Historia

La Rusia revolucionaria de Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales (izq.), con Alejandro Kerenski abogado "que fue amo y señor de Rusia" y acabó exiliado en París.

Una de las fórmulas con las que el periodismo ejerce disimuladamente la ficción es la reinterpretación de la historia, propicia para el oportunismo al extraer lecciones moralizantes del pasado para arrojarlas a la cara de los adversarios actuales. La relectura histórica es un género sesgado a conveniencia de la doctrina editorial del medio y de los prejuicios dominantes entre sus lectores, a los que se ofrecen paralelismos facilones para refuerzo de sus convicciones. Este subgénero encuentra su medio natural en las conmemoraciones. Como ahora con la revolución rusa, iniciada en 1917, que cumple cien años. Toca prepararse pues para un aluvión de artículos, en realidad alegatos con fachada divulgativa, salpicados de presuntos descubrimientos, curiosidades sacadas de lecturas en diagonal y entrecomillados de autores en busca de promoción.

No obstante, hay alternativas para una aproximación periodística a la revolución rusa –sólo el sintagma mueve al pánico–. A saber: ya hubo, antes que nosotros, reporteros que pisaron el terreno. Y lo mejor es que uno de ellos, Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944), legó una producción sobre la Rusia bolchevique que es una vacuna contra el maniqueísmo y la moralización que acompañarán a la efeméride.

"El millón de comunistas es el millón de hombres que hay en Rusia; el resto es ganado", escribe Chaves en 1929. Lo hace tras un mes rascando historias, libreta y bolígrafo en mano, a antiguos campesinos convertidos en autoridad militar, a comerciantes de postín que ahora son parias rencorosos, a clérigos borrachos, a rescoldos de la burguesía consumidos por el miedo. Pero nada en sus reportaje es monocolor: "Los excesos del comunismo, por muy terribles que a la gente burguesa les parezcan, tendrán siempre un fondo civilizador".

Ése es Chaves Nogales: un periodista "de pata" –en término de Baroja, que lo oponía al "de mesa", mobiliario de redacción–, que se arremanga y se moja, que se contradice y enmienda siendo fiel únicamente a un criterio fundado en los hechos. Así nos bosqueja una Rusia donde ya era ingenuo mantener el tópico occidental según el cual la revolución no era más que una idea sobre el papel de cuatro iluminados que jamás tendría plasmación real. Como nos explica el periodista desde Moscú, Smolensk, Bakú o Tiflis en el friso entre décadas, la subversión ha triunfado sin remedio, el comunismo se ve y se toca y hacen bien los burgueses en temerlo, porque no se detiende ni se detendrá en su objetivo de aniquilarlos. Ésa es la crónica rusa que nos envía Chaves desde 1929.

Políticamente incorrecto –diríamos hoy–, algo autoindulgente con sus prejuicios de liberal pequeñoburgués, desprovisto de ínfulas literarias, fascinado y a la vez aterrorizado por la encarnación terrenal de la utopía comunista, sentencioso por momentos pero sujeto a la deontología de la imparcialidad, Chaves lanza sobre el país soviético su mirada de republicano español leído y progresista en cuatro libros: dos reportajes, "La vuelta a Europa en avión. Un pequeñoburgués en la Rusia roja" (1929) y "Lo que ha quedado del imperio de los zares" (1931), y sus novelas con poso real, La bolchevique enamorada (1930) y El maestro Juan Martínez que estaba allí(1934).

Es improbable que haya habido otro periodista español que se haya dedicado con tanta fecundidad a la Rusia alumbrada por la revolución, sobre la que acaba componiendo un retrato imperfecto, inevitablemente inconsistente porque la realidad lo es cuando un mundo se viene abajo y nace otro. Pero a la vez es un retrato pródigo en contrastes elocuentes, testimonios vivos, apuntes callejeros. La entrevista de cinco horas al anarquista Ramón Casanellas, coautor del asesinato de Eduardo Dato en 1921, deja espacio para inflexiones desenfadadas, como un comentario sobre la Kvas, "esta cerveza agria de los rusos que molesta al paladar y no emborracha". Así escribe Chaves.

"Escribo para el gran público", advierte en La vuelta a Europa en avión. Y ante los lectores de Lo que ha quedado del imperio de los zares admite: "No he soñado nunca con que mi información sea completa". Chaves es periodista: ni salvador, ni héroe, ni testigo, mucho menos teórico o historiador. Más eficaz que sabio, dice de sí mismo. Es un preguntón con lecturas y olfato que se sirve de una prosa antirretórica, con la única textura de aquello sobre lo que escribe. No en vano, firmó una novela sobre un flamenco, Juan Martínez, sin ser el flamenco su espacio natural; y la biografía de Belmonte sin ser taurino. De modo que, ¿por qué no iba a ir este periodista echao p'alante a la URSS si allí estaba la noticia?

