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Bienvenido Míster Plutonio

Bienvenido Míster Plutonio

La mañana del 17 de enero de 1966, mientras los vecinos de la pedanía almeriense de Palomares se entretenían, ajenos al peligro, con los residuos de las cuatro bombas termonucleares que cayeron en la zona, el alcalde de la localidad, José Manuel González, lanzaba el siguiente mensaje a la población: “Bueno, la situación, en efecto, es complicada. Los norteamericanos y el capitán de la Guardia Civil me dijeron ciertas cosas, pero me lo dijeron confidencialmente […] Los norteamericanos encontrarán las cosas que perdieron ayer y se irán. Nos pagarán por todos los daños. […] Les estoy diciendo la verdad. Vosotros sabéis que mis campos también fueron cerrados y mis tomates se están pudriendo”.

Preocupado por su bienestar, y el de Palomares, el alcalde se encargó personalmente de que los yanquis contrataran a su hijo para trabajar en la oficina de indemnizaciones que el Ejército estadounidense había dispuesto. No es de extrañar, pues, que lo que comenzó con algunos vecinos llevándose tornillos de las naves para el recuerdo; terminase con Manuel Fraga -a la sazón ministro de Información y Turismo- bañándose en la misma playa en la que había caído una bomba repleta de material radiactivo, junto al entonces embajador de Estados Unidos en España, Angier Beiddle Duke.

El periodista Rafael Moreno (Madrid, 1960), que acaba de publicar La historia secreta de las bombas de Palomares (Crítica), coincidiendo con el 50 aniversario del accidente nuclear, desmiente que aquel baño, como se ha pensado, fuese para demostrar que los turistas no corrían ningún peligro zambulléndose en las cálidas playas almerienses. “Esos años son cruciales para el desarrollo de la energía nuclear en España, tanto civil como militar, y al régimen no le interesaba tener a la opinión pública en contra”, explica Moreno sobre la gestión del accidente. “Franco desde el principio llegó a la conclusión de que el tema se tenía que resolver de la manera más discreta posible”, añade, “ya que consideraba que ganaba más colaborando con Estados Unidos”.

Moreno incide, asimismo, en que la cúpula del régimen estaba al tanto del tipo de maniobras que se estaban llevando a cabo y eran conscientes de los riesgos que suponía contar con bases militares norteamericanas en territorio español. “En 1953 Franco pidió a Estados Unidos que le informasen del riesgo que tenía España y ellos le respondieron que las bases de Torrejón y Zaragoza serían objetivos nucleares de la Unión Soviética en una primera oleada de ataques tras una conflagración militar”. Un dato que Moreno achaca al escaso armamento nuclear del que disponían los rusos en aquel momento, por lo que tenían que escoger bien dónde asestar los primeros golpes.

Pero la Guerra Fría llegó antes a la península Ibérica que la Tercera Guerra Mundial. La mañana del accidente nuclear, uno de los aviones que regresaba de la frontera soviética con Turquía (un bombardero que transportaba cuatro artefactos nucleares, 75 veces más destructivas que las de Hiroshima) colisionó con una nave nodriza que le debía suministrar el combustible necesario para llegar a la base Seymour Johnson, en Carolina del Norte. De las cuatro bombas, tres cayeron en tierra, contaminando más de 200 hectáreas; mientras que la cuarta lo hizo en el mar, lo que provocó un gran despliegue de 1.400 militares estadounidenses para intentar localizarlas. Con todo y eso, quien dio la clave para hallar el cuarto artefacto fue un pescador llamado Francisco Simó Orts (fallecido en 2003), que vio cómo caía en el mar mientras faenaba y pasó a la posteridad con el sobrenombre de Paco, el de la bomba.

La clave es el dinero

Moreno, especialista en información internacional y bélica, empezó a investigar sobre el tema en 1996, cuando trabajaba como corresponsal para la Agencia EFE en Washington. “En este momento tuve acceso a archivos nacionales [y al de la Armada] de Estados Unidos y encontré documentos sobre Palomares”, explica. Según cuenta, consultar este tipo de material no es especialmente complicado: “Existe una norma, un proceso y la Administración norteamericana sabe cómo hacerlo”. Entonces, comenzó a solicitar más documentación y a día de hoy sigue recibiéndola, tras la valoración oportuna de las autoridades del país que son las que deciden sobre la pertinencia o no de hacer públicos los archivos. A diferencia de España, Moreno resalta que “por lo menos [en Estados Unidos] existe un proceso”; ya que cuando preguntó por la documentación española, le respondieron que no tenían “nada”. “Sólo había la contabilidad del proyecto Índalo”, el programa de supervisión y seguimiento radiológico de los habitantes y la zona de Palomares.

La cuestión de Palomares siempre ha sido un tema espinoso en las relaciones diplómaticas entre Estados Unidos y España. Especialmente, después de que los norteamericanos cortasen sus aportaciones para la rehabilitación de la zona. “A finales de los setenta y ochenta muestran dudas sobre la utilidad del proyecto Índalo y sobre cómo estaba constituido”, afirma Moreno, “cada vez les costaba más justificar las aportaciones”. Así, en 2010, tras cuatro décadas, dejaban de pagar los 403.000 dólares (unos 314.000 euros) que pagaba anualmente.

Sin embargo, el pasado mes de octubre el exministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo y El secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, firmaron una declaración de intenciones por la que los norteamericanos se comprometían a limpiar la zona de Palomares y a llevarse la tierra contaminada a su territorio. Moreno valora el acto como positivo. “No tenemos por qué dudar de Estados Unidos”, pero advierte que “no sabemos ni cuándo ni quién va a financiar” la puesta en marcha de este último acuerdo. El coste podría ascender a 640 millones de euros. Una complejísima tarea que necesitaría, según las fuentes del autor de la investigación, “una carretera especial para trasladar los residuos radiactivos” desde Palomares hasta el puerto de Cartagena para poner rumbo a Norteamérica. Mientras tanto, al plutonio le quedan 21.350 años de vida.

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