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'Loteriatura', o cómo los niños de San Ildefonso escriben novelas

Niños de San Ildefonso en uno de los ensayos de este año.

Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D. Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer que hay agraciados.

A Don Baldomero, personaje de Benito Pérez Galdós, le pasa lo que a tantos les gustaría que les ocurriera: el 22 de diciembre le llueve dinero. No es el único habitante de Fortunata y Jacinta al que le "toca la lotería". Por ejemplo a la citada Fortunata: "Ya sé que te casas mañana", le dicen. Y cuando ella pregunta: "¿Por dónde lo has sabido?", la Dura, con malicia, le responde: "Eso, acá yo... Todo se sabe. Vaya, que te ha caído la lotería". En fin…

También le toca a Lorenzo, criatura a la que Miguel Delibes dio vida en Diario de un cazador y recupera para escribir el Diario de un emigrante. Buscándose la vida, Lorenzo se ha instalado con su mujer en Chile, donde la fortuna les esquiva… hasta que decide probar suerte en "la polla [que] es acá la lotería, que ellos dicen la polla a lo que nosotros decimos la lotería". Y le toca.

De que cobré la lotería parece como que los billetes tuvieran escrito su destino […] le solté a la chavala, como de coña que si sabía qué me iba a hacer con lo pesos de la polla y un poco más, ella que qué, y yo que marcarme dos pasajes para España.

Acunados por el soniquete de los niños de San Ildefonso, esta semana todos soñaremos con ser millonarios… aunque sepamos que las posibilidades de que los bombos nos unjan con la materia pingüe de los millones son escasísimas. Como dictaminó en su día David Orden, un profesor de Matemática Aplicada de la Universidad de Alcalá, acertar con el primer premio de la Lotería de Navidad es tan probable como acertar al elegir una palabra entre todas las que componen la novela de El Hobbit, ejemplo que elijo entre los muchos que él daba por su estirpe literaria. Porque aquí se trata de literatura y lotería.

Al hilo de la lotería de Navidad

En 2013, a José Antonio Garriga le tocó una lotería: el premio de Novela Café Gijón. El cuarto de las estrellas es el relato de un hombre que como consecuencia de un síncope pierde la memoria reciente, dejando espacio para los recuerdos remotos, entre ellos, el momento en el que a la familia le toca la lotería.

"La lotería no le trae la fortuna —afirma el autor—, en absoluto. Desde que le toca al padre el protagonista, las cosas se empiezan a torcer y no le resuelve en absoluto la vida, se la complica. Pero me venía bien, me permitía una serie de historias… Lo planteo como un negocio, una persona que apuesta, no recuerdo exactamente, unas 200 pesetas, estamos hablando de hace un montón de años, y acaba ganado millones y es el negocio de su vida".

Lo curioso es que el episodio rememora algo que le ocurrió al padre del propio Garriga: le tocó la lotería poco antes de casarse. "Estaba buscando algo para luego seguir la novela, buscaba algo accidental, en el buen sentido de la palabra, que permitiera desarrollar las ideas que tenía… y se me ocurrió recuperar lo que le había pasado a mi padre", admite, no sin precisar que su progenitor no obtuvo "ni muchísimo menos lo que yo pongo en la novela, tenía una participación del tercer premio. Que no estaba en absoluto mal, le permitió comprar los muebles, hacer un montón de cosas en la casa…" Se casaba el 8 de enero del 47 y su día de la suerte fue el 22 de diciembre del 46.

Sin embargo, Santiago Lorenzo no tenía episodio (auto)biográfico al que aferrarse cuando escribió Los millones, a cuyo protagonista, uno del Grapo de ilusiones tan austeras que más que soñarse, se padecen, le toca la primitiva.

"No juego nunca —afirma—. Mis necesidades son de alcance muy corto. Lo que más necesito ahora son gomas de pelo de 3 mm. de sección (siempre son de 1,5 mm.) para un tirachinas que me estoy haciendo (ese sí será de alcance largo). Lo difícil está siendo buscarlas, pero cuando las encuentre costarán cuatro reales". La relación de su protagonista con la lotería es más, digamos, enrevesada. "Cuando compra el boleto no está jugando a la lotería, sino escondiéndose en el despacho de la administración lotera. Se ve obligado a hacer el paripé completo y acaba comprándolo. Pero la lotería que de verdad le toca es una que no tiene nada que ver con los niños de San Ildefonso, sino con las cuentas (tampoco de pelas) que él tenía pendientes".

