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Cultura

Efectos secundarios

Joaquin Phoenix en un fotograma de la película Joker.

Las pantallas de medio mundo han sufrido la conmoción Joker, un personaje nacido secundario que, con el paso del tiempo se ha independizado de sus limitaciones y del súper héroe que lo justificaba para transformarse en el gran protagonista.

Con excepciones, la crítica cinematográfica se ha rendido ante la película, si bien no todos se han dejado seducir, y como ocurre con terremotos de este tipo, los exegetas de la cosa fílmica han sacado conclusiones que traspasan la pantalla. Pedro Vallín, autor reciente de ¡Me cago en Godard!, asegura que Joker, como personaje, "no es un vector político en ningún sentido, él no capitanea nada ni promueve nada, es todo un poco al azar. Sus crímenes coinciden con inspirar un momento de especial confusión social y malcontento, y aparece la gente con caretas por las calles".

Es, dice Vallín, el típico incel americano, un tarado que vive con su mamá y que, en su locura, interpreta que la sociedad le debe cosas. "Es una constante del pensamiento ultraconservador, esto de pensar que todo el mundo está en deuda contigo. La plañidera estándar que acaba votando a Trump. No es tan complicado". Un malo de los 40 que sirve para explicar (¿justificar?) los males de hoy y que, en su evolución fílmica, ha sido encumbrado como el lado oscuro del American dream, en la encarnación de la pesadilla americana.

Pero, lo que aquí nos inspira no es su trascendencia sociológica, sino algo mucho más prosaico: su ascensión a los altares protagonistas desde un papel inicialmente… segundón.

De beta a alfa

En su discurso de entrada a la RAE, allá por noviembre de 2010, Soledad Puértolas pronunció un discurso titulado Aliados. Los personajes secundarios del Quijote.

"Tengo debilidad por los secundarios ―consintió―, por aquellos a quienes, en los diferentes órdenes de la vida y del arte, les toca ocupar posiciones marginales y a quienes de pronto descubre la mirada de un espectador, un lector, un amigo o un desconocido. El secundario es poco visible, no se encuentra en el centro de la acción o del discurso, sino en la periferia, en los flecos, en los rincones. Tenemos que hacer un pequeño movimiento, un gesto, mover un poco la cabeza, para verlo. Estas personas y estos personajes, en la vida y en el arte, han dado mucho que hacer a mi imaginación, que se ha entretenido rescatando historias laterales, apartando la mirada de los personajes y episodios centrales."

Contó que, cuando de niña le leían cuentos, pero también en los relatos que luego leyó escogiendo por su cuenta, se fijaba sobre todo en aquellos personajes que se quedaban un paso atrás, "un sapo desorientado, un elefante patoso, una gallina de plumaje deslucido". Y que más tarde, cuando empezó a frecuentar historias que trataban de gente parecida a ella, comprendió que en la vida había muchas pistas que parecían asuntos secundarios y que daban pie a historias verdaderamente principales.

En su disertación, centrada en el Quijote, Puértolas negó a Sancho Panza la condición de secundario que algunos le atribuyen. El hidalgo siempre tiene a Sancho a su lado, "pero Sancho se sitúa, desde el principio, en el núcleo mismo de la acción y las relaciones entre caballero y escudero registran los conflictos esenciales del héroe".

Sancho Panza, coincide Gonzalo Torné, "merece que lo consideremos co-protagonista". Carlos Mayoral, sin embargo, introduce un matiz: en su opinión, protagonista y secundario se van fundiendo poco a poco y, según la fórmula acuñada, Sancho se quijotiza y Quijote se sanchificaquijotizasanchifica. "No es casualidad, supongo que Cervantes se vio obligado a impregnar a uno con la personalidad del otro, y viceversa". Es una constante en la historia de la literatura, el escritor "idea personajes, los dota de rasgos preconcebidos, sí, pero ellos van creciendo a cada página y toman una forma que no pensaste al inicio. Se hacen a sí mismos. El caso de Cervantes es muy gráfico, porque además tarda una década en escribir la segunda parte. Es decir, Sancho se fue cocinando diez años en su mente hasta terminar absorbiendo el idealismo de su amo".

Pero, queda dicho, Sancho nunca abandonó a Quijano. A diferencia de otros personajes, que, hace memoria Torné, "se vuelven tan grandes que necesitan otra obra donde explotarlos: es el caso de Ulises que de secundario en la Ilíada pasa a protagonizar su propio poema épico. Se dice que Shakespeare mató a Mercucio porque se estaba comiendo Romeo y Julieta entero con sus chistes y a ese paso no llegaba nunca la tragedia".

