Cultura

La Iglesia Palmariana, metáfora de España

Imagen de Clemente Domínguez, antes de autoproclamarse papa, en el cartel promocional de 'El Palmar de Troya', serie de Movistar+.

"Si la imaginación de uno de nuestros dramaturgos hubiera concebido una obra teatral de estas características, los críticos, además de hablar de esperpento, lo acusarían de incapacidad para hacer creíble la ficción", escribía el periodista Fernando G. Delgado en El País, en enero de 1988. Pocos días antes, la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz era incluida en el registro de asociaciones religiosas por sentencia del Tribunal Supremo, 20 años después de que cuatro niñas afirmaran haber visto a la Virgen en El Palmar de Troya, localidad sevillana muy cercana a Utrera que por entonces no tenía más de 3.000 habitantes. "Lo que sucede con este teatro del absurdo es que, quizá, muchos vean en él una metáfora de España y una metáfora de la Iglesia. Demasiado".

Seducidos también por esa historia tan real como inverosímil, las productoras 100 Balas (Mediapro) y 93 metros comenzaron a construir para Movistar+ El Palmar de Troya, una serie documental de cuatro capítulos que se estrena en el canal #0 el próximo 6 de febrero. En los materiales promocionales y la cabecera, la cadena se deja llevar por una estética que podría sugerir un interés en lo paranormal, pero a juzgar por el primer capítulo —al que ha tenido acceso este periódico—, los intereses del director, Israel del Santo, van por otros derroteros. "Esta es la historia", decía en la presentación de la serie Marias Recarte, de 93 metros, "de una escisión de la Iglesia católica que termina siendo una de las sectas más crueles y bizarras de nuestro país". "La historia palmariana", decía Del Santo, "es muy compleja y contarla no es fácil, pero dentro del documental hay una denuncia clara: las autoridades no le han prestado la suficiente atención". 

La historia de la Iglesia Palmariana se inicia el 30 de marzo de 1968, cuando cuatro niñas de entre 12 y 13 años dicen haber tenido visiones de la Virgen —pero también de un toro con los cuernos verdes o con un ahorcado—. La jerarquía eclesiástica no tardaría en emitir una nota pastoral asegurando que "no constaba la sobrenaturalidad" de lo que allí ocurría, pero ya era tarde: multitud de videntes se reunían en el descampado donde supuestamente tenían lugar las apariciones y donde se acabó construyendo una pequeña hornacina. Pero El Palmar comenzó verdaderamente a construirse cuando aparecen por allí Clemente Domínguez, futuro autoproclamado papa Gregorio XVII, y Manuel Alonso, su sucesor como Pedro II. De este proceso, desde la denuncia de las niñas hasta la consagración de Clemente como obispo, se encarga el primer capítulo de la saga. El segundo episodio se dedica al auge del líder religioso hasta su autoproclamación; el tercero, al crecimiento de la organización, pero también a las denuncias de abusos sexuales en el interior de la secta, y el cuarto se ocupa de Ginés J. Hernández, el tercer papa, que abandonó la orden para fugarse con una monja palmariana y acabó en prisión por robar en el recinto de la basílica

El documental, de casi 5 horas de duración, entrevista a grandes protagonistas de esta extraña historia, como al propio Ginés j. Hernández o a Camilo León, uno de los primeros videntes, pero también habla con antiguos integrantes de la secta, con testigos de su desarrollo, como los maestros del pueblo, o expertos como Magnus Lundberg, historiador eclesiástico que ha estudiado en profundidad El Palmar, o el periodista Manuel Molina, que cubrió las apariciones para la Agencia EFE desde su inicio. "Esta es la primera vez que se consigue contar la historia con todas sus piezas", presume Israel del Santo, que asegura que ha sido clave tener "paciencia" para conseguir todos los testimonios. El equipo ha prescindido de cámaras ocultas, tantas veces utilizadas para adentrarse en la fortaleza de la basílica, pero su constancia y los meses de trabajo en el pueblo han dado sus frutos: los entrevistados, y otros participantes que no salen en cámara, les han ofrecido vídeos amateur inéditosamateur de las peregrinaciones y del interior del recinto, que se combinan con recreaciones. El cineasta habla con orgullo de su mayor hallazgo: una "caseta de obra" donde se guardaban decenas de grabaciones sonoras de los éxtasis de los videntes, incluidas las del propio Clemente Domínguez. 

