El ornitorrinco

Lluís Talavera

El ornitorrinco

La naturaleza paradójica del ornitorrinco se resiste a la interpretación. Esbozar los límites de su fisonomía es como seguir las manos de un tahúr experto en adivinar dónde está la carta ganadora. A primera vista, su hirsuto pelaje lo presenta como una nutria, o tal vez un castor; pero luego, sus patas palmeadas, adosadas a los costados, y sus andares de lagarto nos invitan a pensar en un mamífero con vocación de reptil. No nos engañemos, esta es solo una certeza transitoria que su rostro, que remata en un pico plano, achaflanado, como si se ocultara tras una máscara de ave, se encarga de desmentir.

En tierra, el ornitorrinco luce su trote laborioso sin complejos, pero fiel a su ambigüedad, al entrar en el agua, su pico deviene proa, las patas se tornan remos, de su cola emerge un timón y el desgarbado caminante se transfigura en capitán de un ágil navío. Introvertido y solitario, hace poca vida social; agota su tiempo en largas jornadas de caza acuática y durmiendo a pierna suelta durante horas. Se dice que es el animal que más sueña, aunque no está claro si los humanos aparecemos más en sus sueños o en sus pesadillas.

El ornitorrinco es un popurrí, costura de retales, el capricho de un científico loco. Un engarce de piezas discordantes que anuncia a bombo y platillo la fragilidad de la ortodoxia.

Maternidad

La madre regresa del jardín con el gesto torcido. «No habrá suficientes», dice con toda la tristeza del mundo. Sus hijos apenas le hacen caso. Quizá por esa candidez propia de la juventud. O tal vez porque dan por hecho que, al igual que hace cuando la comida escasea, si el árbol de los sueños que plantaron no diera frutos para todos, su madre les cedería los suyos. No alcanzan a entender que, si la mujer renunciara a sus sueños, ellos serían los primeros en dejar de existir.

Virtudes y defectos

Objetar, aunque sea cordialmente, ante cualquier omisión en una charla insustancial. Enmendar al interlocutor que comete un error gramatical por trivial que sea. Impugnar la imperfección como confirmación misma de su propio ser. Mirarse cada noche en el espejo y odiarse porque su ego no tolera que encuentre defectos en el rostro que refleja.

 

* Lluís Talavera (Barcelona, 1968) es licenciado en Informática y profesor en la Universitat Politècnica de Catalunya. Ha colaborado en revistas como 'Plesiosaurio', 'Brevilla' y 'Cuentos para el Andén', y acaba de publicar 'El equilibrista imperfecto' (Platero Coolbooks, 2022), su primer libro de microrrelatos. Estos textos son inéditos.

Un empleo oficial (Ocurrido a Chuang-Chou)

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