¿Puede el arte enseñarnos algo de la guerra?

Una parte de la exposición 'Pedagogías de la guerra'.

"La guerra es una maestra severa", escribió Tucídides. "Arrebata el bienestar de la vida cotidiana y modela las inclinaciones de acuerdo a las necesidades imperantes". Aunque nunca es mal momento para acordarse de La guerra del Peloponeso, la cita me vino a la memoria a cuenta de Pedagogías de guerra, una exposición que puede verse en el Museo Thyssen-Bornemisza hasta comienzos del mes de junio.

La muestra, coproducida con TBA21 (fundación que dirige Francesca Thyssen-Bornemisza) y comisariada por Chus Martínez, reúne cuatro instalaciones audiovisuales realizadas por Roman Khimei (Ucrania, 1992) y Yarema Malashchuk (Ucrania, 1993), todas ellas producidas tras la invasión rusa de su país de origen. El proyecto "se inscribe en el compromiso a largo plazo con los artistas en situaciones de conflicto".

En la primera, titulada The Wanderer [El caminante] (2022), los artistas "posan" sobre los pedruscos de los Cárpatos remedando la postura de soldados rusos caídos en el frente. La videoinstalación se compone de varias pantallas en las que vemos a Khimei y Malashchuk ajustar sus cuerpos para imitar del modo más preciso posible las fotos de cadáveres que (intuimos) consultan en su ordenador portátil. La documentación de la exposición nos informa de que el título de la obra referencia al célebre cuadro de Friedrich (Caminante sobre el mar de nubes, 1817) y satiriza la concepción romántica del paisaje como lugar de lo sublime. También, a la serie fotográfica Si yo fuera alemán (1994), en la que los miembros del colectivo artístico ucraniano Fast Reaction Group (cuya existencia ignoraba, mea culpa) recrearon las acciones del ejército alemán durante la ocupación de Járkov. La cartela nos dice que asistimos a un acto de "venganza simbólica que rompe con el tabú de mostrar los cuerpos de los muertos". El redactor, intuyo, ha de ser alguien crédulo y benigno: no solo confunde hacerse el muerto con estar cadáver, sino que vive en un mundo en el que nadie se desayuna con seis matanzas distintas en el informativo matinal.

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La segunda pieza, titulada Open World [Mundo abierto] (2025), está protagonizada por un perro robótico (una máquina de combate) que es dirigido en remoto por un joven desplazado a causa de la guerra. Sirviéndose del artefacto, el muchacho recorre su colegio, las calles de su barrio y los parajes por donde solía hacer la vida. El vídeo oscila entre lo ominoso (el robot produce unos sonidos espeluznantes al desplazarse), lo tierno y lo paradójico (usar un artefacto militar para visitar, en streaming, a los amigos). Impresionado por la amabilidad con la que los paisanos de un país invadido recibían al robot belicoso, asumí que la obra estaba actuada. Que los artistas habían pedido a los lugareños que interactuasen con aquel engendro del valle inquietante como si tal cosa y que por eso no salían despavoridos. Se trata, sin embargo, de un documental en el que los artistas siguen, cámara en mano, las aventuras del cánido mecánico.

La tercera obra, You Shouldn’t Have to See This [No deberías tener que ver esto] (2024), nos muestra a un grupo de niños durmiendo o despertándose: sus protagonistas fueron víctimas de traslados forzosos a territorio ruso, de los que luego pudieron regresar. Finalmente, la exposición se cierra con We Didn’t Start This War [Nosotros no empezamos esta guerra] (2026), un vídeo en tres pantallas en el que se reproducen escenas de la cotidianidad de Kiev: en un país en guerra, la gente también baja a comprar el pan.

Apartándonos por un momento de la espinosa cuestión de la solidaridad sectorial (en una guerra, ¿deben los museos apoyar a los artistas y los fruteros a los hortelanos?), Pedagogías de guerra nos ofrece un puñado de obras que, por más que sean interesantes o estén plásticamente bien resueltas, resultan entre problemáticas y estériles. Me pregunto para qué servirá actuar como un soldado muerto mientras caen, diariamente, soldados en el frente. También, si la escenificación irónica de la "gamerización" de la guerra (el perro robot y su piloto a distancia) no es más que una estetización ingeniosa e inane de los ergonómicos métodos de aniquilación contemporánea o si la exhibición de niños en el duermevela denuncia algo (la obra no se entiende sin leer la cartela) o ejecuta la enésima vulneración de la intimidad de esas criaturas. Es sorprendente: uno puede espantarse más profundamente mirando Los desastres de la guerra del buen Goya que con las barbaridades que le despacha el telediario. Si algo nos enseñan estas "pedagogías" (maestra severa…) es el poder que han perdido la representación y las imágenes.

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