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Cultura

Creadores, pensadores y periodistas reivindican a Camus: no a la mentira, el silencio y la desigualdad

La poeta Elena Medel, el filósofo Hocine Rahli y la filósofa Marina Garcés, en las jornadas de las Trobades Albert Camus.

No hay diálogo si lo único que nos decimos cuando hablamos son mentiras, o algo parecido a la mentira”, decía la filosofía Marina Garcés el lunes en la jornada La conspiración del silencio, presentación en el Instituto Cervantes de las Trobades Mediterranis Albert Camus, encuentros en torno a la figura del creador y pensador francoargelino celebrados en Menorca desde 2017. A lo largo del día, creadores, pensadores y periodistas como la poeta Elena Medel, el sociólogo y politólogo Sami Naïr, el catedrático en Filosofía del Derecho Javier de Lucas, el director editorial de infoLibre Jesús Maraña o el director de Mediapart Edwy Plenel le daban vueltas, desde distintos ámbitos, al mismo tema: cómo comunicarse con el otro. Era unas de las preocupaciones de Camus a lo largo de toda su obra y, para no olvidarlo, las charlas celebradas en el Instituto Cervantes estaban presididas por una cita del ensayista y novelista francés: “No hay vida sin diálogo”.

Si esto es así, se podría aventurar que, con el ambiente actual hay poca vida. Poco diálogo. Una mala noticia para las Trobades, encuentros en castellano, empeñadas en tejer hilos entre las orillas del Mediterráneo, apelando a este premio Nobel de alma francesa y argelina, y desde la tierra de su abuela española. Este año se celebrarán en Sant Lluís entre el 18 y 20 de junio. Y el reto es grande. Los ponentes identificaban varios obstáculos a favor de la “conspiración del silencio”: la mentira que impide cualquier tipo de comunicación franca; el silencio, necesario como espacio de reflexión pero peligroso cuando asfixia la palabra; y las fronteras de la desigualdad que, con su asimetría materia, anula la conversación de igual a igual. El tono no era precisamente optimista, pero que nueve personas se reunieran físicamente para reflexionar de manera colectiva sobre todo esto se convertía en sí mismo en una chispa de esperanza. Ahora bien, Javier de Lucas lo advertía: “No se trata de ofrecer esperanza sin más, sino contar lo que hay”.

Por la mañana, los periodistas Edwy Plenel y Jesús Maraña y la escritora y activista Joumana Haddad se planteaban cómo “agitar la indiferencia” desde el “periodismo de ideas” que reivindicaba Albert Camus y sobre el que escribió desde su tribuna del periódico Combat, órgano de la Resistencia francesa. La indiferencia, decía Haddad, es “la pandemia más peligrosa”, porque hace que el ciudadano se sienta ajeno a la conversación pública, a lo colectivo. Contra “ese poder infernal que poseen muchos seres humanos de pensar me da igual, de no sentir compasión ni rabia”, la pensadora libanesa proponía la herramienta de la indignación. De la misma forma, Plenel y Maraña advertían sobre la “objetividad periodística”, parecida también a la indiferencia: “El periodista tiene la obligación de separar los hechos de las opiniones, pero eso no implica neutralidad. Ante una barbaridad, un buen periodista no puede ni debe ser neutral”, defendía el director editorial de infoLibre.

Los periodistas Edwy Plenel y Jesús Maraña y la escritora Joumana Haddad durante las jornadas dedicadas a Albert Camus.

En el contexto de las jornadas, el periodismo no era por tanto ni una actividad empresarial —de hecho, ambos defendían la independencia de los poderes económicos— ni una comunicación de un solo sentido, sino una forma de diálogo colectivo, o al menos una parte del mismo. Y Luis García Montero, poeta y director del Instituto Cervantes, extendería un poco más el significado de ese diálogo: “Creo que sobre lo que estamos discutiendo es sobre la posibilidad de un sentimiento democrático de pertenencia”. Sin diálogo, explicaba, no es posible la comunidad en la que se desarrolla la democracia. “Es difícil tener un sentido democrático de pertenencia”, insistía García Montero, “cuando las ideologías dominantes invitan a la indiferencia, el silencio, el sálvese quien pueda o la falta de comprensión”. Sandra Maunac, directora de las Trobades, citaba a Camus: “Hoy nadie habla ya, el largo diálogo de los hombres acaba de cortarse, y un hombre al que no se puede persuadir es un hombre peligroso”.

