MEMORIA
La batalla de las víctimas del Patronato por acceder a sus expedientes: "Es nuestra historia"
En un documento escrito a mano, con tinta azul y letra menuda, las monjas Adoratrices decían de Pilar que era una "joven de familia normal y buena moralidad", que presentaba una "conducta irregular" sin ningún "desliz moral", pero moviéndose con "cierta independencia", regresando "tarde a casa" y tratando con "chicos melenudos". Ese fue el motivo por el que acabaría internada en el Patronato de Protección a la Mujer. Aquel escrito, fechado en octubre de 1970, es uno de los pocos que han llegado a manos de las supervivientes. Hoy, tanto ellas como las investigadoras que siguen el rastro de esta opaca institución piden que las congregaciones religiosas hagan públicos todos los archivos a su disposición. Es una cuestión de justicia, reclaman, pero también la única forma de que mujeres como Pilar puedan escribir su historia.
Podemos ha solicitado, con motivo de la visita del papa León XIV a España, la entrega de toda la documentación en poder de las congregaciones religiosas que gestionaron los centros del Patronato durante más de cuatro décadas, así como todos los archivos relacionados con el robo de recién nacidos.
Es una de las reclamaciones que llevan formulando las supervivientes desde que dieron el paso de verbalizar sus relatos de violencia mientras estaban encerradas en la institución franquista, operativa hasta mediados de los 80, ya en democracia. "Las congregaciones establecieron el compromiso público de que nos lo iban a entregar, pero no lo han hecho". Habla Consuelo García del Cid, víctima del Patronato y una de las primeras mujeres en investigar y compartir públicamente lo sucedido en los centros.
En junio del año pasado, la Conferencia Española de Religiosos (Confer) celebró un acto de perdón a las víctimas, en el que se cerraron distintos compromisos. Los religiosos dijeron entonces estar dispuestos a "esclarecer la verdad" con la "máxima transparencia y colaboración", ofreciendo respuesta a quienes "buscan conocer su historia personal". Prometieron también llevar a cabo una "revisión histórica y análisis crítico" de lo sucedido, impulsando una "reflexión hacia el interior" de sus archivos para poder "analizar con objetividad el impacto del Patronato de Protección a la Mujer" en la propia historia de las congregaciones.
Hace casi un año de aquello y las supervivientes siguen esperando. "Las Misioneras de María Ianua Coeli nos dijeron que cuando entró en vigor la Ley de protección de datos, compraron una trituradora de papel y destruyeron todo. Las Adoratrices nos han dado algún documento suelto, con fechas de entrada y salida. Y las Hijas de la Caridad ni contestan a nuestros correos", afirma García del Cid. "¿Se están burlando de nosotras?", se pregunta.
La víctima insiste en que el acceso a los expedientes serviría para "demostrar cuánto tiempo" permanecieron en los centros, probar el "trabajo gratis" que allí se desempeñaba y los detalles de "un sistema penitenciario oculto" que pasó desapercibido durante demasiado tiempo. "Para muchas de nosotras, nuestras vidas y nuestro futuro estuvieron marcados por el paso por estos centros", clama García del Cid. "Es nuestra historia".
La pieza fundamental
Si alguien sabe bien el valor de los expedientes, son las investigadoras que desde hace años han tratado de arrojar luz sobre las raíces de los reformatorios franquistas. Una de esas personas es María Palau, coautora de Inmaculada. La muerte que precipitó el final del Patronato (Libros del K.O., 2026). "Esa documentación es privada y por tanto tenemos un acceso prácticamente imposible, aunque es una pieza fundamental del puzle porque nos permitiría completar el discurso de los verdugos, un discurso patriarcal, misógino e impregnado de nacionalcatolicismo, pero que nos ha permitido ir uniendo puntos para dibujar esa verdad", sostiene la periodista en conversación con infoLibre.
A su juicio, el acceso a los archivos es clave no solo para recuperar la historia del Patronato de Mujeres, sino también para dar forma a los muchos relatos individuales de las supervivientes. Cuando las congregaciones se resisten a compartir los expedientes, en realidad les están "negando gran parte de su identidad", lamenta la escritora.
Coincide Carmen Guillén, autora de Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (Planeta, 2026). "En esta historia hay un vacío documental", expone al otro lado del teléfono. Lo sabe a ciencia cierta: la doctora en Historia Contemporánea lleva más de diez años buceando en las escasas fuentes documentales existentes para tratar hacer memoria en torno al Patronato.
Guillén cree fundamental crear una comisión oficial de investigación que implique "la apertura total de los archivos, incluidos los eclesiásticos". La historiadora subraya que la Junta Nacional del Patronato conservaba hasta 1.186 cajas de documentación, pero una inundación sufrida en el archivo donde almacenaban redujo aquella cifra a 31. Las investigadoras han tenido siempre que "bucear en los márgenes" para construir el relato de lo allí sucedido. Acceder a los archivos y expedientes, clama la experta, "ayudaría a cubrir muchos huecos en esta historia".