Los propios productores definen el documental como una "tragicomedia". La serie no duda en subrayar los momentos más locos de la historia del Palmar: el futuro papa Gregorio XVII aseguró tener un estigma en el costado del que llegarona manar 16 litros de sangre; avisan al periodista Manuel Molina de madrugada para que asista a una consagración que había sido ordenada por la mismísima Virgen, pero cuando este protesta le dicen que no se dé prisa, que le esperan, porque "ha dicho el día pero no la hora". Pero oscila entre el gusto por el esperpento y la conmiseración con las víctimas de la secta, que han pasado décadas en un régimen de represión y encierro, y que en ocasiones lo han perdido absolutamente todo, desde los lazos familiares hasta los bienes materiales. "Para hablar han tenido que vencer una cosa", contaban, "que es la vergüenza, porque tienen que reconocer a cámara que han creído en cosas que a la mayoría le resultan increíbles". 

Pero El Palmar de Troya se esfuerza también por tender lazos entre algo que podría parecer una anécdota y el contexto político y social de la época. En el primer capítulo, se dibuja en unos pocos trazos el pueblo paupérrimo que era El Palmar, sin línea de teléfono, sin apenas transporte con las grandes ciudades, un lugar en el que nunca parecía pasar nada, para que el espectador pueda comprender el fenómeno de masas que acabaron siendo las apariciones. Y el documental dibuja también el momento de tensión dentro de la Iglesia católica en el que aparecen Clemente Domínguez y Manuel Alonso. El Concilio Vaticano II terminó su última sesión en 1965, y los profundos cambios operados —se permitía dar misa en las lenguas vernáculas, se introducía música y folklore, ya no era necesario comulgar de rodillas y se podía tocar la hostia consagrada, entre otras modificaciones— se encuentran con una fuerte oposición de los sectores tradicionalistas. Del mismo modo, el panorama político español se movía entre el aperturismo económico y el miedo del régimen, que vislumbraba ya la muerte del dictador. 

Así, no es extraño que el discurso de los artífices de la Iglesia Palmariana fuera evolucionando desde una neutralidad religiosa —se animaba a la oración y la confesión, se reivindicaba el papel central de Dios en la vida— hacia mensajes radicales que atacaban el Concilio y acusaban de herejía a una institución eclesiástica que veían tomada por "marxistas" y "masones". "Que se lleve a la práctica el rito antiguo, no el nuevo", decía Jesucristo por boca de Clemente Domínguez, "porque si no entraríamos en el camino del progresismo". Fue precisamente por esta reacción conservadora que El Palmar pudo captar la atención de Marcel Lefebvre, opuesto al Concilio Vaticano II y creador de Écône, un movimiento católico ultra. Él fue el contacto con el inversor suizo Maurice Revaz, quien a su vez convenció al sacerdote vietnamita Pierre Martin Ngô-Dinh-Thuc para viajar a Sevilla. En unos días, este haría pasar a Clemente Domínguez y Manuel Alonso de legos a obispos.

El peso que ha tenido la Iglesia Palmariana en la cultura popular española ha sido considerable: ahí está la canción de Carlos Cano, El milagro del Palmar, en la que decía "Clemente, no te quedes con la gente", o (I left my heart in) El Palmar de Troya, de Siniestro Total. Pero lo recordaba Israel del Santo: la Iglesia Palmariana tiene propiedades en El Palmar y en Sevilla, capillas en varios países de América Latina, Filipinas o Alemania, gestiona residencias de ancianos en Irlanda y ha llegado a reunir a 15.000 fieles. "Esto no es una historia", insiste, "esto sigue pasando aquí mismo". 

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