Luis García Montero: "El mayor interés de la extrema derecha es desacreditar la política y la democracia"

Luis García Montero regresa a la novela con 'La mejor edad'

Regresa Luis García Montero (Granada, 1958) 12 años después a la novela con La mejor edad (Tusquets, 2026). Una historia que comienza cuando Manuel Benítez recibe con sorpresa en el bar de comidas que regenta la visita de un viejo conocido, el juez Ramón María Zaldívar, que lo condenó a la cárcel en 1975, cuando España estaba a punto de empezar a dejar atrás el franquismo y abrazar la democracia. Contra todo pronóstico, la conversación fluye y la amistad se afianza mientras hablan de caídas y cuidados, viejas heridas y segundas oportunidades.

¿Qué es La mejor edad?

Es una novela basada en una conversación entre dos personas que se reencuentran después de haberse conocido en una situación muy difícil 50 años antes. Al reflexionar sobre el paso del tiempo, la política, la situación del país, enseguida aparece la pregunta de cuál ha sido tu mejor edad, que después ronda por el restaurante que ocupa la mayor parte del argumento. Después de contarse sus vidas, los dos protagonistas coinciden en que la mejor fue la edad en la que vivieron un amor feliz. Y son conscientes de eso sobre todo porque, debido a la muerte y a la enfermedad, han perdido la convivencia de ese amor.

Esa conversación es entre un juez y un hombre que regenta un restaurante, con un pasado que coincide en un momento muy concreto.

Esta es la historia de un juez que se queda viudo y que al hacer una mudanza revisa documentos del pasado y encuentra una vieja sentencia injusta que dictó cuando quería fijar su posición como un juez autoritario propio del franquismo, y condenó sin pruebas a un muchacho por un delito que no se sabía si había cometido. Luego pasa el tiempo y se convierte en un juez demócrata que defiende los derechos humanos y en una referencia internacional en la justicia progresista, hasta que, haciendo esa mudanza, se acuerda del joven sentenciado y va a buscarle para comprobar cómo le ha ido en la vida y qué consecuencias tuvo su error. Le encuentra y, tras superar las tensiones, acaban estableciendo una conversación, una relación de confianza en la que analizan estos 50 años de democracia española y de relaciones personales. 

¿Son dos personas que se entienden y se perdonan la una a la otra y a sí mismas?

Una de las apuestas del argumento es analizar las situaciones donde son posibles las segundas oportunidades. Porque una de las cosas que a mí me preocupan son las dinámicas donde la rapidez y la crispación llevan a los discursos de odio, a los rencores, y donde parece que defenderse a uno mismo significa ser implacable con el otro. Frente a eso, la conversación ayuda a escuchar y abre las posibilidades del entendimiento, pues al escuchar al otro puedes reconocerte a ti mismo y, lo que es fundamental, si vamos a establecer una relación no se trata de atacar tus errores para ocultar los míos, sino de que en la conversación se puedan analizar tus errores y tus virtudes, y que me sirvan también a mí para asumir y responsabilizarme de mis propios errores y virtudes. 

La conversación ayuda a escuchar y abre las posibilidades del entendimiento, pues al escuchar al otro puedes reconocerte a ti mismo

¿Tener fe en la juventud siempre ha sido un error? Esta es una de las muchas reflexiones que aparecen durante la conversación, como consecuencia también de echar la vista atrás.

Vivimos un momento de mucha aceleración, de crispación, del tiempo convertido en mercancía de usar y tirar, y eso está impidiendo el diálogo generacional. Para mí, era muy importante denunciar esa falta de diálogo generacional, el peligro de que los que han envejecido se conviertan en unos viejos cascarrabias y de que los jóvenes crezcan creyendo que se van a inventar el mundo porque no le deben nada a la memoria, ni a nadie. La conversación intergeneracional es decisiva. Y, en ese punto, uno de los personajes, que es muy descreído, puede mirar hacia los jóvenes que van a cambiar el mundo, pero después se someten a sus propios intereses y acaban interesándose menos por la sanidad o la educación pública que por salir en TikTok y mantener su protagonismo.

