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Cultura

'Los días que vendrán': micropolítica de la maternidad

María Rodríguez Soto y David Verdaguer, en 'Los días que vendrán', de Carlos Marques-Marcet.

Los días que vendrán (Els dies que vindran), la tercera película de Carlos Marques-Marcet, obligó al equipo, como quien dice, a ser rodada. Impuso la temática, los protagonistas y el ritmo de rodaje. Sucedió así: el cineasta estaba filmando en Londres su anterior cinta, Tierra firme, en la que abordaba cómo afecta a una relación de pareja el hecho de que uno de sus componentes quiera tener hijos y el otro no. Allí estaba David Verdaguer, que había protagonizado también su debut, 10.000 km, y que curiosamente no formaba parte del conflicto amoroso en cuestión. Un día, en plena grabación, el actor recibió una llamada: era María Rodríguez Soto, su pareja, también intérprete, con una noticia. Estaba embarazada. Marques-Marcet cuenta que le dio a Verdaguer unos días para que volviera a Barcelona, pero con una condición: tenía que proponerle a la futura madre que hicieran una película sobre el proceso. 

Y aquí está, bastante más de nueve meses después de aquella conversación. La barriga de embarazada que se ve en el filme es la de Rodríguez, ella y Verdaguer interpretan a una pareja, el piso que sirve de escenario es en el que vivían —y al que acabaría mudándose, de nuevo fruto de la casualidad, el propio Marques-Marcet cuando ellos lo abandonaron para irse al apartamento contiguo—. La niña que, al final del metraje, mama plácidamente del pecho de su madre, es su hija. Pero esto es una película de ficción: Vir y Lluís, los personajes que la protagonizan, no son ellos ni comparten con ellos el carácter, los amigos o la profesión. Sí comparten otra cosa: la experiencia del embarazo, el parto y la maternidad, la experiencia de hacerlo en este contexto sociopolítico, en medio de un debate público determinado. Vir y Lluís no son ellos, pero podrían ser cualquiera.

"Fue todo un proceso muy natural", asegura el director. Pero lo cierto es que el montaje creativo del filme fue muy particular. El guion iba naciendo de las sesiones de improvisación con los actores, que tenían lugar por las tardes, en paralelo al proceso de montaje de Tierra firme. Grababan esas improvisaciones en audio, ese audio se transcribía, y Marques-Marcet elaboraba el guion de una escena, que grabarían dos o tres semanas más tarde en un microrrodaje de un fin de semana. Así, a lo largo de meses. "Estuvimos mucho tiempo así, sin guion, sin saber a dónde íbamos… Poco a poco íbamos aprendiendo quiénes eran y qué querían estos personajes", cuenta. Mientras, el bebé crecía, y los conflictos que esta situación hacía surgir en la vida real se iban filtrando a las improvisaciones y al guion. El experimentó funcionó: la película se hizo con tres grandes premios en el último Festival de Málaga. 

Pero había un miedo: la mayoría de las escenas estaban muy centradas en el propio proceso de embarazo, y el director temía que el filme fuera "anecdótico", que "no hubiera película". Pidió ayuda a dos guionistas, Clara Roquet y Coral Cruz, con las que, a partir de las varias horas de metraje ya existentes, se reescribió el inicio y el final de la película y se llegó al núcleo del conflicto dramático: "Esta es una pareja que no ha aprendido a ser dos cuando tienen que aprender a ser tres". Frente a ese intento de toma de control, el azar tenía de nuevo algo que decir. María Rodríguez le contó al cineasta que, cuando su madre estaba embarazada de ella, un amigo les había hecho un vídeo casero, con algunos momentos del embarazo y del parto. La cinta, bellamente grabada, acabó, no solo entrando en el filme, sino estructurándolo y dando envergadura a los temas que trata y conectándolo con cierto debate generacional sobre la maternidad

En un momento dado, el personaje de Vir se pregunta si será capaz de ser madre, porque apenas es capaz de llevar una vida adulta funcional y pierde las llaves una vez a la semana. Lluís le lanza: "¿Tú crees que nuestros padres estaban preparados?". Es un fantasma generacional, el de haber perdido capacidad adquisitiva e independencia, y con ellas cierto grado de madurez, que flota sobre la cinta. "Hay un claro reflejo de todo esto", recoge la actriz, "y de cómo nos comparamos con nuestros padres cuando tenían nuestra edad". De hecho, sus propios padres acaban actuando en la película, haciendo de los padres de Vir. Pero no es la única conversación pública que aparece en Los días que vendrán: "Teníamos una voluntad de hacer micropolítica, ver cómo las condiciones materiales en las que vivimos, afectan a nuestros afectos y a nuestras relaciones sexoafectivas". Lo mismo ocurría en Tierra firme y en 10.000 km, donde la marcha al extranjero de uno de los personajes para buscar trabajo acaba marcando el destino de la pareja. "No quiere decir que sin estas condiciones no hubiera conflicto", retoma el cineasta, "pero el conflicto sería otro".

Uno de los conflictos que surgen precisamente entre Vir y Lluís es el de unos roles de género tradicionales que se exacerban o disparan cuando entra en juego el embarazo. A ella, periodista en un medio digital, no le renuevan el contrato cuando la empresa conoce que se ha quedado embarazada, un suceso de ficción que remeda lo que ocurrió en la realidad: María Rodríguez Soto perdió un papel en una obra de teatro porque producción no quiso correr con el seguro necesario. Volvemos a la ficción: como Vir está en paro, Lluís decide aceptar un trabajo que odia para convertirse en el proveedor de la familia. "Teníamos claro que queríamos tratar la cuestión de género, esa lucha por salirte de los marcos que acabas muchas veces asumiendo", dice el director. "Sabíamos que queríamos tratarlo, claro", retoma la actriz, "pero lo que no sabíamos era cómo; lo fuimos descubriendo". 

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Hubo que descubrir también cómo grabar el parto. Verdaguer y Rodríguez sabían que no querían que el proceso de la película se inmiscuyera en el nacimiento de su hija, así que filmar el suyo quedó descartado. Ambos quieren guardar el secreto de cómo acabó montándose la cosa, pero finalmente se animan a contarlo: el parto —la cesárea— que sale en pantalla es real, acabó prestándose otra mujer a la que no le importaba que se rodara. El proceso se grabó de forma que, en posproducción, pudiera montarse para fingir que era María Rodríguez la que paría. La magia del cine: cuando se rodó esa segunda parte, hacía más de un año que ella había pasado por un proceso similar. "Volverme a enfrentar a eso me apetecía", dice la intérprete. "Es un momento tan heavyheavy, y que luego se va olvidando… Como con la cuarentena, que le decía a mi madre: '¿Por qué no me contaste que eso era así?'. 'Yo te lo hubiera contando', me decía, 'pero eso todo se te olvida". Ahora tienen una especie de memoria externa, un vídeo del embarazo y el parto casi casi como el que tuvieron los padres de la actriz. 

Pero aunque todo esto sea ficción, ambos saben que de haberse filmado sin tener como base el embarazo real, el resultado habría sido otro: "No hubiera tenido nada que ver. Hay una cuestión del accidente, de dónde estás tú, del rendirte a lo que pasa…", comienza apuntando Carlos Marques-Marcet. "... de rendirte al presente absoluto", completa María Rodríguez. "Y asumes las imperfecciones, porque forman parte del proceso, y haces de ellas virtud o casi un manifiesto. No puedes escoger. Es así y se hace sola", retoma el director. Como un embarazo, como un parto, como la niña que roba plano, milagrosa y luminosamente viva, al final de la película.

 

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