Cultura

Lo que no conviene a la colmena, no conviene a la abeja

Imagen de una biblioteca y bustos de filósofos.

"¿Puedes recomendar libros, series, música o películas que a ti te están ayudando en este confinamiento?", preguntaron recientemente a Pablo Motos. Y el jefe de El hormiguero citó tres libros, entre ellos, El hormigueroMeditaciones de Marco Aurelio. No era la primera vez, en 2017, Alianza Editorial se percató de que las Meditaciones, en traducción de Antonio Guzmán Guerra, se estaban vendiendo muy bien. ¿A qué se debía ese inopinado repunte? A que Motos lo había recomendado en su programa.

Al traductor, que es catedrático de Filología Griega y Profesor Emérito de la Complutense de Madrid, no le extraña, la lectura de esta obra que Marco Aurelio "redactó en su madurez y con una sensibilidad para las personas mayores", ayuda "a vivir en coherencia con nosotros mismos". De ahí el enorme éxito de la obra, de la que preparan una nueva edición. Y van…

Un compañero

A finales de marzo, la profesora Laurie Santos entrevistó en The Happiness Lab a William B. Irvine, autor (en 2008) de A Guide to The Good Life. "La pandemia y las restricciones que impone nos obligan a hacer lo que ellos [los estoicos] aconsejan desde hace dos mil años: no des nada por hecho. Lejos de oscurecer nuestra existencia, esta actitud le da alivio y valor", declaró. Un mes después, leímos en The Guardian una defensa de lo mucho que las Meditaciones podían ayudar; el periódico ya había informado de que las ventas de esa obra habían subido un 28% en el primer trimestre de 2020. Por cierto, Cartas a Lucilio, de Séneca, también funcionaba muy bien.

"Las Meditaciones han sido redescubiertas en nuestros días, en los países anglosajones, Francia y España, porque es un texto sabio de experiencias, lleno de sinceridad, que nos dice que el ser humano tiene el tiempo tasado, que somos efímeros, y porque rezuma bonhomía y fraternidad universal", afirma Antonio Guzmán, que cita a Marco Aurelio: "Lo que no conviene a la colmena, no conviene a la abeja".

Lo cual me viene de perlas porque mi siguiente invitado, Antonio Fornés, filósofo, acaba de publicar, precisamente, ¿Son demócratas las abejas?. Empezamos la conversación y cito, yo también, al pensador: "No vivas como si fueras a vivir diez mil años. Tu destino pende de un hilo. Mientras estés vivo, hazte bueno".

Sí, dice Fornés, el estoicismo es una filosofía de resistencia, de tiempos recios, y los que estamos viviendo lo son, y no solo por el horror de la pandemia del coronavirus, ésta es una época de gran incertidumbre existencial, y en estas épocas suele ganar interés la filosofía que se enfoca fundamentalmente a la ética más que a la metafísica, es decir, la filosofía que intenta contestar a esta pregunta: "¿Qué he de hacer?"

El "hacerse bueno" de Marco Aurelio "es en esencia una filosofía del deber, y esta cuestión, para mí, es lo mejor de estoicismo, pues nos empuja a hacer lo que debemos hacer en cada momento simplemente porque estamos aquí y es nuestra obligación moral", un mensaje necesario en una sociedad que coloca obsesivamente sus esperanzas de satisfacción fuera de sí misma: "necesitamos continuamente la aprobación de los demás, escribimos tuits o colgamos fotos en Instagram para recibir likes, trabajamos con la esperanza de cumplir objetivos y ser premiados con incentivos, cada vez que hacemos algo interesante sentimos la necesidad de fotografiarlo y enviárselo a los demás…" Frente a esto, el estoicismo advierte que, a medio plazo, esta estrategia sólo causa dolor, y que el hombre virtuoso es el que hace las cosas por puro deber, sin esperar nada a cambio, pues es en el mero cumplimiento del deber donde está la auténtica y única recompensa.

Esa es la cara. En cuanto a la cruz: "Su falta de esperanza ―explica―. No hay más allá, no hay posibilidad de salvación, solo afrontar la dureza de la vida de una forma digna y lo menos dolorosa posible. Para un cristiano como yo, es difícil aceptar ese pesimismo radical que niega toda trascendencia individual y que condena al hombre a su extinción".

La conexión ibérica

 

Séneca es otra cosa, un estoico heterodoxo que dio a su filosofía un toque religioso ausente en el estoicismo más puro. Por no hablar, señala Fornés, de que "vivió como un multimillonario terrateniente en la Roma Imperial", lo que nos permite dudar "si su estoicismo es fundamentalmente 'postureo' (algo muy actual por otra parte) o si realmente creía realmente en lo que escribía". Quizá su único acto consecuente con su filosofía fue su suicidio.

Séneca nació en Córdoba el año 4 a.C.; Marco Aurelio, más de un siglo después (año 121) y en Roma, si bien procedía de una familia de la Bética. Es decir, los dos tenían raíces ibéricas… "Quizá los españoles actuales estemos imbuidos de cierto innato pensamiento estoico 'senequiano' que nos ha ayudado a soportar con algún grado de estoicismo y paciencia el confinamiento actual. Marco Aurelio conoció dos pestes en la Roma de su tiempo", me dice Guerra cuando le pregunto por la actitud de los españoles, de natural jaranero, durante el confinamiento.