¿Hemos cometido el error de dar por sentada la democracia?

La conversación de estas dos personas se sostiene en ese sentido, ya que hablan de su vida a lo largo de 50 años, que son los que nos separan de la muerte de Franco y el principio de la democracia. Creo que es muy importante ser consciente de los errores cometidos, tanto de lo que se hizo mal como de aquello que no se llegó a hacer y que había que haber hecho. Y es muy importante también ser consciente de lo que sí se ha hecho y se ha conseguido, porque nos puede engañar tanto la ceguera ante lo que se ha logrado como la creencia de que todo es perfecto y eterno, cuando no es verdad ninguna de las dos cosas. La democracia ha conseguido muchas cosas y ha tenido una transformación en la vida pública, en la sociedad española, no solo en la libertad de poder votar cada cuatro años, sino en lo que significa la educación sentimental, la justicia... Porque la justicia está mal, es verdad, pero no tiene nada que ver lo que era la justicia de una dictadura con la de una democracia donde fallan cosas. Conviene tener en cuenta esto porque, si no, los enemigos de la democracia van a procurar no solo paralizar los avances, sino borrar lo que ya se ha conseguido. 

Vivimos un momento de mucha aceleración, de crispación, del tiempo convertido en mercancía de usar y tirar, y eso está impidiendo una conversación intergeneracional que es decisiva

¿Tiene nuestra democracia que asumir que es exalcohólica?

Uno de los personajes, Manuel, fue condenado pero tuvo la suerte de que se enamorara de él la abogada que lo defendió, que se había educado en una parroquia de curas obreros de un barrio de Madrid, y de que pronto llegara la democracia, por lo que ella pudo trabajar en las instituciones del Estado y él abrir un bar sin tener estudios. Lo que ocurre es que se olvidó de los peligros de la realidad y acabó acostumbrándose a beber más de la cuenta en la barra del bar y tuvo una crisis alcohólica fuerte que le complicó la vida. En esta conversación con el juez, aparece que a lo mejor hay que tener cuidado con que la democracia española no se parezca demasiado a esta biografía de 'hay una dificultad, empieza un mundo nuevo, defendemos la alegría, pero se nos va la vigilancia y la alegría se convierte en alcoholismo y en negación de las responsabilidades de la vida'. Por eso, es conveniente darle su papel a las segundas oportunidades, y por eso este Manuel puede salir de su racha alcohólica y puede responsabilizarse de sus propios errores buscando un comportamiento justo en el futuro. 

Una sociedad democrática necesita creer en la justicia, pero uno lee las noticias y se lleva sorpresas muy tristes

¿Algunos jueces son peores que los delincuentes?

Eso lo dice una persona que se sintió muy perjudicada por un juez que lo condenó sin pruebas, por lo que cree que tiene derecho a decir eso, y yo lo tomo en serio para plantear algo que estoy viendo y analizando en la sociedad. Hay dos cosas fundamentales para una democracia, y se nos puede perder la cabeza en una crisis alcohólica de no darnos cuenta de lo que significa en nuestra sociedad: el periodismo y la justicia. El periodismo es fundamental para la democracia, y una de las grandes dinámicas que atentan contra la democracia es la sustitución de la información seria por la comunicación de bulos por parte de pseudoperiodistas y pseudomanipuladores. Por otra parte, una sociedad democrática necesita creer en la justicia, pero uno lee las noticias y se lleva sorpresas muy tristes, porque hay algunos jueces que no se comportan de manera decente y parece que, más que por la justicia, están preocupados por darle titulares escandalosos a los pseudoperiodistas. 

Los enemigos de la democracia van a procurar no solo paralizar los avances, sino borrar lo que ya se ha conseguido

Son necesarios periodismo y justicia independientes. 