El purgatorio de los perdedores

Para leer en este centenario sin pasar por el aro de las analogías forzadas, aquí tenemos a un enviado especial. ¿Qué Rusia nos cuenta Chaves? El periodista comprende que se encuentra en el cruel purgatorio de los perdedores, pero también en el tubo de ensayo de un empeño civilizador. Describe cómo la revolución recula en su empeño inicial de erradicar la cultura cristiana, pero también cómo mantiene la radicalidad frente a la clase declinante. "La posición del comunista ante el burgués es indeclinable. Que pague, que sufra, que reviente". Da cuenta del logro revolucionario: "El obrero come bien y come barato. En cuanto a la vivienda, la tiene asegurada por un precio irrisorio". Y al mismo tiempo de su inocultable fracaso: los niños abandonados, el periodismo sometido, la represión, el auge de Stalin, al que Chaves llama "dictador".

"El obrero de la fábrica vive peor en Moscú que en Berlín, Londres o Nueva York", anota. Y más: "En los diez años desde la revolución, no hay mejoramiento del obrero, sino de la producción". Le seduce en cambio el irredentismo de Trotski, del que deja escrita una frase lapidaria, 11 años antes del piolet de Ramón Mercader: "Trotsky es de esa clase de hombres que sólo pueden inutilizarse con la muerte". Le sobra sagacidad a Chaves, que en sus viajes por Europa antes y después de Rusia había entrevisto un olvido de la gran guerra en el que germinaba el monstruo de un nuevo conflicto, que él vería empezar pero no terminar.

De la prensa de partido a la de empresa

Las anteriores son citas de La vuelta a Europa en avión, que Chaves escribe para su publicación por entregas en El Heraldo de Madrid. Tras adquirir un renombre precoz como cazador de historias en Sevilla, había llegado a Madrid en 1922, convencido de que el tránsito de la prensa de partido a la prensa de empresa, que apareja mayores tiradas e influencia, le permitiría desarrollar con suficiente libertad su vocación. Cautivado por el progreso técnico, el avión le revela una oportunidad: el mundo se ha vuelto abarcable para el periodista convencido de ser pasajero de la historia.

Así lo ve César González Ruano en 1929, cuando coincide con él en El Heraldo: "El redactor jefe era Manuel Chaves Nogales, de los que mejor hicieron un tipo de reportaje europeo, sensacionalista y siempre escrito con un cierto garbo. Era gitano, gitano rubiasco muy fuerte, violento, alegre y sin ningún sentimiento moral". Según González Ruano, ni Chaves ni los de su clase "sabían nada de nada, pero lo hacían todo admirablemente bien" fiados a su "genio intuitivo". Ése es el Chaves, visto con la condescendencia de González Ruano, que parte desde Getafe en un avión de la Deutsche Luft-Hansa para terminar, tras pasar por Francia, Suiza y Alemania, en la inmensidad rusa haciendo reporterismo. ¿No dan ganas de leerlo?

"Prejuicios burgueses"

Sus textos permiten descubrir, en segunda lectura, tics de esa moral pequeñoburguesa que el propio autor ha confesado. "Parece imposible que este pueblo, así diseminado, pueda ser gobernado jamás", escribe, fastidiado por los "vagos profesionales" nacidos al calor de la revolución. "Únicamente en Sevilla", añade, "hay tantos limpiabotas" como en Moscú, donde por doquier se encuentra "un pueblo mal vestido" y propenso a la inmoralidad. Su juicio sobre la mujer es controvertido. Se descubre ante la abolición de los castigos contra el aborto (1929) y ante la igualdad laboral de ambos sexos. Pero le parece inconcebible el sacrificio, por su condición de "prejuicios burgueses", de los roles tradicionales: "Súbitamente, la mujer rusa se encontraba en la calle, abandonada por el hombre y desprovista de sus más seculares atributos".

Le emociona la "misión civilizadora" del comunismo "en contra de la barbarie feudal", y se solidariza con su combate cultural contra el Islam, cuyo trato a la mujer juzga aberrante. También se escandaliza –sin aspavientos– ante la "promiscuidad sexual infantil, que a título de ninguna moral, por amplia que sea, puede admitirse". En efecto, los hábitos de los jóvenes criados en la revolución conmocionan a Chaves, e inspiran La bolchevique enamorada (1930), una novela corta sobre la relación enfermiza entre un vigoroso revolucionario y una mujer madura que, pese a su adhesión al bolchevismo, no ha logrado purgar de su alma una adolescencia romántica. El drástico lema de la obra, "el amor es un prejuicio burgués", vertebra un relato en el que Chaves evidencia su repugnancia moral ante el desprecio que el nativo revolucionario siente por la "piedad" humana.