Otro caso: Huckleberry Finn, el mejor amigo de Tom Sawyer, con el que se dio a conocer en Las aventuras de Tom Sawyer (1876)Las aventuras de Tom Sawyer y del que se independizó (spin off, diríamos hoy) en Las aventuras de Huckleberry Finn (1885)Las aventuras de Huckleberry Finn.

La peripecia quien nos trajo hasta aquí, Arthur Fleck, payaso desolado, comediante malogrado y enfermo mental, es ligeramente distinta: en palabras de Torné, Joker es ejemplo ideal del antagonista, "es un secundario que termina por rivalizar con el protagonista".

La casuística existe, nadie lo niega. Otra cosa es que sea muy abundante. "Parece más una moda de los últimos tiempos ―afirma Carlos Mayoral―, aunque creo que sí tiene relación con algo habitual a lo largo de la historia: el afán por adaptar los grandes mitos al presente. Probablemente, el Don Juan que nace en el medievo, y que revisan, entre otros, Tirso en el Siglo de Oro o Zorrilla en el XIX, hoy sería moldeado desde la perspectiva de Doña Inés. ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad que pone la vista en aquello que ha sido eclipsado, y le da la capa de buenismo necesaria. Es lo que ha pasado con la enfermedad mental del primer Joker de DC, o con el despecho de aquella Maléfica de Basile y los Grimm, por ejemplo".

Secundarios de libro

Si una busca en Google, hay cientos de páginas en las que profesores de escritura creativa explican cómo hay que crear a los personajes secundarios, de qué características hay que dotarlos, qué utilidad tienen… En una de ellas citan a Silvia Adela Kohan en Para escribir una novela: "Los secundarios pueden tener una mayor o menor importancia, pero aunque solo participen unas pocas veces, deben ser igualmente creíbles". Y a Los secundarios pueden tener una mayor o menor importancia, pero aunque solo participen unas pocas veces, deben ser igualmente creíbles". Y a Enrique Paéz en Escribir, manual de técnicas narrativas: "Los personajes secundarios no son decorativos. Su presencia hace real y verídica la historia del protagonista, pero si su desaparición no afecta a la historia central, entonces sobran".

En definitiva, ¿qué rasgos definen a un buen secundario literario? Traslado la cuestión a Gonzalo Torné. "Pues así a bote pronto: que sea sugestivo y misterioso, ya que no sale mucho que esa vida que queda fuera nos deje con ganas de saber". Por no repetir pregunta, pido a Mayoral que revele si los secundarios que él crea aceptan siempre quedarse allí atrás, o si se le ha escapado alguno. "Bueno, como todas mis novelas pasan en un universo compartido (por decirlo en términos cinematográficos) los secundarios de una sección de la novela protagonizan otra sección de otra novela. Diría que no se me ha escapado nadie, pero sí que he sentido curiosidad de saber más sobre un personaje, o pasados unos años averiguar qué estará haciendo." Claro, que la fuerza de algunos personajes depende está precisamente en que se exponen poco.

El reto que supone poblar el paisaje de un paisanaje condenado al segundo plano adquirió unas proporciones singulares en su muy reciente Un episodio nacional, en la que novela los amores secretos entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán. "Yo pensaba que me costaría más dibujar el perfil de los principales, Galdós y Emilia, por lo que tenían de gigantesco, y que dar con los secundarios, puramente de ficción, sería coser y cantar. Finalmente, Galdós y Emilia salieron casi sin querer, con una facilidad que me hizo disfrutar de la narración, y los secundarios, ya digo, ficcionados enteramente, me costaron infinitamente más".

Contestación

En su respuesta al discurso de Soledad Puértolas, José María Merino calificó de "valiente declaración" la propuesta de la nueva académica, por producirse en unos tiempos en que el mundo de las noticias valora solo a los protagonistas en todos los órdenes de la vida, "cuando parece que únicamente tienen derecho a despertar el interés colectivo ciertos primates".

La pócima de la eterna juventud

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Señaló que, por ventura, la jerarquía en el interés de los personajes y el concepto de secundario, no tienen la misma significación en la vida que en la literatura, "donde los personajes protagonistas y los secundarios ofrecen la misma importancia estructural, y su interés no tiene nada que ver con la relevancia social que pueda otorgárseles. Además, en la literatura, los personajes secundarios son fundamentales para que la historia de los protagonistas alcance toda su significación", en muchas ocasiones exhiben tanta o mayor vitalidad narrativa que los principales.

Y citó a Puértolas en su colección de ensayos La vida oculta. "Casi todos los relatos que corren por el mundo tienen, en paralelo con el hilo central, una o varias líneas argumentales. Son el contrapunto necesario. (...) La historia secundaria relativiza la historia central y le da más realidad. Siempre hay otras historias que pueden ser contadas y que en determinado momento podrían pasar a un primer plano".

Que se lo digan a Joker…

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