Esa es una realidad. Una sociedad necesita una justicia independiente, pero con una doble dirección, es decir, que sea independiente del gobierno y también de los intereses partidistas que quieren utilizarla para crear escándalos contra el gobierno o para desacreditar la democracia. El mayor interés ahora mismo de la extrema derecha es desacreditar la política y la democracia, porque, como en el fondo ellos trabajan para los multimillonarios, les conviene una democracia sin autoridad para que no imponga un orden en el que paguen impuestos y cumplan leyes que favorezcan la igualdad. Hay muchos jueces que dicen que son independientes porque no responden a un gobierno, pero están muy sometidos a la dependencia de unos intereses políticos muy concretos, y eso pasa con el pseudoperiodismo también. La independencia es fundamental, y yo lo siento pero cuando leo las noticias veo que hay casos de corrupción en los que un partido expulsa inmediatamente al corrupto, que va a la cárcel y se ponen en marcha los juicios, y otros casos en los que el partido no echa al corrupto sino que intenta enmascararlo y se dedica a dilatar años el proceso judicial. Y, de pronto, coinciden en la actualidad ambos juicios, uno sobre algo que ocurrió antes de ayer y otro hace cinco años, con lo que hay que ser muy exigentes con el crédito de la justicia porque de ahí depende el crédito de la democracia. 

Al tratarse de dos personas que echan la vista atrás, el paso del tiempo se convierte también en un tema muy importante. "Envejecer es ley de vida, pero una putada", dicen. También que "se trata de cumplir años sin perderse el respeto".

Uno de los personajes es muy guapo, va envejeciendo y va viendo en el espejo que pierde su mayor virtud, aparte de que cada vez tiene menos fuerza para mantener su protagonismo en movimientos políticos y profesionales. Hablábamos antes del diálogo generacional y de lo peligroso que son tanto los viejos que se convierten en cascarrabias como los jóvenes que creen que no le deben nada la memoria, y claro, para mantener las ilusiones colectivas y el sentido de la comunidad es muy importante un diálogo generacional donde los viejos no se consideren con derecho a parar a los jóvenes y los jóvenes no piensen que pueden crear un mundo de la nada como si no hubiera existido nada anterior a ellos. En esa coyuntura está la conciencia de lo que es cumplir años, pues los viejos no pueden detener el futuro, no pueden querer que todo permanezca igual, no pueden olvidar que no es lo mismo haber nacido en 2008 que en 1958. En ese sentido, me interesa otro tipo de reflexión que tiene que ver con los cuidados, que en el fondo es lo que lo une todo. 

Hay algunos jueces que no se comportan de manera decente, y parece que más que por la justicia están preocupados por darle titulares escandalosos a los pseudoperiodistas

El dueño del bar cuida de su mujer enferma tras haber sufrido un incidente cerebral.

Así es. Vivimos en sociedades muy hedonistas que además están sustituyendo el diálogo colectivo por las individualidades hasta el punto de que hay estrategias que pretenden crear grupos de individualidades en vez de colectivos que compartan una ilusión común, agrupando a individuos que solo se unan por el rencor para defender sus propios intereses contra los demás. Hay que tener en cuenta cómo lo individual puede sustituir a lo colectivo. ¿Qué significa eso? Pues no solo ya creer que el triunfo se debe al propio mérito sin deberle nada a los demás, sino creer que uno es invulnerable. Y, bueno, la vida nos recuerda una y otra vez que somos vulnerables, que convivimos con la enfermedad, con la muerte, y que el individualismo todopoderoso es una mentira. A partir de ahí, está algo que yo creo que relaciona la construcción de una historia amorosa con el espacio público, que es el puente que hay entre un yo, una intimidad y un nosotros. Porque si estableces una historia de amor creyendo que se trata de imponer tu identidad no existe igualdad, sino machismo y homologación, cuando si nos unimos es porque somos vulnerables, necesitamos cuidar y ser cuidados. Eso pasa en lo público también y en la articulación de un contrato social donde más que el respeto a la diversidad lo que se intenta es la homologación de imponer una identidad cerrada que convierta a la igualdad en homologación, y que se olvide de que todo el mundo tiene derecho a ser cuidado y la obligación de cuidar a los demás. 

