Cultura

Buscando las raíces: una nueva generación de músicos se acerca al folclore desde la vanguardia y la memoria

El músico Rodrigo Cuevas.

No se criaron escuchando folclore, no han estudiado formalmente la música popular, no tienen interés en el purismo. Pero estos músicos, entre los 30 y los 40, han encontrado su lenguaje en los viejos ritmos, las melodías olvidadas, las letras que han rondado de boca en boca a través de los siglos. Una recuperación de la música popular a través de la electrónica, o con un cancionero salido del  XXI. Aquí hablan Rodrigo Cuevas, showman folclórico que se encuentra cómodo en el xiringüelu o en la zarzuela; el dúo Ajuar, que cantan jotas a la huelga, a las milicianas o al amor entre mujeres; y Le Parody, cantaora de electrónica andaluza.

Pero a ellos se les podrían añadir otros muchos nombres, compañeros de generación: Maria Arnal y Marcel Bagés y su trabajo con la tradición oral del folclore ibérico, Califato ¾ y sus sevillanas con beat, Ruiseñora y su electrónica de copla y canción extremeña. Pese a tener el mundo entero al otro lado de Google, ellos no se olvidan de mirar a la tierra, y aunque muchos se hayan criado en la ciudad, buscan con interés a los saberes que se conservan casi únicamente en los pueblos. No se interesan en la reproducción de cantares, sino en la innovación, y no parecen tener miedo tampoco de que les acusen de dilapidar la tradición. Así se acerca una generación al folclore que, a priori, debía quedarles lejos.

Rodrigo Cuevas: electroxiringüelu

El músico Rodrigo Cuevas. / Lacosta Studio

Rodrigo Cuevas (Oviedo, 1985) se define como “agitador folclórico”. Formado en el conservatorio de su ciudad y luego en la ESMUC de Barcelona, un congreso de etnomusicología le cambió la vida: aquello que cantaban esos mallorquines no se parecía en nada a la idea del folclore con la que había crecido. Luego recorrería las aldeas gallegas aprendiendo de las pandereteiras, y las asturianas, anotando ritmos, grabando voces, aprendiendo letras. De ahí salió su música electrónica de melodías populares, sus canciones que unen rondas y apps para ligar, sus shows a los que acuden jóvenes y mayores. En el espectáculo Electrocuplé, actualizaba el género que se apagó a mediados del XX, y en Barbián, estrenado en 2019, se acercaba a algunos de los clásicos de la zarzuela. Su disco Manual de cortejo (su primer LP tras Yo soy la maga y Prince of Verdiciu), poblado de declaraciones de amor al cancionero asturiano, ganó dos premios MIN de la música independiente antes de pasar a formar parte de su proyecto escénico Trópico de Covadonga. La intro de este trabajo se titula “Namás s'acaba lo que nun se cunta”, “Solo se acaba lo que no se cuenta”.

¿Cómo empezó a interesarse por el folclore? Cuando era pequeño no tenía mucho alrededor, empecé a acercarme más a él a partir de los 20 años, que empecé a tocar la pandereta. Cuando era pequeño, lo único que me llegaba era el folk: los cancioneros no estaban tan accesibles, no había internet, y se igualaba el folk con el folclore, como si fuera lo único. Como a mí el folk estéticamente no me interesaba, yo pensaba que la música tradicional no me interesaba. Estaba confundido.

¿Cree que hay un interés renovado por la música popular? Gente haciendo cosas con el folclore nunca dejó de haberla, pero sí que creo que hay más interés general por ello. No sé si es fruto de la casualidad o fruto de qué. Es verdad que vivimos en un mundo urbano globalizado, con ciudades uniformizadas que ya sea el centro de Madrid, de Oviedo o de cualquier otra parte son iguales: venden la misma ropa en las mismas tiendas, sirven la misma comida. Más que un acceso global a la cultura hay una uniformización de la cultura, desde un punto de vista muy pop y capitalista. A lo mejor por eso lo que suscita interés ahora es la autenticidad, que está en lo local. Y no solo pasa en la música, está pasando en otros muchos aspectos de la sociedad.

