Nuestra basura, su chatarra
De vez en cuando me lo encuentro al salir de casa. Ata su carro de chatarra a una farola y se toma un café en el bar que hay en la esquina. Siempre me pregunto qué debe cavilar cuando ve salir a una persona como yo de un bloque de pisos. Imagino que pensará algo como: “Qué suerte que tiene de disponer de un hogar. Ojalá algún día llegue a tener un techo seguro donde poder dormir. Un techo que me proteja de la lluvia o del viento, y que me permita tener una vida con un mínimo de bienestar.” Varias veces me lo he encontrado, a primera hora de la mañana, durmiendo entre cartones en el espacio cubierto que queda justo al lado del mercado del barrio. Cuando no está allí, desconozco dónde pasa la noche. Entonces temo que le haya pasado algo. Afortunadamente, al cabo de unos días siempre lo vuelvo a ver.
Nunca he intercambiado ninguna palabra con él, así que no puedo decir cómo se llama, qué edad tiene o cómo ha llegado hasta esta situación. Me pregunto si tiene familia, si ha nacido en España o en otro país y, sobre todo, qué circunstancias le han conducido a tener que abrir las bolsas de los contenedores para buscar metales o residuos que puedan intercambiarse por euros. Tiene problemas de vista, pero intuyo que lo verá como algo menor. O quizás le da miedo ir de visita médica por lo que le pueda costar una eventual operación.
Su situación vital debería interpelar más a las administraciones públicas, sobre todo a las municipales. Pero no es solo una cuestión de las instituciones
Todo son suposiciones. Lo único cierto es que vive o, mejor dicho, sobrevive con lo poco que le pagan de lo que arrojamos los ciudadanos en los contenedores. Nuestra basura es, para él, su fuente de generación de ingresos económicos. Asimismo, tiene muchas más posibilidades de enfermar que cualquier otro vecino de la ciudad. Y, lo que es peor, no puede ponerse malo porque no tiene acceso a una baja laboral como cualquier otro trabajador que cotiza en la Seguridad Social.
Su situación, lamentablemente, no es una excepción. Es una realidad palpable y creciente en las grandes ciudades españolas. Su situación vital debería interpelar más a las administraciones públicas, sobre todo a las municipales. Pero no es solo una cuestión de las instituciones. También los ciudadanos deberíamos ser más exigentes. No podemos aceptar ni tolerar que haya seres humanos que vivan en estas condiciones. Es una cuestión de empatía, pero sobre todo de dignidad. Viven en nuestras localidades y deberían tener el mismo código de derechos (un trabajo digno, una vivienda…) y deberes que cualquier otro ciudadano. Mi ‘amigo’ seguro que no pediría más, pero tampoco menos.
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Marcel Vidal Calzada es socio de infoLibre.