La vida nos recuerda una y otra vez que somos vulnerables, que convivimos con la enfermedad, con la muerte, y que el individualismo todopoderoso es una mentira

Para Manuel, poder cuidar de su mujer es una oportunidad, no una carga.

Me interesó tirar del hilo precisamente por esa preocupación donde las dificultades pueden ayudarte a resolver conflictos o a cerrar los ojos a tus propios errores. Él se equivoca, se porta mal con su mujer hasta el punto de que ella lo abandona, pero entonces ella tiene una enfermedad cerebral, se queda inútil, y él la recibe en casa para cuidarla. Ahí está la segunda oportunidad. Él, que había asumido su error, que sabía que se había equivocado, que había conseguido vencer la crisis de alcoholismo, disfruta cuidando a su mujer porque es la manera que tiene de lavar su mala conciencia. Pero, una vez que ha lavado su mala conciencia, vuelven los matices del conflicto y entonces se pregunta: '¿no acabaré convirtiendo en egoísmo este lavado de mi mala conciencia? ¿Mantenerla con vida no es una injusticia si hay médicos que me están diciendo que a lo mejor está la posibilidad de la muerte digna? ¿No debería yo respetar la muerte digna de mi mujer en vez de tenerla aquí para lavar mi propia conciencia porque la estoy cuidando bien?'

Ahí aparece la palabra ‘eutanasia’.

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Es que como todo se convierte en palabras, de pronto a Manuel, que cuando oía 'eutanasia' le parecía una palabra con bata blanca y congelada, lo mismo que muchas palabras de la retórica judicial que le parecían vestidas de uniforme cuando lo condenaron, la expresión 'muerte digna' ya no le parece igual. Entonces ya se plantea de verdad que el amor puede ser respetar la dignidad de su muerte y no obligarla a seguir con vida para que él se sienta realizado por cuidarla. Ese es otro de los matices de la obra que nos une a todos, que es la de ir analizándonos a nosotros mismos, comprender nuestros propios errores a la hora de juzgar también los errores y las dificultades de los demás. 

Al principio, hablamos del recuerdo de la mejor edad cuando miramos atrás, pero la novela termina planteando también cuál es la mejor edad para reconocerse viejo y morir.

Hay muchas posibilidades de la mejor edad, cada una tiene sus inconvenientes y sus virtudes, pero en los personajes y en la vida que flota, y en la erupción de la nieta y de la juventud, es importante la esperanza y el compromiso con el futuro. Estos dos personajes son personas mayores que de pronto comprenden que, a lo mejor, lo que está en juego ya no es su propio mundo, sino el que deben habitar sus hijos y sus nietos. Hay muchas respuestas a cuál es la mejor edad, si bien al final los dos protagonistas coinciden en que para ellos fueron los años cuando estaban viviendo y disfrutando un amor que marcó de felicidad de sus vidas. El problema es que, claro, acaban reconociéndolo cuando se pierde, por culpa de la muerte o la enfermedad. Pero esa toma de conciencia del amor, más que convertirse en un claustro, abre los ojos a la necesidad de la esperanza, del futuro, de la vida de los jóvenes, del diálogo generacional. A la hora de cumplir años, es importante que sepamos que en la vida y en la políticas puedes mantener un pie en tus valores y en tus ideas, pero con el otro pie tienes que dar un paso al lado para dejar que la vida continúe y no caer en la tentación de paralizarla. Ese es el sentido que une la esperanza a la historia de estos personajes.

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