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Solares de infancia

Mayte Mejía

La terrible historia de Diego, el niño que sufría un posible bullying −acoso− escolar y que tomó la tremenda decisión de suicidarse −tal y como explicó en la carta dirigida a sus padres−, porque ya no aguantaba el suplicio de tener que ir cada día al colegio Nuestra Señora de los Ángeles de Villaverde −causa archivada en el pasado diciembre e investigación reabierta tras publicar la prensa, con consentimiento de la familia, un escrito de puño y letra del pequeño donde dejaba ver su angustia−, pone de manifiesto lo indefensos que nos sentimos ante quienes ejercen presión sobre el resto, empleando la fuerza física o psicológica, hasta que consiguen su mayor triunfo: limpiar la sociedad de lo que para ellos es escoria. Apena mucho saber que hay personas que no encuentran otra salida más que romper con la vida, cuando crecen las alambradas del miedo y electrocutan la capacidad que todos deberíamos tener para salir a flote. Ahora bien, si los damnificados son esos locos bajitos, que llamó Serrat, el dolor es superior.

Pero en los últimos días han aparecido, además de la comentada, otras dos noticias tremebundas: la triste y horrible muerte de Alicia, en el Hospital de Cruces, en Vitoria, la niña de 17 meses arrojada por la ventana de un primer piso, presuntamente por el hombre que había pasado la noche con la madre de la pequeña, una joven brasileña de 18 años y a la que también agredió −caso que está bajo secreto de sumario−. Y algo que ha pasado muy de puntillas −aunque sí recogido en estas mismas páginas hace algunas semanas−: la muerte de muchos niños en minas de cobalto de la República Democrática del Congo, antes de volver a la superficie tras 12 ó 24 horas en su interior –algo que en su momento denunció UNICEF−. Ese metal se utiliza para baterías, de las que sus fabricantes proveen a grandes multinacionales −que aseguran desconocer la gravedad del asunto− para dar vida a teléfonos móviles, ordenadores y demás dispositivos electrónicos. Estos hechos deberían bastar para que reflexionáramos sobre la deriva de destrucción humana hacia donde se conduce este mundo nuestro.

Pero no hay un solo mundo. Cada uno de nosotros somos un continente distinto, tenemos regiones rocosas, humildes, secas, vanidosas, desoladas, solitarias, egoístas, grotescas, bipolares y, en el mejor de los casos, a ratos, con toques menudos de felicidad, cosas que nos mueven por las rutas diarias sin saber muy bien que detrás de la ropa que vestimos, del calzado que cubre nuestros callos, de los alimentos que engordan el ego y el frigorífico, se esconden el dolor, el sufrimiento, la humillación, la explotación, la salud y la muerte de los semejantes que tuvieron en contra la suerte y las oportunidades. Así que, por todo esto, de verdad que hay veces que entran ganas de poner en marcha el protocolo de mandarlo todo a la mierda.

Diego, Alicia, los niños y niñas mineros y tantos otros que, aunque no lo sepamos, mueren explotados, manipulados, violados, refugiados en las salas de estar de las alcantarillas, o asesinados antes de alzar el vuelo, ya no verán nunca más el sol. Pero por los que siguen vivos, los que están, los que se agarran a la falda de la esperanza para no caer, los que ríen, los que se resisten a bajar a cualquier yacimiento mineral que suponga dejarse la vida, los que se orinan por los rincones de las bofetadas, los que se cuelgan de nuestros cuellos buscando caricias perdidas en noches fatigosas; en definitiva, por esos que guardan todavía un hilo de aliento y fuerza merece la pena seguir luchando. _______________

Mayte Mejía es socia de infoLibre

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