Una pregunta que Fornés cree más difícil de contestar de lo que parece a primera vista. "Lo políticamente correcto es quedarnos en que hemos dado una lección de civismo, y ciertamente algo de eso hay, pero los filósofos, ya se sabe, somos muy pesados, y no podemos conformarnos con este análisis superficial". Le preocupa el grado de sumisión, "siempre peligroso y reprochable", y que en la mayoría de países occidentales cada vez más lo esperamos todo del estado, al que exigimos que cubra todas nuestras necesidades independientemente de nuestro comportamiento personal, e incluso que tome todas las decisiones por nosotros. A cambio, estamos dispuestos a obedecerle sin espíritu crítico. "Estamos perdiendo a marchas forzadas nuestra individualidad, comportarse como individuo cada vez está peor visto, se espera de nosotros que a cambio de ser protegidos nos comportemos gregariamente, que se nos diga que hemos de salir a las ocho a aplaudir y que salgamos todos tan contentos pensando que eso 'nos hace libres'".

Quizá la razón última está en el miedo, que nos empuja a encerrarnos… y tal vez, sólo tal vez, también a pensar. En tiempos de zozobra e inseguridad, dice Guzmán Guerra, tendemos a la reflexión, a desarrollar un espíritu crítico respecto a nuestras autoridades y revisionista sobre el sistema social. A él le consuela encontrar en las Meditaciones la idea de que "a nadie le ocurre nada que su naturaleza no pueda soportar", o ese consejo: "deja que Cloto [una de las tres Moiras que presidían el destino del hombre, en concreto, la que hilaba las hebras de la vida con su rueca] teja tu destino".

Sin embargo, Fornés no acepta el miedo como motor filosófico, y se acoge al magisterio de Aristóteles: el hombre filosofa por admiración ante la existencia, "por pura y bendita curiosidad. El miedo es todo lo contrario a esta curiosidad y admiración, hace que estemos dispuestos a escuchar cualquier respuesta que nos tranquilice y sosiegue. Sin embargo la filosofía se centra en las preguntas, porque las preguntas son en realidad las auténticas respuestas. El filósofo no busca el sosiego, sino la inquietud".

Las lecciones que aprendemos

Si algo nos ha dado la pandemia, al menos a los no alcanzados por el dolor y la enfermedad, ha sido tiempo para el sosiego. Leemos a Marco Aurelio: "En ninguna parte podemos hallar lugar más tranquilo ni más libre de ocupaciones que en nuestra propia alma". Una invitación, subraya Guzmán, a ser sobrios y a vivir con tranquilidad de ánimo. "¿No resultan modernas estas palabras? '¡Qué difícil resulta convivir incluso con las personas más agradables, por no decir que incluso a nosotros mismos nos soportamos mal!', o 'cuando te veas obligado por las circunstancias a entrar en estado de turbación, retorna a tu propio ser cuanto antes'."

Hemos tenido, pues, tiempo. Y quizá hemos sacado alguna lección. Antonio Fornés suma tres.

Que los hombres siempre estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad a cambio de seguridad. "En cierto sentido es la lógica que permite la propia existencia de la sociedad. Pero hay que tener cuidado".

Que es fácil despreciar la vida humana. "Se ha llegado a explicitar que los más viejos debían estar dispuestos a morir para salvar la economía. Es terrible, no diferenciar a ningún humano, que todos valgan lo mismo, es la civilización. Todo lo demás es barbarie y un retroceso hacia la noche de los tiempos".

Y que, contradiciendo a quienes han convertido la ciencia y la tecnología en una religión, "ante la pandemia, la todopoderosa religión científica sólo ha sido capaz de decirnos que nos quedemos en casa. El coronavirus ha puesto de manifiesto que la ciencia no tiene la respuesta a todas las preguntas, que es perfectamente capaz de contradecirse una y otra vez".

Corolario

Los clásicos adquieren esa condición porque, aun añosos, siguen siendo oportunos. A mediados del siglo I a.C., Lucrecio escribió en De rerum natura: "Te explicaré ahora cuál es la causa de las enfermedades, de dónde viene tan de súbito esta fuerza maligna capaz de esparcir la muerte entre hombres y rebaños... Hay gérmenes de numerosas sustancias que nos dan vida y, al contrario, es innegable que vuelan por el aire muchos gérmenes de enfermedad y de muerte. Cuando un azar o accidente ha reunido estos últimos e infectan el cielo, el aire se hace pestilente".

Estamos en esas… y en esas que estamos, Marco Aurelio nos susurra: "Te vas a morir cualquier día sin ser todavía sencillo, imperturbable, recelando ser dañado desde fuera, sin ser propicio a todos, sin cifrar la sabiduría sólo en obrar justamente".

Toca volver al rincón de pensar.

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