Teatro

El público ante ‘El público’

Nao Albet e Irene Escolar en 'El público', dirigido por Álex Rigola.

"Ooooh". Esa exclamación de asombro casi infantil es lo que se escucha cuando el público llega a ver El público de Federico García Lorca en el Teatro de la Abadía (hasta el 29 de noviembre). El espacio Juan de la Cruz de la sala madrileña, redondo y no muy amplio, construido en una capilla, está ribeteado de cintas plateadas. El director, Álex Rigola, ha convertido la escena una especie de pista de circo con un monte de tierra negra que en realidad es corcho. Una banda de músicos sin rostro —o, más bien, con el rostro cubierto por una inquietante media negra— toca El negro zumbón, y unos acomodadores igualmente anónimos supervisan su entrada. Cuando la obra termina, una hora y diez minutos más tarde, el público contiene el aliento y tarda unos segundos en aplaudir. Fuera, silencio y algún comentario: los "Qué bonito" se unen a los "No sé qué decir". 

Cuando Lorca lo llamó "teatro imposible", sabía de lo que hablaba. En escena hay caballos, personajes alegóricos, estudiantes, damas, un director de escena, un Romeo y Julieta. Su amigo Rafael Martínez Nadal, a quien el poeta hizo responsable de custodiar el manuscrito de la obra por si le "pasaba algo", recordaba durante la publicación de la pieza en 1978 su primera lectura pública. Se dirigían juntos a casa de los Morla, también amigos, y Lorca estaba entusiasmado: "Ya verás qué obra. Atrevidísima y con una técnica totalmente nueva. Es lo mejor que he escrito para el teatro".  A la salida de la reunión, después de haber enseñado varios fragmentos al grupo, se mostraba algo más descorazonado: "No se han enterado de nada o se han asustado, y lo comprendo. La obra es muy difícil y, por el momento, irrepresentable, tienen razón. Pero dentro de 10 o 20 años será un exitazo; ya lo verás".

En realidad, tuvo que esperar 50 para que se estranara —en 1984, con dirección de Lluís Pasqual— y otros 20 para que vuelva a escena de forma profesional, obviando la adaptación operística del Teatro Real el pasado año. En el patio de butacas aún vacío de La Abadía, los actores Irene Escolar y Nao Albet, Julieta y caballo respectivamente en el montaje, reflexionan. ¿Está ya el público preparado? "La gente no está acostumbrada a esto, a no saber si tiene que gustarle o no, a no saber qué tiene que pensar...", dice ella. Él interrumpe: "Tiene que ver con algo como... ver una pintura abstracta. No es tan fácil decir si te gusta o no, porque no se usan los mismos baremos".

Pámpanos y Cascabeles, en 'El público' dirigido por Álex Rigola. / ROS RIBAS (LA ABADÍA)

Los mismos baremos, se entiende, que en el teatro convencional. El comercial. El que el director de escena (alter ego de Lorca) llama en escena "teatro al aire libre" y que el granadino asociaba con Yerma o Bodas de sangre. Luego estaba el otro, el "teatro bajo la arena" que desafiaba "las caretas" de la sociedad. Al que el escritor se dirigía con Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín y que alcanzaría en sus obras más radicales, Así que pasen cinco años, Comedia sin título o El público. El público. El protagonista (o antagonista) de la obra. El peligro. El tumulto que quiere linchar al director porque este ha osado intercambiar a Julieta por un hombre joven, porque ha mostrado "la verdad de las sepulturas". "Me ha de ver el público. Se hundirá mi teatro…", solloza. 

¿Y esto que ocurre en escena, este Público de 2015, es teatro bajo la arena? Silencio. "Quizás no", dice Albet, que explica cómo Álex Rigola ha "masticado" parte de la simbología de Lorca, cambiando los caballos, por ejemplos, por imponentes hombres y mujeres desnudos de apariencia sobrenatural. Julieta no está de acuerdo: "Para el teatro que se hace aquí, esto es teatro bajo la arena —dice a su compañero—. Es bellísimo, pero por qué no va a ser bello el teatro bajo la arena. Yo creo que sí revuelve a la gente esta función". "Revolver", aquí, significa "incomodar". Incordiar al espectador, al "público burgués y la hipocresía de la sociedad de la época", en palabras de Escolar.  Provocar. Incluso si hoy la evidente reivindicación de la libertad sexual —la homosexualidad, el deseo y la necesidad de esconderlo vertebran la pieza— no ocasiona los mismos estragos que en los treinta. 

El Emperador, en 'El público' dirigido por Álex Rigola. / ROS RIBAS (LA ABADÍA)

Las palabras de Lorca siguen, sin embargo, pareciendo crípticas en su lirismo. El público representado en escena (varias damas, vestidas con pieles en esta versión, semejantes a las señoras de un barrio bien) sigue siendo una provocación al público real. Y las imágenes creadas por Rigola siguen golpeando: el Emperador es un hombre disfrazado de conejo, con el torso desnudo, ensangrentado y empuñando un bate; Julieta está en ropa interior. Los actores contaron con un taller de investigación de cinco días (con participantes como Lluís Pasqual) y un intenso trabajo de texto para enfrentarse a él. Albet confiesa que aún hay zonas que le resultan sombrías. Su compañera admite que en una primera lectura se le escapó gran parte, pero asegura que ahora "tiene una lógica clarísima, como si fuera una obra convencional".  

Pero no lo es. Es teatro bajo la arena. Y este sigue siendo escaso en la actualidad. O eso dice Escolar: "Para el público de la calle esta función aún les cuesta. No digo que no les guste, es una función muy bella. Pero sí pide más el otro tipo de teatro, desgraciadamente". Ahora es el actor el que tiene una objeción: "Autores como Angélica Liddell o Rodrigo García… Son como lo que dice el director de escena:  'Si Romeo y Julieta agonizan y mueren para despertar sonriendo cuando cae el telón, mis personajes, en cambio, queman la corona y mueren de verdad en presencia de los espectadores". "Es verdad, y es verdad que hay más de esto, mñas variedad", contesta ella, "Pero la gente no está tan acostumbrada...".

Siguen discutiendo. El público volverá a esta noche con su "Oooooh" al comienzo de la obra y su silencio al final. "Que pase", dice el director de escena. 

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