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Librerías

Café con lec…tura

Cafetería de la librería La Central de Barcelona.

EVA ORÚE

Del cierre de librerías se ha hablado mucho y no sólo en España, tanto por lo que supone de cambio de modelo de negocio (con Amazon llevándose la inmensa mayoría del mercado), como por lo que esos cierres significan para el tipo de ciudad que queremos.

Las noticias cuyo titular empieza con las palabras “Cierra la histórica librería…” seguida de un nombre señero son demasiado frecuentes, y casi siempre la que echa el candado es una librería con fondo, y obviamente no hablamos de metros cuadrados sino de carácter: no vendían sólo novedades y bestseller, eran librerías, por así decirlo, de lectores. A esa clausura de espacios se une el descenso de las ventas, tanto de las privadas como de las institucionales.

En Francia, el Ministerio de Cultura francés anunció un plan para reflotar las librerías independientes; es una vía, discutible y discutida. Aquí, de momento, toca buscar salidas sin la ayuda de la superioridad.

Se busca modelo de negocio

El viejo negocio regentado por un librero de siempre que aguarda impasible la entrada de clientes se ha acabado, las librerías contemporáneas han de batirse atraer clientes con otras armas… y también, por qué no, complementar sus ingresos. De ahí la proliferación de las librerías-café.

Hemos hablado con dos libreros que se sitúan en los dos extremos del negocio.

Uno es Juan Carlos Monterrubio es propietario de Ícaro, inaugurada en 1981 en San Ildefonso (Segovia) al principio como librería pura y dura, y enriquecida en febrero, “siguiendo la tendencia en Europa y Latinoamérica”, con una cafetería.

El otro, Jesús Casals, es responsable de contenidos de La Central de Callao (Madrid), una de las ocho centrales que tiene la cadena fundada en Barcelona en 1996. “Algunas nacieron sólo como librería y otras como librería-cafetería, dependiendo sobre todo de la ubicación y si el espacio lo permitía. La única que implantó el servicio de restauración a posteriori fue La Central de la calle Mallorca, en Barcelona.” Son, pues, pioneros.

A pesar de las diferencias de sus locales y de las localidades en las que abren sus puertas, Monterrubio y Casals justifican el maridaje entre cafeína y libro en la necesidad de dar un nuevo ambiente a la librería y a la zona, lo que permite atraer a clientes “sobre todo ahora que la situación económica ha llevado a un drástico recorte en actividad cultural. Lo que sí es verdad —remacha el segoviano— es que el café genera a su alrededor una clientela fija, amante de los libros, que lleva a que se formen interesantísimos debates”. Cada una a su escala, estas librerías bifrontes ofrecen un ocio más amplio al público lector al tiempo que captan la atención de otros públicos “ajenos al mundo de los libros y que, por proximidad, por recomendación, por negocios o porque están de paso, pueden sentirse atraídos por el espacio, diferente de otros establecimientos en cadena o de restaurantes de autor mucho más caros”, asegura Casals.

Incomprensión burocrática

Los modelos mixtos de negocio no siempre encuentran fácil acomodo en las escleróticas normativas municipales. Una librera, que hasta hace nada tuvo una librería-café en una capital del norte de España, me dijo que tras unos meses de incertidumbre busca ahora local para perseverar pero que no consigue reabrir su negocio, entre otras cosas, por lo complicado que resulta obtener los permisos. “Las exigencias y tarifas que nos cobran por los servicios del Ayuntamiento son iguales que las que aplican a un restaurante”, lamenta. Y, claro, la rentabilidad no es la misma.

También Monterrubio admite que tuvo algunos problemas para abrir, “al no existir ninguna librería café en Castilla y León no sabían que tipo de permisos eran necesarios o como debíamos inscribirnos”, aunque en su caso recibieron ayuda para superar los obstáculos. Tampoco los horarios fueron un problema, por cuanto el café es complementario, no la esencia del negocio. Que esa es otra: ¿horario de librería o de bar o cafetería? Algo que en Madrid tiene más fácil solución de entrada, porque la Comunidad es generosa con las horas de apertura y, en el caso de La Central de Callao, porque ocupa un edificio entero y eso simplifica las cosas: está dividido en dos, y “cuando la librería cierra por la noche (a las 22.00 horas), la oferta del Bistró puede seguir hasta más tarde, ofreciendo cenas y copas”.

Las librerías están de vuelta

Las librerías están de vuelta

Tópico pero cierto: renovarse o morir

En definitiva, si las librerías no quieren desaparecer han de “innovar constantemente para poder continuar adelante en un mundo en el que, por desgracia, no se lee tanto como sería deseable. Además —sigue Monterrubio—, el lector no solo quiere comprar un libro, también quiere una atención especializada y un lugar tranquilo donde poder echar un vistazo antes de comprar. Por ese último motivo consideramos imprescindible que nuestros clientes puedan coger un libro de nuestras estanterías y ojearlo sin problema en el café”.

En esto, una vez más, el pequeño coincide con el grande. “Las librerías que sobrevivan serán las que sepan adaptarse a la fuerte caída del consumo en general y a la crisis del sector editorial en particular —afirma Casals—. Y para ello es necesario ofrecer, más allá de la oferta de libros, otros productos (objetos de papelería, servicio de bar/restaurante, actividades culturales, talleres, etc.) para que el cliente pueda sentirse como en una segunda casa donde pasar su tiempo de ocio, con diferentes propuestas a su alcance y en una única ubicación.”

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