos con nombres humanos, Isabel en este caso, al que ya conocimos en un relato corto publicado en infoLibre en 2022.

De hecho, la idea parte de que aquel relato se quedó corto, así que luego hice otros dos y los uní. Cuando salió en infoLibre aquella historia mucha gente me dijo que era súper potente y que se quedaba corta. Lo que pasa allí es así, y luego hay partes inventadas todavía más distópicas porque se inventa una especie de realidad laboral absolutamente posmoderna en los Países Bajos, que es distópica, de momento. Porque estamos hablando de cosas de hace seis, siete u ocho años, cuando el desarrollo de la inteligencia artificial no era el que es ahora, por lo que aporto cosas nuevas como el efecto de la inteligencia artificial generativa, estableciendo un juego entre lo que aparentemente no tiene ninguna intervención humana, pero al final, a lo mejor, sí la tiene. Ese es uno de los juegos de misterio que aparece en la novela. 

Hay varios pasajes en los que se argumenta la importancia de que los trabajadores estén sindicados para defender sus derechos laborales. Es una idea que late en la novela.

Quería hacer una especie de pedagogía muy sutil. Es decir, no quería que la novela fuera un tocho, ni un panfleto, ni mucho menos, pero sí dar a entender que la estrategia desorganizada de los protagonistas tiene mucho que ver con lo que luego se desencadena. Y, sí, claro, se barre un poco para casa, no nos vamos a engañar (risas), la novela no es neutral en ese terreno, no es un panfleto, pero tampoco es apolítica.

En el retrato de Euskadi no falta ETA.

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De hecho, cuando hice los relatos, no había ninguna referencia a ETA y al terrorismo, algo que a mí mismo me llamó la atención. No me salió. En la novela sí consideré que había que introducir algunos elementos, desde lo que era la kale borroka hasta el impuesto revolucionario y la presión a pequeños empresarios. Tenía que aparecer de alguna manera porque también ha sido parte del ecosistema en el que yo he vivido hasta 2011.

¿Qué sensación le gustaría dejar en el lector al terminar la novela?

Me gustaría que el lector pensara que está bien resuelta, porque son muchas historias cruzadas, y que sintiera que muchas de esas historias le tocan en algo de alguna manera porque, tomadas individualmente, ya dicen algo, pero ligadas todas, da una perspectiva total de las 300 páginas. También me gustaría que le haya merecido la pena recuperar algunas de las historias con las que se puede sentir identificada mucha gente que ha nacido en cualquier barrio obrero, dentro o fuera de Euskadi, porque también hay mucho de generacional.

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