CINE
La grandeza esquiva de ‘Kill Bill’: la película “que Tarantino nació para hacer” regresa a los cines
Una cosa hay que reconocerle a Quentin Tarantino (al margen de lo mal que nos caiga) y esa es que sabe leerse a sí mismo. Quizá se deba a su respeto por la crítica de cine, que a fin de cuentas estuvo a punto de concretarse recientemente en un proyecto que luego cancelaría, The Movie Critic. Sea como sea, la autoconsciencia tarantiniana se traduce en una lúcida lectura de las fortalezas y debilidades propias y, sobre todo, en una impresión meditada y a tiempo real de cómo está construyendo su legado. Lo cual no es necesariamente bueno. Su ridícula ansiedad por despedir su carrera con una décima película perfecta (por eso canceló The Movie Critic) sale de aquí.
La cuestión es que cuando Tarantino habla de sí mismo hay que escucharle. No hace mucho analizó su filmografía para establecer que Érase una vez en Hollywood era “su película favorita”, mientras Malditos bastardos era “su obra maestra”. De Kill Bill dijo que era “la película que había nacido para hacer”. Esto último implica que igual tiene películas mejores, pero Kill Bill es especial porque solo podría haber salido de sus entrañas. Es su película más personal y ofrece un titular de lo más seductor una vez regresa a cines 12 años después. Se estrena como una sola película pues, aunque la conociéramos dividida entre el Volumen 1 y el Volumen 2, para Tarantino siempre ha sido una sola historia. The Whole Bloody Affair es el título de esta versión íntegra.
El montaje (de más de cuatro horas) no es exactamente inédito —se ha dejado ver en entornos como el Festival de Cannes o el cine New Beverly que Tarantino regenta en Los Ángeles—, aunque sí se ajusta a la visión original. Esa de la que es inseparable Kill Bill como obra de Tarantino enteramente suya, aislada de cualquier otro condicionante al margen de quién escribe y dirige. Solo que claro. Si Kill Bill se estrenó dividida en dos, para empezar, fue porque a Tarantino le obligaron a ello. Harvey Weinstein, al frente de Miramax, era famoso por aplicar la tijera al metraje de cada producción que pasaba por sus manos. Luego fue famoso por otras razones.
El momento 'Kill Bill'
Tarantino se ha esforzado en distanciarse de Weinstein, con sus acusaciones de abuso sexual y posterior condena. Pero nunca va poder hacerlo del todo por cuanto buena parte de su trayectoria está marcada por la conexión Weinstein. Harvey, a quien Tarantino llegó a considerar una figura paterna, gestionó todas y cada una de sus películas antes de Érase una vez en Hollywood, estrenada en 2019. Tarantino es hijo, pues, de lo que supuso Miramax para la escena independiente de EEUU en los años 90 y Kill Bill sería su cumbre, por audacia y ambiciones.
Porque es cierto que Kill Bill se parece a pocas cosas estrenadas a principios de los 2000. Basta fijarse únicamente en el gore. Si bien Tarantino ya había dado que hablar en sus primeros films por el frívolo uso de la violencia, llegada Kill Bill las cantidades de sangre y cadáveres alcanzaban un punto tan absurdo como para que parte de una secuencia del Volumen 1 (la lucha contra los 88 Maníacos) se proyectara en blanco y negro, queriendo acotar la calificación de edades. Nunca un film comercial había exhibido tal cantidad de violencia, y cuesta no verlo como un precedente inmediato de La pasión de Cristo, estrenada en 2004 entre el Volumen 1 y el 2.
La película de Mel Gibson sería la producción calificada R más taquillera hasta entonces, aunque la tradición de nuevo cine católico que inauguraría se aleja bastante, en realidad, de cualquier cosa que le interese a Tarantino. De cara a Kill Bill, el director solo había querido erigir un monumento a sus pasiones, aprovechando el prestigio recabado a principios de los 2000. Tarantino fue el cinéfilo chalado con más margen para convertir sus filias en una cuestión de amplio interés. Kill Bill solo puede entenderse según las cosas que le gustan y uno de sus grandes triunfos es contagiar este gusto a un espectador casual. Aunque difícilmente el director podría haberse salido con la suya en un momento histórico distinto. Hollywood estaba más preparado que nunca para darle cobijo.
Matrix fue el espaldarazo decisivo. La película de las hermanas Wachowski hacía del mestizaje cultural su razón de ser, combinando ciencia ficción especulativa con videojuegos y cine de artes marciales de desinhibido sabor asiático. Puede que sin ella Tarantino jamás habría pensado que Kill Bill era posible —recurriendo además a su mismo coreógrafo, Yuen-Woo Ping—, y tampoco vino mal que la industria occidental estuviera especialmente receptiva al exterior. El estilo anime que empleaba Kill Bill en una de sus secuencias llegaba tras la consolidación global de Ghibli con El viaje de Chihiro. Su afinidad por el wuxia (cine de artes marciales chino) tenía como precedente inmediato el éxito de Tigre y dragón.