Además, Lorenzo vive estos encuentros con el azar con indisimulada incomodidad. "A todo el mundo se lo acaban quitando. Me disgusta ver las colas frente a la administración de lotería. Me recuerda a la gente que va al besapié ese del Cristo de Medinaceli. No porque unos y otros se encomienden a improbables y a imponderables, sino por las caras de Pinturas Negras que lucen todos en ambas convocatorias. Una parte de los ingresos estatales por lotería irán a pagar los 5.700 millones escamoteados por las autopistas de peaje, la mensualidad del pisito de Wert en París y los fiascos con los aeropuertos. Si jugara, de últimas lo haría con menos entusiasmo".

Un golpe de suerte

Lo cierto es que hay gente a la que le toca. Y que el dinero cambia su suerte, y la de quienes le rodean.

Se cuenta que cuando Buñuel quiso hacer un documental sobre Las Hurdes, no tenía ni un duro. Por lo que la promesa de su amigo, Ramón Acín: "No te preocupes Luis, si me toca la lotería te pago la película", le debió parecer poco más que un amable mensaje de condolencias. Pero, le tocó.

"No sé si sucedió así en realidad ya que todo lo que cuento en Buñuel en el laberinto de las tortugas es ficción inspirada en los pocos documentos que encontré —dice Fermín Solís, autor del cómic así titulado—, pero ese 'si me toca la lotería te pago la película' de Acín a Buñuel es el arranque de mi libro". Me confiesa Solís que siempre le gustaron las historias donde la trama se desarrolla gracias a un hecho anecdótico o un giro inesperado fruto de la casualidad, y que cuando empezó a trabajar en el libro sobre Buñuel y el rodaje de Las Hurdes tierra sin pan, no sabía que había sido posible "gracias a este boleto de lotería premiado. Cuando me encontré con este detalle ya tuve un punto de partida para mi historia".

Se muestra además convencido de que Buñuel hubiera rodado "con boleto premiado o sin él porque era bastante testarudo, pero esa promesa de Ramon Acín en ese momento mágico en un paseo bajo los efectos del alcohol en el París de los años 30 me pareció que era la forma de arrancar la historia. También me sirvió para marcar la generosidad de Acín, mi personaje preferido de la novela gráfica, generoso y hombre de palabra".

De todo lo cual que se deduce, creo yo, que la lotería tiene su literatura. A pesar de la teoría de Wenceslao Fernández Flórez, quien en un artículo "da por hecho que los afortunados con la lotería son en realidad funcionarios del Estado a los que les pagan un extra anual para que finjan esos jolgorios con llantos de alegría y con cava, conforme a un guión oficial, pero que en realidad la lotería es un fraude y no le toca a nadie. Si alguno de esos funcionarios se va de la lengua y revela el secreto de Estado, lo asesinan, y eso justificaría, según el escritor gallego, esos crímenes inexplicables que se producen de vez en cuando. No creo que fuese muy descaminado".

Me lo recuerda Felipe Benítez Reyes, autor de la reciente El azar y viceversa, en la que la lotería tiene su papel, pero no el que una espera.

Cambiar el mundo leyendo

Cambiar el mundo leyendo

"Tiene la palabra 'azar' en el título, ¿qué más consecuente que esa deriva final? —me dice—. El protagonista, después de ser un juguete en manos del azar, se convierte en un administrador de azares, en un comerciante de la suerte. Me pareció una simetría aceptable". No seré yo quien se lo discuta.

La idea le vino de una entrevista que vio en la televisión local a un lotero de su pueblo, Rota, con motivo del 60 o 70 aniversario de la apertura de su negocio. "Le preguntaron que cuántos premios había dado su administración en todo ese tiempo y respondió 'Ninguno'. Creo que, conforme a las supersticiones tan enrevesadas de los jugadores, ese podría ser un aval de fortuna futura, y por eso sigue vendiendo, porque la mala suerte no suele ser tan persistente, a menos que te caiga encima una maldición bíblica, que no creo que sea el caso. Pues bien, esa es la administración de lotería que compra mi personaje. Tuve el capricho de buscarle un buen negocio".

Porque a los únicos a los que la lotería les toca siempre es a los loteros. Y a Hacienda, claro. Por no mentar a los que no juegan, condenados a ganar el reintegro. Pero ésa es otra historia, de la que ya si acaso hablamos a partir del jueves.

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