Parte de su trabajo ha sido de estudio, de hablar con vecinos ya muy mayores y de grabar músicas que se están perdiendo. ¿Hay un lazo entre el folclore y la recuperación de la memoria? Sí, yo creo que este interés por el folclore viene de un interés por la memoria no contada desde la versión oficial de la historia, sino desde las versiones personales, locales. Creo que en mi generación sentimos que se nos contó la historia reciente del siglo XX como para no molestar a nadie, una versión de la historia muy light y muy superficial. Las verdaderas historias, que son las de la vivencia de la gente, no se contaron. Lo que tiene el folclore es que es una descripción en tiempo real de las vidas, de los sentimientos, de las costumbres, de las tradiciones de un tiempo pasado. Lo que hay en el folclore es una descripción de la cosmovisión de un pueblo.

En algunos ámbitos del folclore español, como el flamenco, hay a menudo una tensión entre la pureza y la innovación. ¿Se ha sentido parte también de ese tipo de debates? El caso de Andalucía es muy particular, porque se ha metido toda la música popular dentro del flamenco. La música popular andaluza es muy variada, tienes el baile del pino, tienes las villanas, tienes el fandango... Eso es el folclore andaluz. El flamenco es un estilo folclórico pero es escénico, hay alguien que emite y alguien que recibe, y se ha puesto todo lo popular bajo ese manto. De todas formas creo que esa tensión entre la pureza y la no pureza se va diluyendo. Hace unos años la gente que hace folclore más tradicional veían esto como una amenaza, pero casi todo el mundo se da cuenta de que también son nuestras fuentes, que recurrimos a ellas y que tenemos derecho a hacerlo. Yo creo que justo cuando yo empecé ya estaba ese cambio en el camino, y ahora la gente ya no tiene miedo a hacer cosas distintas con el folclore, a utilizarlo como utilizamos otros estilos.

El grupo Ajuar. / La Casa Encendida

Ajuar: jotas feministas

Se juntaron, cuentan, por casualidad. Ana Flecha, leonesa (1986), y Corazón Gallardo, extremeña (1985), estaban unidas por la jota, por las melodías que ambas habían escuchado de niñas, llevadas de acá para allá por la trashumancia. El primer día que quedaron para cantar, se dieron cuenta de que no les apetecía demasiado entonar algunas de esas letras. Por ejemplo: “Ten cuidado, rapaciña,/ no vayas al baile sola”. Así que empezaron a modificarlas, guiadas por el ritmo octosílabo de la copla popular, grabado a fuego en la memoria: “Mi hermano va al baile solo / y tú no le dices nada, / porque no te importa nada / lo que le haga a las chavalas”. Así nació Ajuar, con una pandereta, un almirez y el deseo de cantar las melodías de las abuelas, pero de hacerlo para un mundo nuevo, uno en el que se organizan huelgas feministas y en el que dos mujeres pueden cantar su amor con (relativa) libertad. Ajuar, su primer LP, fue editado en 2019.

¿Hay algo moviéndose en torno a la música popular? Ana Flecha: Sí veo que hay gente interesándose por cosas que creíamos desaparecidas. ¿Por qué? Pues no lo sé. Quizás tiene que ver con que estamos lejos de los pueblos y de la tradición y sentimos que nos falta algo. Corazón Gallardo: Sí, tiene que ver el haberse ido a las ciudades. Este folclore se pierde porque funciona en lo familiar, en lo cotidiano. En ese momento es cuando se rompen esos recuerdos y aparece otra música. Mis tías pasaron más tiempo por pueblos de España y recurren mucho más al folclore que mi madre, que vino a Madrid de bastante pequeña.

