Cultura

¡Andaluces, acostaos!

Paseantes en la Feria de Sevilla de 2017.

Andalucía es el bolso de Mary Poppins del topicazo español. No tiene fondo. Si uno abre la cremallera de su imagen estereotípica, sale un gitano saleroso por aquí, un señorito por allá montando a caballo con chulería, un par de caraduras tocando las palmas para distraer al incauto mientras el compinche le echa mano a la cartera. Hay un bohemio reflexivo y cachondo, quizás poco dotado para la competición pero mucho para la contemplación. Después aparece una misteriosa mujer de ojos negros, a lo Julio Romero de Torres, dispuesta a llevar a cualquiera a la perdición. Por todas partes surgen tipos ocurrentes, ingeniosos, mal adaptados al tempo de la civilización, moradores del último rincón del antiguo paraíso. Pobres, sí. E incluso trágicos. Pero siempre dispuestos a correrse una buena juerga. Y arsa y olé. Cada 28 de febrero, como hoy, se celebra el Día de Andalucía y al cantar el himno el lugareño se confiesa: "¡Andaluces, levantaos!", dice la letra. Claro: sólo se le dice "levantaos" a los vagos que están acostaos.

Para citar toda la retahíla del primer párrafo sólo hay que observar. Los tópicos están ahí, al alcance de cualquiera. Encontrar su origen no es tan fácil. Hay que hundir las manos en la tierra de la historia, hay que mirar los cuadros, leer los libros, estudiar la evolución de eso que se da en llamar el saber popular... A eso se ha dedicado el escritor e investigador de las letras Alberto González Troyano (Algeciras, Cádiz, 1940), que ha sido profesor de Literatura Española en las universidades de Fez, Cádiz y Sevilla. Acaba de firmar La cara oscura de la imagen de Andalucía. Estereotipos y prejuicios (Centro de Estudios Andaluces), por cuyas páginas pasan el gitano y el bandolero, el torero y la flamenca, el aristócrata indolente y el adulador taimado, todos filtrados por la mirada de un autor en busca de la forja de todo el repertorio. Y que siguiendo pistas llega hasta el siglo XVIII.

No siempre hubo turistas. Antaño eran viajeros ilustrados que encontraban poco aliciente en la España despótica del XVIII, de la que Voltaire y Montesquieu habían dado referencia desdeñosa. Fue a finales de aquel siglo cuando –repasa González Troyano– el romanticismo alumbra un nuevo tipo de viajero, que "desecha el rigor de la civilización burguesa" y su homogeneidad y busca evasión en la ruta meridional. Debajo de Despeñaperros había una joya. "El exotismo salvaje de Andalucía estaba tamizado por una civilización que ya había limado cualquier agresividad. Se ofrecía [...] el encanto de lo extraño sin riesgo ni peligro", leemos en La cara oscura de la imagen de Andalucía.

Caen rendidos el marqués de Custine –"no puedo escribir Andalucía sin que me palpite el corazón"–, Théophile Gautier –"el paraíso de nuestros sueños"–, Stendhal –"una de las más adorables residencias que la voluptuosidad haya elegido"–. Los cita González Troyano junto a la duquesa de Abrantes, que en sus memorias atribuye el supuesto carácter erótico-lascivo de la mujer andaluza a los tórridos vientos de África.

Registro de pregón

 

De modo que cristalizan ya tanto los arquetipos –torero, gitano, bandolero– como los valores asociados a la vida al sur del sur: sensualidad, voluptuosidad, instinto... La composición del imaginario es rocosa. Difícil de desmontar. La demanda de historias de gente "auténtica" exige una oferta a la altura. Los intentos de ofrecer contraplanos no logran derribar el muro. Estébanez Calderón o Fernán Caballero –pseudónimo de Cecilia Böhl de Faber– reaccionan ante lo que consideran una imagen peyorativa y simplona. También lo hará Juan Valera, que, no obstante, "excluye cualquier alusión a un mundo socialmente problemático" y se limita a la observación con valor etnológico.

