La portada de mañana
Ver
La inflación también vota en las europeas

El rincón de los lectores

La escalera real de Woody Allen

Portada de A propósito de nada, de Woody Allen.

Cuando Woody Allen relata el momento en que le pidió matrimonio a Soon-Yi, aprovecha para anunciarle al lector que abordará más adelante su historia con Mia Farrow, "y sí, hay algo que contar al respecto". Estamos en la página 219, más o menos en la mitad del volumen autobiográfico A propósito de nada, publicado en español por Alianza Editorial. "Y espero que no sea la razón por la que habéis comprado este libro", añade el cineasta, alimentando la intriga. Desde luego, Allen tiene claro que precisamente lo que quiere contar, más que ninguna otra cosa, es que su fama de abusador de niñas no tiene fundamento real, se cimenta en esa "nada" del título: "¿Por qué no me otorgaron el beneficio de la duda ante una muy cuestionable acusación que iba en contra del sentido común? Nunca he conseguido entender exactamente qué he hecho para acumular toda esta mala voluntad hacia mí, pero ya sabemos que un perro no ve su propia cola".

A sus 84 años, Woody Allen ha decidido que "el sentido común" no se va a imponer por sí solo y hace pública su versión de los hechos: "Es como estar jugando al póker con una escalera real en la mano. Te mueres de ganas de que todos hagan sus apuestas y de que muestren sus cartas. Pero ¿y si la oportunidad de jugar mis propias cartas no llega nunca? ¿y si desaparezco antes de que pueda recoger las ganancias?". En contra de lo que podíamos esperar, el cineasta no entra a saco, se muestra prudente y respetuoso, da rodeos, se autoinculpa de no haber hecho caso de los indicios que apuntaban a que profundizar en su relación con Mia Farrow era meterse en la boca del lobo: "¿Debería haber percibido alguna señal de alarma? Supongo que sí, pero si uno está saliendo con una mujer de ensueño, aunque vea esas señales de alarma, mira para otro lado. Y recordad que yo no era el tipo más avispado del barrio, en especial en los asuntos relacionados con Cupido".

¿Qué hacemos con Woody Allen?

¿Qué hacemos con Woody Allen?

Al final Allen cumple su palabra y pone sobre el tapete todas sus cartas, que son fundamentalmente datos contundentes, sellados con agradecimientos a los que le han apoyado e incomprensión hacia los que lo han atacado, a quienes acusa de haberse dejado llevar por la corriente sin molestarse en leer las evidencias. Incluye en este capítulo al New York Times que leía todas las mañanas. Lo hace con una cortesía que a menudo suena protocolaria, y lo hace contando historias, que es su fuerte. Al fin y al cabo, él se considera, sobre todo, escritor, "y esto es una bendición, porque un escritor nunca depende de que lo contraten para trabajar, sino que genera su propio trabajo y elige su horario". Hacer cine viene a ser una prolongación de ese oficio, según Woody Allen, que repite lo que él mismo ha dicho ya otras veces, y quizás hemos oído a otros cineastas, que "es mucho más difícil escribir que dirigir; un director mediocre puede realizar una película buena a partir de un guion bien escrito, pero un gran director nunca podrá convertir un guion flojo en una película buena".

De este modo, Allen va dejando aquí y allá afirmaciones sobre el séptimo arte que no se proponen ser definitivas. Las expone con una modestia rutinaria: son fruto de las enseñanzas que recibió en sus primeros años, de la experiencia acumulada en las más de 50 películas que ha realizado, y a veces de su peculiar carácter: "No soy una persona paciente en lo que respecta a las exigencias de los ensayos. Esa es la razón por la que, con los años, ruedo planos largos y no filmo planos-recurso ni tomas extra. No soporto tener que repetir las mismas escenas una y otra vez. A mí me gusta rodar, irme a casa y ver un partido de baloncesto".

Igual que el aficionado al cine encontrará un decálogo de consejos diseminados en el libro, el fetichista recogerá un puñado de curiosidades que probablemente ya conozca, pero que aquí vienen contadas por el personaje Allen, en su rol de monologuista de largo recorrido, y envueltas en unas tapas negras de best-seller. Hablo de anécdotas, como por qué decidió adoptar el nombre de Woody Allen, si su nombre originario era Allan Stewart Konisgberg, o cómo eran sus padres, a los que caricaturiza un poco y maltrata bastante, o cómo lo engañó su primer agente, o de qué forma casi surrealista se libró del servicio militar, o de las filtraciones que sufría en su ático, situado en una planta 20 de Manhattan frente a Central Park. Algunas de las historias resultan casi fantásticas, y sin embargo sabemos que a veces la realidad es más fantástica que la ficción, por lo que nos conjuramos a creerle.

Más sobre este tema
stats