¿Qué pasó para que la generación anterior perdiera el interés por el folclore? Corazón Gallardo: Julia León [cantautora e investigadora del folclore] dice que aunque parezca un poco tal decirlo, la Sección Femenina hizo mucho por el folclore, al impulsarlo, pero que había hecho también muchas cosas mal: castellanizar las letras; neutralizar las voces quitando ese carácter más natural... Ana Flecha: Sí, creo que las mujeres de generaciones anteriores tienen un poco de rechazo al folclore por esto. Es música popular que era muy subversiva pero que se utilizó para crear un sentimiento nacionalista, y que además intentó convertir la diversidad de España en algo uniformado. Además se consideraba una cosa antigua, algo que iba contra la idea de modernidad del país. Ahora, como generación, estamos empezando a pensar que las cosas de nuestras abuelas sí importan.

¿Cómo ha sido para Ajuar esta reconexión con la tradición? Ana Flecha: Fuimos a Campanario [Badajoz, pueblo de Gallardo] en una Semana Santa y nos reunimos con las amigas de la madre de Corazón, que nos contaban cosas. Nos explicaban cómo se toca el almirez o el mortero, en qué parte de las canciones entran y salen y los instrumentos... Corazón Gallardo: Claro, porque empezamos con canciones que recordábamos, y luego empiezas a hablar con tu madre o con tu tía a ver qué recuerdan ellas, y vas tirando.

Cantan: “Cuando me miro al espejo / me encuentro con mis abuelas / las penurias y los sueños / de las que pasaron la guerra”. ¿Cuánto de su interés por el folclore tiene que ver con la memoria? Ana Flecha: Yo me acuerdo mucho de mi abuela, que murió cuando yo tenía 21 años. Ahora hay muchas cosas que no pude hablar con ella y ahora pienso en que ojalá haberlo hecho. Se ha perdido cómo se hacían las cosas, pero cosas cotidianas. Corazón Gallardo: Yo crecí en la casa familiar con mis padres, mis abuelos y yo, y aunque ya no están no tengo esa sensación de que nos faltaran cosas por contarnos. Pero sí es verdad que investigar, escuchar, cantarlo nosotras me pone en contacto con ellos, con la vida de antes, con la vida de la calle, de los vecinos...

¿En algún momento tuvieron miedo de no respetar la tradición por adentrarse en ella sin conocerla? Corazón Gallardo: A mí sí que me costaba un poco al principio. Pensaba: vamos a hacer un concierto, qué pensará tal o cuál persona si nos escucha... Me daba miedo que pensaran que era una falta de respeto . Pero nosotras no estamos yendo contra la tradición, solo estamos yendo contra lo que tiene de machista la tradición. Para que esas canciones sigan vivas, tienen que cambiar. Ana Flecha: Al final, estamos cogiendo una tradición que es de todos, y por lo tanto también nuestra. Es la música de la fiesta, la que se usaba para cantar y para bailar, y tenía que algo con lo que se identificara la gente; lo mismo tiene que pasar ahora. El problema es cuando algo se convierte en una institución y pasa a considerarse cultura y no cultura popular. En cualquier caso, nosotras no nos hemos encontrado con nadie que nos diga que esto le parece mal, al contrario.

La música Le Parody. / Consuelo Guijarro

Sole Parody: una voz colectiva

Sole Parody (Málaga, 1985) creció escuchando una música que no tenía miedo de menear los cimientos de la tradición: Lole y Manuel, Camarón, Remedios Amaya “en su época más experimental”, Triana, los Smash... Pero la música heredada dio paso luego a la descubierta durante la adolescencia, y esa sonaba en inglés, como a inglés sonaban Los Planetas y otras bandas de la Granada en la que se crió. No es raro que sonaran también en inglés los cimientos sobre los que construyó Le Parody, su alter ego artístico, y su primer disco, Cásala (2012). Pero con el segundo, Hondo (2015), pasó algo. En las críticas aparecía la palabra “folclore” y las melodías se subían a un sonido que venía de lejos. Porvenir (2019), su último disco, iba un paso más allá en esa búsqueda: el sonido es electrónica de vanguardia, las letras toman prestado del cancionero, a veces literalmente, a veces solo en espíritu. No es casualidad: su guía en la composición del disco, su libro de cabecera, era Cancionero de Andalucía, de Juan Hidalgo Montoya.