Ocurre que Andalucía ha sido, además de un surtidor de imágenes perdurables, un género en sí misma. Al escribir sobre Andalucía, se ha adoptado tradicionalmente un tono andaluz."Hay unos estereotipos retóricos de los que es difícil huir. Un andalucismo retórico", señala González Troyano en charla con infoLibre. Se diría que para contar Andalucía es especialmente agradecido el registro del pregón, arrebatado y tremendo, a medio camino entre la crónica taurina y el chiste picarón.

El ensayo también registra excepciones: Clarín, Ramiro de Maeztu y otros regeneracionistas "decidieron descender a Andalucía para delatar, de primera mano, el hambre que recorría sus pueblos". "Tras reaccionar horripilados ante los espectáculos que encontraban, el primer compromiso que adquirieron con sus lectores fue excluir, en sus crónicas, cualquier referencia que pudiera recordar a la detestada y empalagosa Andalucía que ilustraba las postales", resume González Troyano. Noble empeño, esbozado mucho antes por José María Blanco White, el que quienes crearon personajes andaluces que "no viven embelesados e indolentes", en palabras del autor del ensayo.

Pretexto para el moralismo

Pero, de la misma manera que hoy está ya demostrado que las fake news se diseminan por las redes más rápidamente que las investigaciones periodísticas, en el imaginario colectivo se instalan con mayor facilidad los tópicos que las articulaciones complejas. A esto se suma un esquematismo no exclusivo de España: el reparto de roles norte-sur. El norte industrioso e innovador frente al sur festivo y mendicante. Ocurre también con el mezzogiorno italiano, recuerda González Troyano. El periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, otro insigne ejemplo de nadador a contracorriente, se rebeló contra el "quinterismo" –por los hermanos Álvarez Quintero– que ha dominado siempre la imagen sobre Andalucía. Una imagen que, huelga decirlo, no es inocente. Los nortes suelen diseñar el prejuicio sobre los sures para definirse por oposición, desaguar sus propios pecados y componer ademanes virtuosos. "Andalucía –escribe González Troyano– se convierte en ocasión para una maniobra moralista de mayor alcance, tras la cual la referencia andaluza sirve sólo de pretexto".

Pero poco pueden los párrafos de un Chaves Nogales contra el poderío visual del casticismo, el majismo, el plebeyismo... El "señorito" se convierte en "metonimia de Andalucía", expone González Troyano. Los escritores a menudo explican toda Andalucía, ¡incluidas sus relaciones sociales!, a partir de impresiones rescatadas de las interacciones en torno a un tablao. ¿Para qué analizar a fondo el capitalismo latifundista, cuando puede uno recrearse en el gusto nobiliario por el capotazo y la seguiriyas? La imagen de "juergas, excentricidades, aduladores y graciosos pasó sucesivamente del patio del cortijo a la taberna y a la feria", escribe González Troyano.

Andalucía negra

Un factor agravante es que incluso los escritores que pretendían salirse del molde y ejercer la denuncia literaria contribuían, a su manera, a aquilatar una visión distorsionada de Andalucía dando forma a la otra cara de la moneda: lo que González Troyano llama la Andalucía "negra, trágica y hambrienta", que ejerce a su vez como explicación de la idiosincrasia perezosa de la tierra. "El riesgo supone esfuerzo, y [los propietarios de la tierra] son ociosos; sin amor al lucro, y son por lo común familias medievales que se pasan los años en la contemplación de sus pergaminos", escribía Ramiro de Maeztu en 1903. González Troyano lamenta el éxito de una "crónica-denuncia" elaborada "sin apenas bajarse del tren". En ellas "la imagen de la Andalucía negra y hambrienta" se elevaba a "papel de objeto estético". Del tablao a Casas Viejas, pasando por la Mano Negra. "La violencia anarquista vino a sustituir, o complementar, la antigua escenografía del bandolerismo romántico", escribe el autor. Queda a salvo el Viaje a la aldea del crimen de Ramón J. Sender sobre la represión en Casas Viejas.

