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La hipocresía de la Unión Europea

Juan José Torres Núñez

Hace tiempo que los analistas nos están avisando del populismo rampante que amenaza a la Unión Europea. Nos advierten del gran peligro que supone los avances de la extrema derecha para nuestro orden social, de paz y prosperidad. Nosotros, conocedores de la miseria de las guerras que sufrimos el siglo XX y de los millones de personas que perdieron su vida, nos pusimos hace sesenta años a trabajar para conseguir la unidad de todos los pueblos de Europa: queríamos paz, justicia social, solidaridad y trabajo para todos. Todo parecía posible porque estábamos dispuestos a aparcar nuestras diferencias y egoísmos. Con ilusión nos animamos a crear un proyecto común lleno de esperanza y libertad en un mundo justo que surgiría con un nuevo renacimiento, pues nuestra mente creativa está llena de belleza.

Pero han pasado los años y el sueño europeo que a tantos cautivó, poco a poco se ha ido marchitando hasta tal punto que hoy se oye por todas partes una canción que habla de su desintegración. Y España, que ahora ya forma parte de los cuatro del núcleo duro, apuesta también por una Europa que avance a varias velocidades. Esto significa varias EuropasEuropas. Con otras palabras, los vagones de un tren no pueden ir a diferentes velocidades. Conscientes de la desintegración que se está produciendo, todos los políticos han empezado a arengarnos sobre la necesidad de la integración. Nos recalcan que el populismo puede acabar con todos los grandes logros que se han conseguido.

Nos dicen que el populismo es el mayor desafío que tiene hoy la democracia. Se entiende, porque existe el miedo de que pueda acabar con los privilegios de los jerarcas de Bruselas y de las élites financieras. Y Trump, que es otro populista, con su “America First”, según nos advierte Javier Solana, “esconde una amenaza a la estabilidad global”. Pero no hay que tener miedo, porque esa estabilidad se refiere solo a la de las élites financieras. Los desahuciados, los pobres y los desempleados no tienen nada que perder. Su situación no va a cambiar: seguirán disfrutando de la estabilidad que España les ha garantizado. En su artículo “Europa primero [first]” (El País, 2-3-17), el señor Solana opina que este “es el momento de que una UE fuerte defienda los valores democráticos y actúe de freno ante nacionalismos excluyentes”. Según él, el mundo entero necesita la UE, pues “los nacionalismos y extremismos […], una vez más, asoman la cabeza en Europa y más allá”. También subraya que “a los extremismos y nacionalismos exacerbados” hay que “hacerles frente con un espíritu ilustrado supranacional”.

Si reflexionamos un poco y no nos dejamos llevar por las noticias falsas, nos damos cuenta de que la hipocresía de la Unión Europea hiere nuestros sentimientos. Se nos informa constantemente del peligro del populismo y de los nacionalismos y extremismos, sin embargo, aprobamos el golpe de estado violento del 22 de febrero de 2014 en Ucrania, con su “revolución de color”, que Barack Obama y George Soros facilitaron con medios y dinero. Hemos sabido que EEUU financió y orquestó las organizaciones y demostraciones de la plaza pública del Maidán. Pero nunca mencionaron que habían puesto en el poder a una banda de neonazis violentos que mostraban las fotos del conocido Stepan Bandera: un colaborador de Hitler en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial. Victoria Nuland, vicesecretaria de Estado para Asuntos de Europa y Eurasia, y el senador McCain celebraron el golpe con sus colegas repartiéndoles galletas y chocolate caliente, creo, en la plaza. Cientos de ONGs financiadas por el Reino Unido, Europa y los “proyectos” de la Open Society de Soros, hicieron posible el cambio de régimen de un gobierno elegido por el pueblo. Los cambios de régimen perpetrados en Irak y Libia son dos buenos ejemplos que nos muestran lo que ocurre al derrocar un país soberano. Hoy han quedado destruidos, desintegrados y arruinados. Europa ha participado en la guerra de esos países soberanos. ¿Recuerdan la exultación de David Cameron y de Nicolas Sarkozy arengando a los libios porque les habían llevado la democracia? De esa democracia hoy solo queda odio, guerra, división, terrorismo, ruina y miseria. Mientras sigamos bombardeando y destruyendo sus casas, las columnas de refugiados que huyen de la guerra, mujeres, hombres y niños, seguirán entrando en Europa para buscar con todo el derecho del mundo un lugar para vivir y el terrorismo encontrará aquí un buen caldo de cultivo.

