El pasado se hace presente en 'la tierra de llobos'

Enrique Palacios

Tierra de llobos

Ignacio Ruiz

Editorial Querqus

Hay formas de aproximarse a la historia que hacen que la historia en sí sea lo menos importante. Hay maneras de acercarse a los acontecimientos reales que no tienen que ver con la realidad. Para eso está la ficción. El dibujo que puede hacer un crío de cuanto pudo pasar es un trazo perdido en el bosque. Pero su percepción no es nada desdeñable. Tarna, población situada en los límites de León con Asturias, donde transcurre esta historia, es el escenario.

La guerra civil dejó heridas, como en el resto de España, en este pueblo pequeño, donde todos se conocen, donde las cosas que suceden corren de boca en boca y no hay secretos que puedan guardarse. Sin embargo, la guerra ha escondido también entre sus pocos habitantes más de uno. Tierra de llobos es buena prueba de ello.

En la inventiva del narrador crece un mosaico de situaciones que llevan al lector, sin saber muy bien si fue verdad o no, a ponerse delante de ellas: la violencia de género, el aborto o el acoso infantil, el descubrimiento de la sexualidad, temas hoy de relieve, pero que siempre han estado ahí, son desempolvados con crudeza. Impagables son tanto las jaculatorias gastronómicas como los momentos en los que se contestan con picardías hombres y mujeres.

La ópera prima de Ignacio Ruiz, escritor tardío entregado al periodismo más serio, mira con ojos infantiles todo cuanto sucede a su alrededor. El niño, es decir, él, nos lleva a visitar las tragedias ocultas y a descubrirlas de la mano de sus padres, aunque el crío nunca ve su crueldad, nunca se pone de frente a la brutalidad y no comprende. Es la maestría de la narración.

El telón de fondo de esta tramoya serán las andanzas de un grupo del maquis. Los del monte —como los llaman en el pueblo— tienen el amparo de sus paisanos frente a la persecución de la Guardia Civil. Allí llega, desde Gijón, un guardia con su familia, para reforzar la pequeña comandancia de la localidad. Ellos son los actores de esta novela, los que transitan por esa España olvidada y negra de los años cincuenta.

La obra es coral. Cada personaje tiene un relieve particular en un drama bien estructurado, sin fisuras ni engaños. Escrita en castellano y bable, con el habla también de Gijón, en Tierra de llobos hay alma. La narrativa huye de la retórica. Los hechos se presentan desnudos, y los diálogos se mueven en el aprendizaje del bable, por parte del niño, con la naturalidad de quien aprende un idioma a los pocos años.

Después está el lobo. En un paraje de frío, en el que los lobos acuciados por el hambre bajan al pueblo, existen lobos con piel humana.

Enrique Palacios es periodista y profesor en la Escuela de Periodismo de El País. Autor del libro de relatos 'Te cuento'.

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