Los diablos azules

Mi padre y yo pertenecemos a la misma generación

El escritor Antonio Orejudo.

Antonio Orejudo

Los políticos españoles nacidos en los años cuarenta del siglo pasado, y en particular los socialistas de Felipe González, se dieron cuenta enseguida de que la lucha generacional era una fuerza que operaba en el devenir de la Historia con la misma potencia que la lucha de clases. De hecho, una de las primeras normas que aprobaron cuando ganaron con 40 años recién cumplidos las elecciones de 1982 fue la Ley 30/84 de Medidas para la Reforma de la Función Pública, que dispuso la jubilación forzosa a los 65 años de todos los funcionarios, incluidos jueces y catedráticos de Universidad.

Es cierto que tenían una coartada: la vieja España, la vieja política, el viejo régimen, había estado a punto de imponerse en el frustrado golpe de 1981, y se había instalado en el ambiente una demanda de aire fresco y de renovación que coincidió, en el caso de la Universidad, con la licenciatura de muchos jóvenes, algunos de ellos afiliados al PSOE o simples compañeros de viaje.

Pero aquello no dejaba de ser una coartada. Amparados por el signo de los tiempos, los jóvenes socialistas ignoraron el talento y la experiencia de sus mayores y en cuanto pudieron firmar las órdenes del BOE se deshicieron de ellos. Prestigiosos profesores como Fernando Lázaro Carreter o Gustavo Bueno fueron despojados de sus cátedras cuando todavía estaban en plenitud de facultades. Aquellos puestos docentes, y otros muchos que se crearon entonces, fueron ocupados por la quinta del cuarenta y por jóvenes nacidos en la década siguiente, cuyo mérito académico más destacado era en muchos casos haber sabido estar en el momento y en el lugar oportunos. Estudiantes que en junio habían terminado la carrera empezaron a dar clase en septiembre como profesores no numerarios, los célebres penenes. Yo llegué como estudiante a la Universidad Autónoma de Madrid en aquella época, y efectivamente me sorprendió la juventud del Departamento de Filología Española, alguno de cuyos miembros era ya catedrático con sólo treinta y tantos.

Poco después de haberse aprobado aquella ley de jubilación anticipada, la Audiencia Territorial de Valencia reconoció a una profesora de la Universidad Politécnica su derecho a ser indemnizada por los perjuicios económicos que le había causado el adelanto de su retiro. Los impetuosos jóvenes socialistas tuvieron que rectificar. Por supuesto, no readmitieron a los viejos; lo que hicieron fue volver a situar la edad de jubilación en los 70 años, de modo que muchos de los que entonces se colocaron en la Universidad siguen activos en el momento de redactar estas líneas.

Desde entonces hasta ahora han sucedido muchas cosas. Sucedió por ejemplo que el numeroso grupo de personas que venía detrás de ellos, los niños nacidos en la década de los sesenta, terminaron sus carreras y se encontraron con todas las puertas cerradas; las de poder, por supuesto. Y también las del mercado laboral. Yo me licencié en 1986, cuando concluía la primera legislatura de Felipe González con casi un 25% de paro. La quinta del cuarenta y la del cincuenta no nos dejaron ni las migajas, como suele suceder en estas luchas generacionales por la supervivencia.

Es cierto que hubo algún conato de rebelión en las postrimerías de los ochenta, algunas algaradas estudiantiles contra el ministro José María Maravall y contra su segundo, Alfredo Pérez Rubalcaba, que en aquella época hacía méritos desprestigiando las protestas estudiantiles, que quedaron reducidas en el imaginario colectivo a la célebre imagen del Cojo Manteca destrozando mobiliario urbano con su muleta.

No fue una revuelta en condiciones: los de mi generación no hemos sido nunca muy alborotadores; así que preferimos buscarnos la vida con los contratos basura (un concepto que nació en aquella época), o esperar a que corriera un escalafón que ha permanecido inmóvil los últimos 30 años, o emigrar en busca de un futuro profesional relacionado con nuestra formación. Los de Humanidades habíamos elegido una disciplina devaluada, como la calificó el físico Rubalcaba, y debíamos apechugar con las consecuencias.

Analógicos vs. nativos digitales

El destino quiso que este mismo Rubalcaba fuera ministro del Interior el 15 de mayo de 2011. Casi un cuarto de siglo después de aquellas algaradas callejeras, sus hijos metafóricos, los del propio Rubalcaba y los de Felipe González, tomaron las plazas de todo el país y cuestionaron abiertamente la obra política de estos padres de la patria.