Vagancia contracultural

"Consecuencia de este desdén a la guerra es que Andalucía haya intervenido tan poco en la historia cruenta del mundo. [...] Se ha dejado conquistar por todo el que ha querido. Al ataque brutal oponen su blandura; su táctica es la del colchón: ceder. Tanto, que el invasor no encuentra fuerza donde apoyar su ímpetu y cae por sí mismo en la deliciosa blandura. Andalucía ha caído en poder de todos los violentos mediterráneos, sin ensayar la resistencia. Su táctica fue ceder y ser blanda. De este modo acabó siempre por embriagar con su delicia el áspero ímpetu del invasor". Quien escribe es Ortega y Gasset, que pasaba por ser un defensor de la idiosincrasia andaluza como contraste pausado a un mundo enloquecido. El "ideal vegetativo" andaluz emparentaba con el "derecho a la pereza" de Paul Lafargue, yerno de Marx, según subraya González Troyano. La vagancia como un atributo contracultural. Eso tan frecuente de "¡qué bien vivís en Andalucía!".

Ni que decir tiene que, fuera bienintencionada o no, la especie orteguiana compactaba los tópicos del XIX. Hartos se han mostrado en sus escritos Luis Cernuda –"casi todo lo que se escribe sobre Andalucía no es más que repetición"– o Cansinos Assens, que denunció la exaltación sistemática de aspectos físicos de la ciudad como "patios, rejas, calles tortuosas" a los que correspondía un correlato espiritual en forma de "timidez, reducción, melancolía". Así, habría un alma andaluza, planteamiento típicamente nacionalista. Andalucía, escribió Cansinos Assens, "ha sido en general tan estetizada, que sus temas poéticos son, por decirlo así, patrimonio público". El burgués francés, ilustrado y romántico al que se dirigía Mérimée con su Carmen agradecía tanto las hermosas descripciones como la asociación de las mismas a unos comportamientos propios del alma sureña.

Forma y fondo conspiraban de forman tan automática para componer un registro andaluz que aquel que quisiera acercarse, incluso con nervio poético, salía contaminado. González Troyano rescata las tribulaciones de Lorca al respecto: "Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Confunden mi vida y mi carácter. No quiero, de ninguna manera. Los gitanos son un tema. Y nada más". Ya era tarde. El collage ya estaba terminado. Así escribe Cernuda: "Vergüenza de todos los gestos, gritos, coplillas y escenas vulgares, compuestas a imitación de algo que nunca fue real".

Exhibicionismo andaluz

Toca repartir culpas. Entre andaluces también. González Troyano introduce reflexiones sobre cómo numerosos lugareños han acogido con gusto los estereotipos. Ahí se mezcla el exhibicionismo con el narcisismo. "Nos hemos prestado en cierta medida a ese juego", explica en conversación para este artículo. Lo advirtió en su día Ortega. Y lo expuso otra vez Cernuda al hablar de ese andaluz que "se ha disfrazado como para un carnaval". "Pero –añade– no es más andaluz quien de andaluz se disfraza". Es esa especie de andaluz dos veces, que exhibe su ángel y su gracia ante el visitante que espera de él ángel y gracia. Si toda "cultura tradicional" tiene algo de "narcisista", como observó Sánchez Ferlosio, el problema se agrava cuando se ve "jaleada por el entusiasmo de los forasteros". Sea como sea, las producciones típicas siguen teniendo éxito de público. A tantos periodistas andaluces los siguen llamando "de Madrid" cuando necesitan una pieza televisiva con un viandante "simpático" para opinar de lo que toque, o dispuesto a aceptar él mismo como buenos los tópicos fabricados fuera, de forma que el programador los puede reproducir sin que la cadena los haga directamente suyos.

No puede decirse que el fenómeno haya ido a menos en el periodo democrático. Es más, en los primeros 80 se aceptó con mayoría un presidente y un vicepresidente de Sevilla, sin que pesaran unos estigmas insistentemente trabajados durante el franquismo. Hoy los líderes de Vox se presentan a las elecciones en Andalucía montados a caballo como los señoritos de toda la vida. Y es ejemplo de buen marketing político.

 

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