La sangre está cayendo al patio - Elvira Navarro
Random House. Barcelona. 2025.
La escritora que hoy me ocupa, una de las que más aprecio entre las nuevas voces surgidas en el siglo XXI, ha cultivado el cuento, la novela y el artículo (sin que falten los trabajos dedicados a autores que considera y valora; por ejemplo, el escrito recientemente sobre Ana María Matute).
Como autora de cuentos, género al que regresa con su nuevo libro, me parece una de las más destacadas, pues no solo tiene una voz singular, sino también un mundo propio, siendo cultivadora de lo que se ha dado en llamar la literatura literaria, valga la redundancia, y que hasta hace muy poco llamábamos simplemente literatura, sin que nadie la confundiera con productos precocinados, complacientes con paladares perezosos.
Las dos citas iniciales, una de los Salmos y la otra del grupo Los burros (para mí, desconocidos), anticipan, en cierta forma, lo que vamos a encontrarnos en las narraciones: seres abandonados, dejados de la mano de Dios; sexualidades diversas.
Se compone el libro de nueve cuentos, de los cuales “El miedo a la ciudad” y “La ciudad del miedo”, con el que el libro acaba, están obviamente relacionados. Recuérdese, además, el protagonismo que desempeña la ciudad, el concepto, en el conjunto de su obra. Pero, además, destacaría cuentos tales como “El proyecto” o “El ramito de violetas”, aunque mi preferido sea “La ciudad del miedo”.
Respecto al resto, en “La lavadora”, que abre el libro, no llegamos a saber, a ciencia cierta, si la máquina misteriosa tiene vida propia y lava con sangre, o esa impresión es producto de la enajenación de su dueña (un motivo cercano lo encontramos en “El vigilante”). No menos significativa es la reacción de los vecinos, de la policía ante los hechos referidos. “El recogedor de animales” es la historia de una obsesión, del extraño proceso de animalización que sufre el barrendero protagonista. Al final, el círculo se completa y acaba matando a su galgo más fiel, cuando al comienzo de la narración se negaba a sacrificar a los animales. “El vigilante” transcurre en un piso que es, más bien, un no lugar inquietante. Allí, el protagonista, a quien ha dejado su mujer y lo invade la sensación de vacío, de la nada (en versal en el texto), acaba enloqueciendo.
Pero presten atención a la historia intercalada de Bacary, el albañil senegalés. “Tela de araña”, quizás el menos conseguido, es la historia de un pesado, Étienne, un emigrante africano que, con la pretensión de ligarse a Almudena, una estudiante de Erasmus en París, la acosa. Por su parte, una mujer narra “Los amores idiotas”, la más extensa y la única narración del libro dividida en diez partes numeradas, para contar su relación con Pep, sus visitas a un bar de travestis y otras andanzas, en las que viven relaciones que alguien podría tachar de desquiciadas y se muestran conscientes de las peculiaridades de sus cuerpos; de la obesidad mórbida, del peso de la enfermedad, y de la sexualidad en sus manifestaciones menos convencionales.
La utilización del calificativo idiota posee una cierta prosapia en nuestra cultura narrativa y filosófica (yendo de María Zambrano, Lidia Falcón, Raúl Ruiz, José Luis Giménez-Frontín a Félix de Azúa), por no recurrir a Dostoyevski, autor muy apreciado por Elvira Navarro, aunque ella siga otro camino. Se trata al cabo, de narrar una experiencia que se cierra con la muerte de uno de los protagonistas y deja abierta la trayectoria de la innominada narradora.
En “El proyecto”, una casa a medio construir, que va adquiriendo protagonismo, y la conducta de Bruno, el hijo pequeño de un matrimonio que llena la pared de dibujos, quizá simbólicos, separa a la pareja, pues ella se queda sin trabajo y ambos sufren el confinamiento del coronavirus. Problemas propios, en suma, de una vida en construcción. Pero la narración concentra el sentido en los sucesos que se cuentan en el desenlace. De “El ramito de violetas”, en alusión a la canción de Cecilia, y a un ramo de flores que parece adquirir vida propia en el cementerio, en la tumba de su padre, donde lo ha depositado la protagonista, destacaría cómo desde el comienzo, se aceleran los sucesos.