Un fresco irónico sobre el exilio ruso en París

Ésa es la palabra, "piedad", que elige Chaves para resumir el principal déficit bolchevique. Y es la que él mismo dosifica con sus entrevistados en su segunda serie de reportajes, Lo que ha quedado del imperio de los zares (1931), un fresco cargado de ironía sobre el exilio ruso en París. Chaves narra la historia de una diáspora que incluye al Gran Duque Cirilo, a opositores que aún se engañan con la inminente caída de la URSS, a Kerenski, a generales del Ejército imperial que ahora cuidan los jardines de los ricos de París, al supuesto asesino de Rasputín, a la "corte de hampones" que pululan por París dándose aires de realeza... "Es raro tropezarse con un ruso emigrado que ni siquiera sea príncipe", escribe con sarcasmo. También localiza a una autoproclamada hija del zar a la que casi nadie cree, pero a la que le dedica sus buenas páginas. Chaves sabía lo que vendía: el gancho de aquella delirante ciudad de rusos, todos de una estirpe nacida para el triunfo pero derrotada por los perdedores de siempre, dentro del París de la belle époque.

El ciclo ruso se cierra con El maestro Juan Martínez que estaba allí, reportaje novelado sobre las vicisitudes de un bailarín flamenco y su compañera, Sole, sorprendidos en Francia por la primera guerra mundial y atrapados en su huida en una Rusia convulsa (1916) que ni entienden ni los entiende, menos aún tras la caída del zar. Publicado en 1934 en la revista Estampa, Juan Martínez nos descubre un bolchevismo inclemente en búsqueda de la utopía de una sociedad sin clases. El pobre bailarín, un superviviente pícaro y cargado de miedos y esperanzas, opera como encarnación de una paradoja desalentadora: el hombre sencillo, aprisionado por una ideología que debía liberarlo.

Rusia, Alemania, España... y el exilio

Chaves no pudo ver la evolución soviética en su conjunto, pero lo que tuvo tiempo de conocer no lo invitó a un juicio categórico, pese al terror presenciado. "Yo, que no soy comunista, quisiera saber qué ideología hay actualmente en el mundo capaz de provocar un heroísmo semejante", escribe ante una bolchevique exhausta tras diez años de dedicación revolucionaria. Incluso llega a censurar la pretensión de superioridad de Occidente en terrenos como la libertad de prensa y la dignidad del obrero. "Los comunistas tienen un concepto más humano que nosotros de la salud del trabajador", anota el reportero, que concluye: "Me repugna equiparar el gobierno soviético a cualquier gobierno dictatorial de los países burgueses". Por cierto, en ningún momento se presenta Chaves como espejo de virtudes morales. Ni cuando ilumina algún rasgo apreciable de la revolución se arroga el papel de defensor de los harapientos; ni cuando critica a Lenin –y fue un pionero: André Gide escribió Regreso de la URSS en 1936– cae en la tentación de decirles a los lectores que llevan una venda en los ojos.

 

A la postre fue España, no Rusia, lo que aniquiló el optimismo de Chaves. En el 33 había estado en Alemania, donde entrevistó a Goebbels y observó de cerca el huevo de la serpiente. Sus reportajes alemanes, publicados en Ahora, estaban cargados de un oscuro halo premonitorio, que se extendía a Europa y España. En su país continuó ejerciendo como periodista hasta que pudo, noviembre del 36, cuando constató que su función era ya inviable en una España "ahogada en sangre". Azañista convencido, antes de irse fue consciente de que, pese a una convicción democrática que hacía imposible la equidistancia, los dos bandos tenían razones para fusilarlo. El precio de ser políticamente gris en una época de blancos y negros.

Jamás dejó de buscar historias en las que trabajar: ni en el exilio parisino ni, cuando el avance alemán le aconsejó exiliarse por segunda vez, en su etapa postrera en Londres. Allí escribió entre 1936 y 1937 A sangre y fuego, sus descarnados relatos de la Guerra Civil, que han sido junto a la biografía de Belmonte los artífices de su tardía (y relativa) fama como referente del periodismo moderno. A Londres ya iba herido por la vida. "Trabajo mucho, como mal, duermo poco y me abandono".

Murió a los 47, de una mala peritonitis, el periodista sevillano que cubrió la Rusia roja. Sin la complejidad del trabajo historiográfico, sin la perspectiva que da escribir desde la distancia en espacio y tiempo, sin la suficiencia que permite el enfoque ideológico, el reporterismo de Chaves Nogales en la URSS ofrece en cambio la frescura de la que sólo es capaz el periodismo de un hijo de su tiempo convencido de que la verdad, aunque inalcanzable en su plenitud, existe y está para ser contada.

 

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