'La mejor edad': la mirada al tiempo de Luis García Montero

Pedro García Cueto

a mejor edad - Luis García Montero

Tusquets. 2026.

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Luis García Montero regresa a la narrativa con La mejor edad, publicada por Tusquets, con el estilo que le caracteriza, hacer de la prosa un fulgor poético, donde se desliza el mundo personal de este poeta ya consagrado, profesor en la Universidad de Granada, ensayista, articulista en distintos medios —infoLibre entre ellos— y ahora director del Instituto Cervantes. García Montero ha marcado toda una época de la literatura, pero también de la cultura. Su vuelta a la novela es realmente interesante.

La mejor edad es un canto a la nostalgia, a lo que hemos sido y ya no somos, a las heridas del tiempo. Cuenta la historia de Manuel Benítez, que fue juzgado por el robo de un coche y por un atraco, en 1975. Su reencuentro con el juez Ramón María Zaldívar es una especie de catarsis que funciona como una caja de resonancias, ya que sirve para que Manuel lleve a cabo una radiografía del pasado. Su matrimonio con Paula, la abogada que le defendió es otro de los frentes del libro, porque Paula está enferma y Manuel asiste a su proceso de deterioro, lo que confronta la propia vida de Luis con la novela. El tema de la enfermedad —que Luis conoció cuando Almudena Grandes, la gran novelista, y su pareja, pasó por todo ello— define una realidad que la novela va desgranando.

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Cito la mirada de Luis García Montero a Manuel:

“A Manuel, desde la época de la cárcel, desde su amistad con Felipe el extremeño, le gustaba aprender historias y palabras, y los jardines están llenos de sustantivos, adjetivos y verbos. El ojo del poeta es una flor naranja con una pupila negra que sube por el brezo y por las paredes de la casa”.

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Manuel bebe mucho y Paula lo quiere abandonar, porque en cada página late el lenguaje poético del poeta granadino, que, incluso, al escribir la novela, desliza su mundo de imágenes, nos hace ver la belleza de un universo gris, que tiene fulgores, en los que destella la vida y sombras, en los que se adentra la muerte.

El amor por Paula será “una botella vacía”, dice Manuel, en boca del autor, que es todos los personajes, el narrador omnisciente de un mundo que se deshace, que se disuelve ante nuestros ojos.

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Manuel, el superviviente, que habla con el juez en su reencuentro, cuida a Paula, y siente que es el alter ego de un hombre que no ha sido, un ser derrotado por el tiempo, que ha de confesarse y lo hace ante el silencio de Paula, enferma:

“Me tomo la última tónica, nos comemos las uvas y descansamos. Pero quiero que sepas, Paula, que mi único proyecto de futuro y de vida has sido tú. Que la palabra eutanasia me parece antipática, propia de un mundo lleno de residencias de ancianos y de pantalones juveniles rotos…”.

Y su amistad con Lola, bálsamo en tiempos de oscuridad. Todo camina, el juez que vuelve, Paula que va muriendo y la prosa que se extiende, con pocos diálogos, pero mucha reflexión, con el lenguaje que Luis García Montero moldea, lo convierte en el amanuense que descifra el código del tiempo.

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Por ello, por esa idea de fondo de la evanescencia de la vida, de lo que realmente somos, seres fugaces en el curso del tiempo, Luis García Montero nos dice:

“Al final la vida es eso, una lista de nueve o diez cosas importantes. Todas te las debo a ti, menos la fotografía de mis padres, los dos tan felices, tan guapos y tan desconocedores de lo que iba a venir”.

Todos somos perdedores, porque vamos dejando en el camino seres queridos, ausentes para siempre, pero que viven en nosotros y nos acompañan en esta senda del vivir, llena de pesares y sin sabores. Parece que veo a Luis García Montero y a Almudena en el hospital, cuando ella iba dejando la vida y él era su mano, su boca, su cuerpo. Esa fusión da sentido a la novela, porque en lo confesional, en lo autobiográfico late esta historia.

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La mejor edad pasa y quedan solo briznas de lo que fuimos, por ello, el pasado vuelve en la forma del juez, el presente llega con la enfermedad terminal de Paula, la vida pesa, porque Manuel se refugia en un amor clandestino y en la bebida, pero nada sustituye el tacto de la mano de la amada, el recuerdo de unos padres felices, cuando era niño. Como nos dijo Manrique en las Coplas: “Porque a nuestro parecer / cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Luis García Montero salda cuentas con el tiempo y sabe que en la escritura hay un exorcismo, pero también una forma de recomponer lo que ya está roto. La literatura devuelve lo mejor de nosotros y nos hace volver atrás, antes de la tormenta violenta de la vida.

*Pedro García Cueto es escritor. Entre sus ensayos destacan 'La llama poética de Luis García Montero' y 'Fulgor y ceniza en la obra de Javier Lostalé'.

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