España tiene un espejo en el que mirarse: Irlanda. Las llamadas Lavanderías de las Magdalenas fueron instituciones gestionadas por congregaciones religiosas a las que iban a parar niñas y adolescentes pobres, en situación de vulnerabilidad o simplemente ajenas al orden moral dominante. Irlanda ha desarrollado políticas públicas de memoria y reparación hacia las víctimas, investigando lo sucedido, compensando económicamente a las supervivientes y reconociendo su responsabilidad en la violencia que recayó sobre ellas.
Trabajos forzados y robo de bebés
Aunque las supervivientes han sido reconocidas como tal, las investigadoras creen que hacen falta más pasos hacia una reparación real del daño. "Los símbolos son importantes y ellas lo vivieron como una especie de acto de catarsis colectiva, pero es preciso un cambio en la Ley de Memoria Democrática para incluir oficialmente una reparación económica", asiente Guillén. "Les partieron la vida, condicionaron su futuro y no les dejaron estudiar", denuncia.
En este extremo se detienen todas las voces consultadas. "Muchas compañeras están al borde del desahucio, mientras las congregaciones siguen funcionando en terrenos regalados por el dictador", destaca García del Cid.
Las niñas internadas en aquellos centros fueron explotadas laboralmente, desarrollando trabajos forzados y sin remunerar como tónica general. Las víctimas también piden que se reconozcan esas labores como años cotizados, para lo que es preciso el acceso a los expedientes y a los libros de contabilidad, esclareciendo así las ganancias obtenidas. Y en ese sentido, demandan también una "investigación sobre las empresas que se beneficiaban con el trabajo forzado de las internas".
Aquellas mismas niñas que ingresaban por desviarse de la doctrina de la época no solo fueron vejadas, explotadas y violentadas, sino que muchas de ellas llegaron embarazadas y nunca más volvieron a saber nada de sus bebés. "Dentro del complejo entramado institucional que generó el Patronato de Protección a la Mujer, pocos espacios resultan tan difíciles de abordar como los centros maternales", escribe en su libro Carmen Guillén. A medida que el alcance de la institución fue extendiéndose, la "atención a mujeres solteras embarazadas se consolidó como una de sus áreas centrales". Y en ese contexto se produjeron, escribe la historiadora, "procesos de adopciones forzadas y separación sistemática entre madres e hijos".
Un fenómeno que no es exclusivo del Patronato. "El robo de recién nacidos se desarrolló a través de múltiples elementos institucionales y sociales que funcionaron de forma continuada desde la Guerra Civil hasta la década de los 90", expone la investigadora, con "maternidades, hospitales y clínicas privadas" como los "escenarios principales de este proceso", mientras que los registros civiles "jugaron un papel crucial en la legalización del delito al permitir la inscripción fraudulenta de los recién nacidos como hijos biológicos de otras familias". Lo que Guillén llama "arquitectura de la desaparición" fue sostenido por "médicos, religiosas y funcionarios", quienes garantizaron "la eficacia del robo y también su ocultamiento durante décadas".
Las expertas creen que en lo que respecta a los bebés robados, todo está por hacer. Piden la aprobación de una ley nacional y bancos de ADN para la identificación de los niños y niñas "robados en las maternidades del Patronato" y arrancados también "en otras maternidades públicas y privadas".
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Las batallas pendientes tienen, en realidad, mucho que ver con el presente. Porque aquellas dinámicas que han sido normalizadas e ignoradas durante décadas, tienen impacto todavía hoy. Lo explica Guillén: es importante, a su juicio, revisar todas las situaciones actuales que puedan seguir "reproduciendo esquemas basados en misoginia y discriminación por razón de etnia, condición social o discapacidad", especialmente ligadas con "retiradas de custodia, con las madres protectoras y con la violencia vicaria". Eso conlleva, en muchos casos, la vigilancia de los "centros regentados por las mismas órdenes religiosas que atienden a mujeres en situaciones de especial vulnerabilidad", destaca la escritora.
Palau recuerda que la estela de la institución no desapareció con la extinción de los centros, sino que hábilmente se valió de la desmemoria para ir tomando otras formas. "Esas monjas siguen ocupando los mismos espacios. No se hacen cargo de internas, pero sí de mujeres en situación de vulnerabilidad y tenemos indicios que nos llevan a pensar que el trato puede estar siendo similar".
La periodista entiende que transformar el sistema de servicios sociales supone "un trabajo enorme", pero también cree que es clave ir dando pasos hacia otro modelo. Un primer impulso puede estar en revisar los requisitos que permiten a las congregaciones acceder a fondos públicos, para establecer la imposibilidad de acceder a ayudas públicas mientras no faciliten toda la documentación de la que disponen.