¿Cómo arrancó su acercamiento a la música popular? Es curioso, porque yo empecé pensando que hacía una cosa totalmente distinta a como se recibió. Cuando publiqué mi primer disco venía de Estados Unidos, muy fascinada con la cultura anglosajona, así que tiré mucho de lo que había aprendido allí, pero cuando vine canté en mi idioma y con mi acento. Eso se leyó como algo exótico, como una forma intencionada de militancia, cuando en realidad para mí es lo natural. Así que me hizo pensar hasta qué punto te marcan las raíces. Al empezar a plantearme de dónde venía yo, empezó a parecerme cada vez más marciano que hubiera tanto referente anglosajón, que en el fondo no tiene nada que ver con nosotros. Y a partir de ahí sí que empecé a tirar de este hilo de forma muy consciente.

¿Le dio reparo acercarse al flamenco sin venir del flamenco? Para mí cuando estaba haciendo música no tenía importancia, pero luego... El segundo disco que saqué sí tenía melodías más flamencas, bueno, del sur, de influencia árabe quizás, neoandalusí... y a mí eso me daba mucho apuro. Porque yo el flamenco no lo sé tocar, aunque me haya acercado, haya aprendido. También me parece que cuando se reduce todo a flamenco se pierde mucho. A mí me parece bonito respetar una tradición, pero ahí tenía un miedo muy molesto a no estar a la altura de la etiqueta. Luego me leí un post de Instagram muy guay que hizo Kiko Veneno, donde hablaba de flamenco no como un arte sino como una actitud. Eso me cuadraba, porque lo que yo hago no es canónicamente flamenco, pero sí tiene un espíritu que entronca con eso. Ahora me preocupa menos.

¿Cómo cree que ha cambiado la imagen que se tiene de la música popular? En esto tengo una cosa bastante clara, que yo creo que se perdió una oportunidad de hablarlo con el debate de Rosalía y la apropiación cultural: no se valora lo suficiente el daño real que ha tenido y sigue teniendo en nuestras vidas el franquismo, también en esto. Primero el flamenco era una cosa perseguida, porque el folclore se asociaba a una clase social baja o a una etnia que no procedía. Y luego, cuando se hizo esta cosa de blanquear el folclore, fue una burrada ideológica. Este mapita de España con cada región y su traje regional... Así se le puede sacar un rédito al folclore que parece que lo mantiene pero que lo blanquea. Y luego está la Marca España, cómo se ha servido del flamenco.

¿Cree que la música popular se le ha robado a la gente de alguna forma? No, no se le quita a la gente, porque la gente que lo vive como su folclore lo sigue cantando y tocando igual, sigue haciendo fiesta igual, pero sí se le quita parte de lo que era. Nos quitaron una identidad, porque lo que hicieron fue quitarnos la identidad para ponernos una máscara.

En su trabajo hay un interés por la recuperación y el estudio de las letras populares, ¿hasta qué punto cree que tiene que ver con la necesidad de hacer memoria? Más que la memoria... aunque sí, se le podría llamar memoria colectiva. En el último disco hay una especie de tributo a las letras populares, que al final son fruto de la creación colectiva. Cuando lees estrofas de canciones populares, ves que son perfectas, con elementos muy sencillos te cuentan algo súper complejo. Yo tengo la hipótesis de que eso es porque se ha ido fraguando durante mucho tiempo y pasando por muchas bocas. En el flamenco esto se ve muy claro, que hay letras que pasan por muchos cantaores y que se van modificando. El ser humano como mente colectiva... eso es lo que me interesa y una de las cosas que creo que tiene de más valioso la música popular.

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