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Neoliberalismo, ¿un modelo aberrante de fatalismo económico?

Amador Ramos Martos

La libertad es conceptualmente sinónimo de capacidad de elección. Es “mi voluntad de elegir” la que hace mía la decisión y la responsabilidad sobre las consecuencias derivadas de esta. Las posibilidades de elección eso sí, no son ilimitadas, vienen determinadas nos guste o no por condicionantes, por circunstancias naturales, biológicas, físicas, psicológicas y sociales del momento que habitamos existencialmente.

El progreso humano se ha edificado sobre el conocimiento científico racional. Las ciencias ya sean formales o empíricas han sido los pilares que nos han aliviado –con grandes diferencias eso sí según realidades y situaciones- de la pesada carga y las limitaciones impuestas por los fenómenos físicos y biológicos y han atenuado la idea equivocada del determinismo psicológico que basa nuestras decisiones ajenas a nosotros en las motivaciones más fuertes.

Respecto al determinismo social algunos como Max Weber –estudioso del calvinismo- consideran que la estructura de la sociedad es consecuencia de la ideología y creencias religiosas, sin embargo otros, consideran al contrario que son las circunstancias materiales – infraestructuras- de vida las que determinan la estructura social (Marvin Harris).

Lo que parece claro es que el determinismo subyugado al principio de causalidad, es negado por la filosofía como principio universal ya que anularía el concepto y la existencia misma del de libertad de cada acción humana adoptada de forma reflexiva o no, pero siempre intencionada.

Mucho se ha debatido y polemizado sobre la existencia real y los límites teóricos de la libertad del hombre, pero como defendía Aranguren, más importante que definir los márgenes de aquella y teniendo conciencia de su existencia, es vivir y vivirnos en libertad, ampliando sus límites en un proceso dinámico de reflexión autocrítica moral y ética.

La lucha de la humanidad por progresar humanamente, es un intento continuo a veces reposado y a veces traumático por dominar cualquier expresión de determinismo que vaya más allá de los lógicos e inevitables condicionantes físico biológicos y de los pactados socialmente para garantizar la convivencia equilibrada entre distintos y sus diferentes intereses.

Todo lo comentado anteriormente me sirve como argumentario para plantear una cuestión: ¿La crisis actual que padecemos en el mundo desarrollado –el subdesarrollado es una tragedia ignorada permanentemente- es consecuencia de un exceso en los lógicos y razonables condicionantes de nuestra libertad, o lo que se intenta de forma larvada es implantar un modelo neoliberal de determinismo social y económico?

No creo -y a los hechos y sus consecuencias acontecidos desde el inicio de la crisis me remito- que nadie sea capaz de negar el proceso de involución de nuestro actual sistema social, edificado sobre derechos arrancados al despotismo y que garantizan nuestra condición de ciudadanos libres, quienes en un pacto con el estado consideraban sus derechos legitimados y salvaguardados por este.

La regresión social y de derechos fruto de la crisis está condicionada por un poder económico que se demuestra indomable ante los poderes políticos –que por omisión, acción o ambas- renunciaron a su control.

Se trata de imponer un discurso falaz –determinismo linguístico- que justifique un injusto determinismo económico, tan irracional en sus argumentos y nulas evidencias que lo acercarían a la condición de casi religioso. La aseveración fuera de toda lógica del modelo neoliberal de que no hay alternativa posible a la degradación del sistema social que nos asola extramuros de su ideario, es una aporía (RAE Del gr. ἀπορία, dificultad de pasar Fil. Enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional) económica que tratan sin evidencias de imponernos con la complicidad e incompetencia de aquellos que debieron –pero renunciaron a hacerlo- proteger y garantizar nuestro bienestar y derechos.

Si los ciudadanos admitimos sin una pacífica pero contundente respuesta social y política los argumentos falaces carentes de ética que esgrime el neoliberalismo, estaríamos admitiendo una mecanicista relación causa-efecto en los acontecimientos vividos ajena a nuestra capacidad de reflexión, y a la imprescindible libre voluntad individual y colectiva en la toma de decisiones que nos mantendrían anclados a situaciones de ignorancia e injusticia permanentes.

Vuelvo antes de finalizar a reivindicar a Aranguren: “Las actitudes colectivas y la mentalidad evolucionan y en ciertos aspectos, hasta se revolucionan”.

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Hay momentos que surgen como seísmos en el tiempo histórico y en los que la resistencia, la protesta, la rebeldía, el derecho a objetar en conciencia, la exigencia radical ante el menoscabo de nuestros derechos, la reivindicación de un proyecto digno y humano de futuro, incluso la desobediencia civil –a pesar de leyes preventivas injustas y antidemocráticas que son mordazas legales pero ilegítimas- no solo son necesarias ante los impostores si no éticamente imprescindibles. 

Addenda: He vuelto de madrugada tras asistir a la cabalgata del orgullo gay y antes de enviar el comentario escrito horas antes, he reflexionado sobre el significado de esta fiesta, su valor simbólico, un hito normalizado y lúdico a la libertad individual y ejemplo de como la determinación colectiva de unos ciudadanos, acabó con el fariseo e inhumano determinismo moral religioso, que negándoles derechos humanos inalienables... los deshumanizaba.

Amador Ramos Martos es socio de infoLibre

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