Cultura

Cuando el progreso no llega

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Los ataques terroristas en Mánchester, Londres, París. Los que no alcanzan las portadas de los periódicos. La llegada de Marine Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales francesas. Los gobiernos autoritarios de Recep Tayyip Erdoğan en Turquía o Narendra Modi en India. La desconfianza hacia la Unión Europea. La crisis de los refugiados. El auge de la extrema derecha también en Holanda, en Austria, en Grecia, en Estados Unidos. El aumento de los delitos de odio, de la islamofobia, la xenofobia, el racismo y la reacción machista. El crecimiento de la desigualdad y el desplome de los salarios. El abismo del cambio climático. 

Parece que hay motivos para el aire de entreguerras que se respira. Lo dice el filósofo Santiago Alba Rico: "Hay muchas razones para pensar que 2017 está más cerca de 1917 o 1930 que de 2018". La máquina que —nos decían— se encargaba de impulsar la historia hacia adelante se ha detenido. Por eso él y otros 16 pensadores, referentes de la izquierda, se han dado cita en El gran retroceso (Seix Barral), editado originalmente por el sello alemán Suhrkamp y recuperado en varias versiones internacionales. Están Zygmunt Bauman —en un texto inédito y publicado de manera póstuma—, Slavoj Žižek, Nancy Fraser y Paul Mason. Y están también los españoles César Rendueles, Marina Garcés y Santiago Alba Rico. infoLibre habla con ellos para reflexionar sobre ese progreso que nos huye. 

Ninguno quiere ser tachado de ingenuo por defender "la idea de que la Historia misma progresa", casi por sí misma y sin ayuda, una concepción que, recuerda Alba Rico, "fue definitivamente desmentida por Walter Benjamin hace 80 años". "Ahora bien, que la Historia no progrese no quiere decir, como recuerda siempre Carlos Fernández Liria, que no haya progresos en la Historiaen ", señala por correo. Si hoy hablamos de retroceso, indica este filósofo, autor de libros como Ser o no ser (un cuerpo) y cercano a Podemos, es porque en los últimos dos siglos hemos apreciado un avance innegable en las conquistas sociales, aun frágiles.

Pero el pensador es radical en su diagnóstico. Si el progreso "tiene que ver con la universalidad y con los límites", con "un sujeto de derechos llamado Humanidad" y "con el Derecho mismo como garantía de que —diría Kant— 'nadie puede obligarnos a ser felices a su manera"... Entonces, el capitalismo "es incompatible con la democracia, con el Estado de derecho y con la redondez misma de la Tierra. No reconoce límites".

Esto, que puede parecer hiperbólico —el planeta no ha perdido su redondez... todavía—, es sostenido también por Marina Garcés. En su ensayo titulado Condición póstuma recoge y desarrolla esta idea de agotamiento. "Dicen, algunos, que estamos en proceso de agotamiento o de extinción. Quizá no llegue a ser así como especie, pero sí como civilización basada en el desarrollo, el progreso y la expansión", escribe. ¿Y si somos ya muertos vivientes, obsesionados con los zombies porque hemos asumido nuestra propia condición?

"Lo que yo me pregunto es cómo y porqué hemos aceptado tan fácilmente este relato", comenta por e-mail a este periódico la filósofa, autora de títulos como Fuera de clase o Filosofía inacabadaFilosofía inacabada. "Parece un hecho que hemos aceptado la irreversibilidad del colapso, ya sea porque no sabemos cómo salir de él, ya sea porque nos produce beneficios inmediatos." La pregunta es obvia: "Si somos conscientes de que somos la causa de la destrucción del tiempo vivible", si estamos acabando con nuestro propio modo de vida y somos causantes del mismo fin del mundo... "¿por qué no dejamos de serlo?".

El fin del mundo significa, sin embargo, obligatoriamente el comienzo de otro. O, como señala Alba Rico, "jamás se vuelve al mismo mal". ¿Cuál es el mal que nos espera, si no alcanzamos a cambiarlo? ¿Con qué amenaza un mundo que tiene a su disposición grandes armas nucleares y pequeños grupúsculos terroristas que usan objetos tan cotidianos como un coche para matar? "Lo estamos viendo en todo el mundo", responde, "frente a la globalización capitalista se impone de nuevo la tentación del cero o la contracción a límites religiosos. Digo a menudo que el estadio superior del capitalismo es la mafia; es decir, un feudalismo postmoderno". 

"La catástrofe, para emplear las palabras de [la premio Nobel de Literatura Svetlana] Alexiévich, es planetaria", explica Marina Garcés. "Dice ella, en Voces de Chernóbil, que como no sabemos nada acerca del tiempo que se abre con la catástrofe, nos aferramos a los saberes del pasado". Pero la filósofa llama a soltar amarras, a "salir de la prórroga". Es decir, a finalizar un tiempo post mortem que nos hemos dado: "Cambiar de juego, pitar el final de ese partido macabro y empezar a elaborar las condiciones de otro modo de jugar, es decir, de vivir".

¿Y a qué se jugará después? Ella elabora una "revolución de los cuidados" como "condición para un nuevo sentido de la emancipación". No se trata de reivindicarlos solo como parches a la sangría de la crisis —"Me preocupa el repliegue del sentido de la acción en lo que yo llamaría una pragmática de la emergencia", dice—. No como una resistencia, sino como un pedal desde el que tomar impulso. El filósofo César Rendueles, autor de Sociofobia o Capitalismo canalla, coincide también en este diagnóstico. De hecho, empieza a verlo despuntar: "Estamos asistiendo al surgimiento de nuevas formas de apoyo mutuo en ámbitos relacionados con las necesidades vitales y que son una especie de neosindicalismo: afectados por las hipotecas, por la crisis de los cuidados, por la pobreza energética...". 

Frente al retroceso europeo, que ha cedido al menos en parte a las seducciones de la extrema derecha, España parece todavía vacunada por el 15M. "Llegó cuando todo el mundo esperaba más bien a Vox y su irrupción incoherente, y por eso mismo bellísima, frenó ese desplazamiento hacia la ultraderecha", recuerda Alba Rico. Pero esa vacuna no tiene efectos eternos: "O proponemos alternativas concretas aprovechando la descomposición política del bipartidismo o el PP mismo, la única fuerza 'peronista' realmente existente, no sólo no perderá votos sino que los ganará recortando más derechos y libertades. Nunca una coyuntura más favorable fue al mismo tiempo más incierta y frágil".

 

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