Sumando esta fijación del cine occidental por la patente de corso posmoderna —donde en pos del estímulo no se discriminaba un solo referente, siendo Moulin Rouge tan representativa de esto como el cine de las Wachowski— a una cierta gentrificación de lo friki —los 11 Oscars de El retorno del rey— y la anarquía generalizada —incluso en la propia Hong Kong se venía trabajando el pastiche irónico, a través de la obra de Stephen Chow—, claro que Miramax podía ver asequible darle a Tarantino todo el dinero que pidiera para su película monstruosa. Así que se lo dio.
El recuerdo 'Kill Bill'
Hoy día una película como Guardianes de la noche puede arrasar mundialmente complementando a un anime japonés, mientras una superproducción china, Ne Zha 2, actualiza el wuxia y se alza como la película animada más taquillera de la historia. Hoy día, también, seguimos topándonos con aprendices tan leales del Tarantino de la katana como la recentísima Te van a matar. Así que, hoy día, por fuerza, vivimos inmersos en el maridaje cultural a gran escala que Kill Bill avanzó.
Este sería su legado industrial, macerado durante dos décadas de cambios y mestizajes. Y trasciende con mucho la figura de Tarantino como cineasta, por muy personal sea el film. Es este un elemento, por otra parte, que en absoluto habría que dejar de lado. El público ha abrazado Kill Bill lo suficiente como para que a nadie le cueste considerarlo un clásico moderno. Y, dentro de este amor colectivo, son tan relevantes las circunstancias de producción —la forma en que Hollywood respondió a públicos crecientemente globalizados y cosmopolitas— como el amor originario. El de Tarantino por su obra y por un personaje en particular. Beatrix Kiddo. La Novia.
Tarantino comparte la autoría de este personaje con Uma Thurman, su actriz. Ideada en el rodaje de Pulp Fiction —como ampliación de esa serie ficticia que habría protagonizado Mia Wallace, el personaje de Thurman—, gran parte de la historia de La Novia se escribió en casa de la actriz, donde criaba a su hija recién nacida Maya Hawke. Una figura relevante para Tarantino no solo porque años después le daría un papel en Érase una vez en Hollywood (antes de brillar en Stranger Things), sino también porque antes de conocerla no había pensado que La Novia pudiera ser madre.
Lo que resulta interesante a varios niveles. La forma más directa de valorar Kill Bill es como una máquina dispensadora de placer furioso y cinéfago. Un virtuoso espectáculo de acción y monosílabos con raigambre spaghetti western —si La Novia habla tan poco en el Volumen 1, según admitió la propia Thurman, es porque su gran influencia era el personaje de Clint Eastwood en El bueno, el feo y el malo—, que aún así da la sensación de ir agotándose conforme transcurren los minutos. Es la diferencia troncal entre Volúmenes, que en su día desconcertó tanto. El Volumen 1 es masacre y frases lapidarias, mientras el Volumen 2 es reflexión y diálogos crepusculares.
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En el Volumen 2 conocemos verdaderamente a La Novia, y descubrimos que hay mucho más en juego que una simple venganza. Al igual que el nacimiento de Maya movió a replantear la historia, el descubrimiento que realiza La Novia en el desenlace de Kill Bill motiva un cambio de perspectiva que afecta al film por completo. Insinúa una profundidad entre todo esta locura de la cita y el saqueo, entre la sangre y la acción desquiciada, en función a preguntarse si La Novia puede trascender su carácter de icono. Y es lo más hermoso, al cabo, de una película que sigue siendo tan extraordinaria ahora como lo fue hace más de 20 años. La emancipación de La Novia.
Esta emancipación no funciona necesariamente en términos feministas —hablamos, a fin de cuentas, de una mujer que lo deja todo por la maternidad— sino de agencia narrativa. La Novia no era más que una imagen a medida de la escopofilia calenturienta de Tarantino: una guerrera temible, construida a partir de la digestión de cien vengadores inflexibles antes que ella. Lo que sucede en los minutos finales de Kill Bill es que, mientras Tarantino pasa a identificarse inevitablemente con Bill —un personaje que no quiere aceptar que esta asesina sea más que una asesina—, Beatrix Kiddo reclama su derecho a ser ella misma, y a buscar un camino propio fuera del escaparate cinéfilo.
La última escena de Kill Bill nos presenta a Thurman llorando de felicidad y dándole “gracias” a alguien. Puede que a Dios, a Bill o a Tarantino. En los términos de la película vendría a ser lo mismo, pero lo genial es que el agradecimiento se debe a haber escapado al control de todos ellos. La Novia ya no tiene dueño, puede narrarse a sí misma. Es lo que explica que haya pasado a pertenecerle al mundo, a la memoria de cada espectador que con el paso de los años sigue sintiendo un amor incontenible por quien apunta a ser (y así se lo ha ganado) mucho más que un personaje.