No eran los periodistas, sin embargo, los que atacaban el problema de la mentira, entendida como barrera absoluta para la comunicación. “¿Cómo podemos entrar en diálogo hoy sin mentir, sin mentirnos, o sin participar en las representaciones que sostienen la mentira del mundo?”, se preguntaba Marina Garcés. Ella ofrecía, de entrada, un diagnóstico. Diálogo es aquello que se produce cuando podemos decirle al interlocutor: ¿me lo dices de verdad? La verdadera conversación, defendía, exige la presuposición de que la mentira no estará presente en ella. Pero para eso es necesario, decía la filósofa, resulta esencial plantearse “desde dónde establecemos esa comunicación”, “dónde están los otros y dónde estoy yo”, y también “qué relación estamos dispuestos a establecer con la realidad”.

La poeta y editora Elena Medel identificaba otra condición necesaria para responder a esa pregunta. No se pueden obviar, decía, las circunstancias de quienes participan en el diálogo, sea cual sea la naturaleza de este (ella reflexionaba, de hecho, desde la conversación que se produce en torno a la escritura y la lectura). “Por circunstancias”, apuntaba, “no entiendo la confesión de las anécdotas de nuestra vida, sino esa interpretación política de nuestra situación”. En ese sentido, citaba el poema “El cielo”, de Ángela Figuera Aymerich, en el que la creadora afeaba a sus compañeros “estetas” que no se dieran cuenta de que ese cielo del que tanto hablaban no era igual para todos: “No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer, / desde el fondo más hondo del infierno más negro, / desde el fondo de todos los que están en el fondo, / los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla / cuando vais extasiados por las líricas nubes”.

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El filósofo Hocine Rahli aprovechaba para darle la vuelta a la connotación negativa de esa “espiral del silencio” y reivindicar el silencio como espacio necesario para el diálogo. De hecho, se quejaba de que la velocidad y el tono del debate “no permita el silencio para poder operar” y nos “prive del oxígeno tan necesario”. La disponibilidad mental de los ciudadanos, decía, se ha multiplicado por ocho en un siglo, pero gran parte de ella se reinvierte en las pantallas, que general un tipo de conversación que no es tal: “la polémica”, donde “no hay adversarios, sino enemigos”. Sobre esta forma de debate, Marina Garcés recuperaba unas palabras de Albert Camus que disipan nuestra percepción de que la polémica es algo característico solo de nuestro tiempo. En el suyo, el periodista y escritor ya se quejaba de “una sociedad que, fatigada e indiferente, aplaude o abuchea al azar”.

Les tocaba a Sami Naïr y a Javier de Lucas cerrar la jornada. Se alejaban brevemente del pensamiento camusiano en su literalidad, pero no de sus preocupaciones y de la división que marcó su vida: esa brecha entre su identidad francesa y su identidad argelina, entre los dos lados del Mediterráneo, que intentó reducir (con más o menos éxito) en su compromiso político, su escritura y su experiencia personal. Esta es la parte de la conversación sobre la que De Lucas ya indicaba que no ofrecía precisamente una receta optimista. “Más que nunca hoy estamos en un espacio trágico en el Mediterráneo. Y no es por pesimismo, pero no sé cómo podemos abandonar esa tragedia”, admitía Naïr, al calor, además, de la crisis migratoria en Ceuta. Cómo se va a establecer un diálogo honesto entre ambas orillas cuando “un español es ahora 15 veces más rico que un marroquí” y cuando, mientras Europa construye “un espacio unido, frente al Mediterráneo es todo división”.

Y cómo se va a producir un encuentro, insistía, “si no hay libertad de circulación, si no hay encuentro entre la gente”. Javier de Lucas coincidía: “Ser percibido por el otro es imposible cuando hay tal asimetría en los mecanismos de representación”. Y Naïr se permitía solo un momento de esperanza, una extraña esperanza: a partir de la crisis de 2008, defendía, “la realidad afloró a los ojos de los países europeos”. La desigualdad estaba ahí, no oculta sino a la luz. La luz del mediodía de la que tanto hablaba Camus. Una verdad a partir de la que empezar a hablar.

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