Aquí se cuenta la historia de la degradación progresiva de una familia de carniceros y cocineros, desde la prosperidad inicial a una vida de graves carencias, formada por un matrimonio (el padre muere y a la madre, demente, tienen que internarla en un sanatorio); un hijo homosexual, Ángel, que quiere llevar su propia vida; una hija, Mari, la protagonista, que carga con el peso de la decadencia familiar, pues tampoco se entiende con el hermano; y una prima, Nuria, que le presta ayuda. Todo ello lo vive Mari, nos dice el narrador, como si transcurriera entre la irrealidad y el disparate.
“El miedo a la ciudad”, narrado por una mujer, transcurre en la banlieu de París; tiene un comienzo excelente, con una gran prosa, pero estando bien en conjunto, prefiero el desarrollo al desenlace. Llama la atención, en este, la inquietante aparición de los hombres, como ocurre también en los cuentos de Pilar Adón.
Por último, “La ciudad del miedo” también transcurre en un barrio marginal de la periferia parisina, formada por colonias de bloques, con el aspecto propio de un mundo cercano al apocalipsis. Narrado en tercera persona, la protagonista, Almudena, que se ha perdido, es guiada en este descenso a los infiernos por una trabajadora social, que visita algunas viviendas, llevándoles ayuda, mientras la acerca a una parada de autobús. Recorren espacios degradados, caóticos, sin servicios algunos, que componen –se nos dice- una “estampa de guerra”. Se trata de pisos destrozados por unos misteriosos señores, que no logramos saber quiénes son.
La acción transcurre durante el último cambio de siglo y los habitantes de esas viviendas son, en su mayoría, afrofranceses o de origen magrebí. En su recorrido, visitan a un anciano que delira, que dialoga con seres imaginarios; y a una anciana que parece loca y cuerda al mismo tiempo… Toda la visión tiene algo de espectral, nos dice el narrador, y “la negrura era idéntica a la de algunos sueños, llenos de presencias funestas”. En el desenlace del cuento, cuando llegan a la parada del autobús, nos surge la duda de qué ha observado realmente Almudena. El diálogo final que mantiene con la trabajadora social cuestiona lo que se nos ha contado, y podría desgajarse y componer un microrrelato independiente, en el mejor estilo de las Historias mínimas, de Javier Tomeo.
En suma, lo que la narración tiene a veces de inconcreta nos hace pensar en realidades consabidas, actuales, que conocemos, si no por la realidad, por los noticiarios y las películas. Es una versión actual de aquella España de los márgenes que contaron Baroja y Martín-Santos, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite y Alfonso Sastre. Podría decirse que este cuento complementa también, aunque desde otra perspectiva, “Tela de araña”.
Tendríamos que preguntarnos qué relación se establece entre estos dos cuentos, cuyos títulos aluden a la ciudad y al miedo, y por qué no empieza el libro con el primero. Quizá sea para paliar, de alguna manera, la obvia simetría; pero, creo, además, que del comentario de ambos podría desprenderse la respuesta.
El título del libro me parece demasiado efectista, aunque en “Los amores idiotas” hay referencias, aunque no del todo precisas, a la denominación (pp. 102 y 109). Son cuentos de protagonistas que padecen experiencias inquietantes, que incluso pueden desasosegar a los lectores. En cierta forma, resultan ser historias contrafácticas, que quizá algunas partan de la idea de qué pasaría si… Lo que se cuenta son procesos de degradación, ocasionados por el desamor, la falta de medios económicos, la precariedad, o los conflictos de carácter, si es que los segundos no conducen a lo primero; en los que el misterio, la extrañeza o lo inexplicable, desempeñan un papel importante.
La autora confiesa haberse situado en la estela del tremendismo español, puesto a la hora del día, cuyo libro principal de referencia tal vez sea La familia de Pascual Duarte, de Cela, aunque ella confiesa sentirse cerca —por citar solo a una autora española— de Carmen Martín Gaite, quizá por su versatilidad, por su evolución constante, por su ambición.
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Con este nuevo libro de cuentos, Elvira Navarro consolida su posición en el terreno de la narrativa en lengua española, del cuento literario, como una de las voces más inquietantes y atractivas.
P.S. Una vez escrita la reseña, leo —como tengo por costumbre— alguna de las entrevistas y comentarios que ha generado el libro, las que tengo a mano. Las hay modélicas, como las de Santos Sanz Villanueva, en El Cultural, y la de José María Pozuelo Yvancos, en ABC, pero me ha sorprendido que, en otras reseñas, no se cite ni un solo cuento del libro, como si las piezas independientes no tuvieran su propia individualidad, sentido y valor.
*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.