Es muy significativo que Pablo Iglesias no interpele nunca a Rodríguez Zapatero, sino a Felipe González, como si fuera este, y no el último presidente socialista, la figura paterna a la que hubiese que matar; metafóricamente también. Zapatero, nacido en los sesenta, se ha quedado entre los dos, en tierra de nadie, sin atributos, irrelevante como la generación a la que pertenece, que es la mía.

No es que reste valor a su triple legado (la ley antitabaco, la ley del matrimonio homosexual y la ley de dependencia), todo lo contrario: lo que digo es que, pese a estos extraordinarios logros sociales, su papel histórico ha quedado un poco desleído —y se irá desdibujando cada vez más— porque no tuvo el arrojo que sí ha tenido su sucesor, el menospreciado Pedro Sánchez: comportarse con la generación anterior con la misma determinación implacable con la que Felipe González y los suyos desalojaron a los viejos socialistas en el congreso de Suresnes.

Pero todo esto no deja de ser un juego de niños si lo comparamos con lo que ha sucedido después, con la verdadera brecha generacional, la que se abrió en la última década del siglo XX. A partir de 1990 empezaron a ver la luz los primeros españoles que, salvo caídas accidentales, nunca iban a conocer el mundo sin conexión a Internet. Incluso Pablo Iglesias ha debido de tener que buscar bibliografía en los cajoncitos de los ficheros físicos que tenían las bibliotecas, o comprar los periódicos en el quiosco de la esquina, o meter monedas en una de esas cabinas telefónicas que se las tragaban sin dar línea, o ensalivar con la lengua un sello de correos. Los nacidos en la década de los noventa, en cambio, ya no tienen muy claro en qué parte del sobre se escribe el remite, y no conciben que haya que salir de casa para buscar información o que los periódicos pueden agotarse un domingo por la mañana si no se baja a tiempo o que un WhatsApp no puede enviarse desde una cabina de teléfono, si es que en el barrio queda algún vestigio de aquella era.

La revolución tecnológica ha convertido las luchas generacionales a. W. (antes del WiFi) en simples rencillas de vecinos y nos ha colocado a todos en nuestro verdadero lugar. A un lado de la fibra óptica los analógicos y al otro, los nativos digitales. Felipe González, Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias, Pérez Rubalcaba y yo mismo, por citar sólo a los que salimos en este artículo, pertenecemos, cada uno con nuestras cosillas, a una civilización que echó a andar en Italia allá por el siglo XIV y que debe mucho a otra revolución tecnológica, la que provocó el ingenioso invento de Gutenberg. La imprenta difundió el conocimiento y puso los textos al alcance de todo el mundo que supiera leer. Y, claro, empezó a leer mucha gente porque todos los que se han encontrado a lo largo de la Historia a este lado de la fibra óptica concebían la cultura como un término eminentemente libresco: lo que merece la pena ser aprendido, todo aquello que una persona culta debe saber para desenvolverse con éxito en este mundo, está en los libros.

Nuevas formas de relacionarse con el saber

Pero este mundo ha cambiado mucho en muy poco tiempo. Algunas veces, cuando veo un programa de eSports u oigo la retransmisión de una partida de League of legens o de Call of duty siento que tengo más cosas en común con Petrarca que con mis propios hijos, con los reales y con los metafóricos. A muchos de estos los tengo delante de mí en las clases de la Universidad: toleran a duras penas la soledad y sus beneficios; prefieren la compañía perpetua, que también los tiene; desdeñan virtudes como la constancia o la paciencia; se han acostumbrado a la inmediatez, que no es una virtud, aunque sí una incuestionable ventaja; y consideran que el conocimiento jerarquizado y vertical es propio de mis tiempos analógicos; ellos se sienten más cómodos con la horizontalidad del hipertexto, que es otra manera de relacionarse con el saber. Para esta nueva generación es posible que los libros sigan siendo una herramienta necesaria, pero ya no son un instrumento suficiente.

Y a todos estos cambios hemos de añadir en primer lugar el triunfo sin ambages del capitalismo que, aniquilando cualquier reducto en el que no rijan las leyes del mercado, ha ahormado de otro modo las nuevas maneras de pensar; y en segundo lugar, las consecuencias de la reciente crisis económica, que han dejado completamente obsoletos los consejos que yo recibí de mi padre, nacido en 1932, a quien considero desde hace poco un miembro más de mi generación.

*Antonio Orejudo es escritor y doctor en Filología Hispánica. Su último libro es Antonio OrejudoLos Cinco y yo (Tusquets).*Este artículo ha sido publicado en el número de septiembre de

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La brecha generacional, en 'tintaLibre' de septiembre

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