Con la ayuda de EEUU, Europa y la OTAN, lo que hoy estamos viendo en Ucrania es un renacimiento del fascismo (véase el artículo de Eric Draitser, “Ukraine and the Rebirth of Fascism”). Este fascismo no se había visto en Europa desde la caída del Tercer Reich. Sin embargo, Mario Vargas Llosa en su artículo “Ucrania: la pasión europea”, no ve un golpe de estado. Lo ocurrido en Ucrania para él ha sido un levantamiento del Maidán y nosotros somos víctimas de la “agresión de Putin”, con su constante “desafío al sistema democrático occidental” (El País, 30-11-14). Vargas Llosa describe a esta banda de neonazis como unos patriotas que el escritor ucraniano Bulgákov “se sentiría orgulloso” por su “resistencia y heroísmo tranquilo”. El cambio de régimen de un gobierno elegido por el pueblo para Vargas Llosa ha sido “una gesta del Maidán contra el Gobierno corrupto de Yanukóvich” y contra “la vocación imperialista de Putin”.

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Con el paso de los años el sueño colosal de Europa se ha ido desvaneciendo y la paz prometida ha convertido a Europa en un cuartel general de la OTAN, que se acerca cada vez más a las fronteras de Rusia, haciendo que los europeos vivamos en un estado constante de guerra. Europa se ha orientado hacia una política belicista, en vez de una política social. Ahora los jerarcas de Bruselas han entonado un “mea culpa”, al recoger los resultados de los fracasos que han sembrado. Y de la prosperidad prometida solo pueden decirnos que la próxima generación será más pobre: la prosperidad se ha convertido en más precariedad. El resultado de su gestión de recortes y austeridad lo podemos ver en Grecia. La política del FMI y del BCE ha creado en ese país un aumento de la pobreza del 18%. Y los salarios del 52% de los trabajadores en el sector privado se han reducido a menos de 800 euros al mes. Solo el 22% de los trabajadores gana más de 1.300 euros al mes. Lo que sí crece en Grecia es el precio de los alimentos. Nuestra libertad se ha convertido en una “ley mordaza”, que ha reducido nuestros derechos conquistados a fuerza de mucha lucha. Hemos perdido nuestra soberanía como nación y nos han impuesto un sistema neoliberal dirigido por las finanzas, que produce una división cada vez más grande entre ricos y pobres, en un sistema de globalización creado por las élites financieras. (Véase el Informe sobre el Estado Social de la Nación 2017, presentado por la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales, que Natalia García y Jesús Maraña han dado amplia información en este medio).

Europa seguirá derrumbándose y el sueño europeo desvanecerá si no transformamos los bancos de inversión, creando bancos comerciales que faciliten el crédito. El FMI no puede seguir con su política de recortes y contra los trabajadores. La implantación de la Ley Glass- Steagall para separar los bancos comerciales de los de inversión especulativa, podría ser el primer paso. Helga Zepp-LaRouche ha manifestado que si pudiéramos conseguir que “EEUU y las naciones de Europa colaboraran con Rusia y China en la Nueva Ruta de la Seda, los problemas del mundo se resolverían”. Por supuesto que la City de Londres y los bancos especulativos de Wall Street se opondrían a una economía de win-win, en donde todos ganaríamos, pero esta sería nuestra justa lucha para derrotarlos. Según Helga, si así lo hacemos, sería una buena “razón para sentirnos optimistas”. Y podríamos recuperar la esperanza que en las naciones de Europa hemos perdido. _______________

Juan José Torres Núñez es socio de infoLibre

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