El feminismo se une ante un enemigo común: "Somos el único movimiento capaz de parar a la ultraderecha"

Una mujer en una manifestación por el 8M en Gijón, Asturias.

Dos mujeres conversan en la Línea 1 del Metro de Madrid. Hablan sobre los "chiringuitos" de Irene Montero y critican a las "feminazis" como la actriz y activista Pamela Palenciano. Los vagones del transporte público ya no rebosan de morado, ya no los llenan jóvenes armadas con pancartas, ni mayores envueltas en fulares violetas. Han pasado varios días desde el 8M y todo parece volver a la normalidad, pero la resaca deja luces y sombras. La ilusión del reencuentro convive con el mal sabor de una división evidente. Pero hay algo que hace a las feministas aparcar todas sus diferencias: la amenaza de la extrema derecha.

Las redes sociales se convirtieron, el mismo martes, en uno de los principales campos de batalla contra el movimiento feminista. Corrieron como la pólvora hashtags como #YoMeRebelo8Marzo, impulsado por Antonio David Flores, expareja de Rocío Carrasco. Desde la derecha, los dardos fueron dirigidos a los 20 mil millones que acompañan al Plan Estratégico de Igualdad, aprobado el mismo martes en Consejo de Ministros. 

Las Nuevas Generaciones del PP publicaban en su perfil el siguiente mensaje: "¿No puedes pagar la luz? 20 mil millones de euros en políticas feministas. ¿No puedes pagar el gas? 20 mil millones de euros en políticas feministas. ¿No puedes pagar la gasolina? 20 mil millones de euros en políticas feministas". El alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, también hizo públicas su oposición al plan del Ministerio de Igualdad y desde la extrema derecha la crítica ha tomado forma de convocatoria: Vox se concentrará frente a los ayuntamientos del país, contra el Gobierno y bajo el lema "20.000 millones de razones para salir a la calle". 

También con motivo del 8M, la plataforma ultracatólica Hazte Oír desplegó una pancarta gigante en Madrid contra la "masacre del aborto", un derecho reconocido legalmente que para los antiabortistas supone la "muerte violenta" de "45.000 mujeres cada año".

"Sabemos quiénes son los enemigos"

La oposición reaccionaria a las políticas de igualdad ha permeado en casi todas las esferas y este 8M ha salido con garra para confrontar al movimiento feminista. ¿Es un odio sin precedentes? No exactamente. Ángeles Álvarez, activista del Movimiento Feminista de Madrid y exdiputada socialista, habla más bien de viejos fantasmas que nunca llegaron a esfumarse. "La extrema derecha es la misma, siempre nos han atacado con las cuestiones vinculadas a los derechos sexuales y reproductivos o las opciones sexuales", observa. Justa Montero, activista en la Comisión 8M de Madrid, también recupera parte del camino recorrido por toda una generación de feministas. "Ha habido momentos durísimos", evoca, "durante la Transición se vivió una hostilidad brutal, con el divorcio y el derecho al aborto".

Ocurre, sin embargo, que las voces reaccionarias han ganado fuerza gracias a su representación institucional y sus "expectativas de crecimiento", razona Álvarez. La exparlamentaria cree que es también momento para la autocrítica desde los sectores progresistas: "Me pregunto si las marcianadas inasumibles de la izquierda son caldo de cultivo". Lo que está claro, afirma, es que la oposición reaccionaria viene de las mismas filas de antaño: "Es lo mismo de siempre y ya sabemos quiénes son", dice Álvarez. Montero coincide en los términos: "Tenemos claro a quién tenemos enfrente y quiénes son los enemigos", las feministas no están dispuestas a perderles "ni un solo minuto de vista".

La reacción antifeminista se intensifica ahora, impulsada por la "representación institucional, la organización social y la disposición de medios a su alcance", después de "haber pasado un periodo apaciguada". Por eso, sostiene la activista madrileña, manifestaciones como las del pasado martes "hacían tanta falta". El feminismo tiene la capacidad de sembrar "una propuesta articulada y global" que incumbe a las "distintas situaciones que viven las mujeres" y eso a "alguna gente le incomoda". La reacción, analiza Montero, surge como oposición "a la propia fuerza del feminismo porque lo viven como una amenaza".

Valeria Pasarín coincide. Cree que el odio que emerge de las entrañas de la extrema derecha se ha ido incrementando como respuesta a los éxitos del feminismo. Especialmente, sostiene la activista de la Plataforma Feminista Galega y miembro de Galegas 8M, a raíz de las manifestaciones masivas que se dieron hace ya cuatro años. "La contrapartida está siendo que la ultraderecha tiene una fuerte reacción en contra del feminismo, con más ataques que nunca", dice en conversación telefónica.

Algunas generaciones no se habrían imaginado que muchos de los derechos consolidados, como la interrupción voluntaria del embarazo, "volverían a ser objeto de debate". Como consecuencia, el movimiento feminista convive con la disyuntiva de "seguir avanzando mientras debe también defender las conquistas". Y en ese parapeto, el "feminismo es el único movimiento social con la potencia de frenar el avance de la ultraderecha y presentar propuestas para un mundo que ponga la vida en el centro", asiente Pasarín.

En la Comisión 8M de Zaragoza –cuyas activistas responden conjuntamente, sin nombres propios, a las preguntas planteadas por este diario– están también en guardia, conscientes del peligro que representa la extrema derecha. Por ese motivo, la capital aragonesa escogió como caras visibles en la lectura del manifiesto del 8M a mujeres migrantes, trabajadoras del hogar y trans. Las que han pasado de los márgenes al punto de mira. "Debemos multiplicar las alianzas entre movimientos, no solo como forma de respuesta, sino sobre todo de construcción", claman. Un propósito que se plasmó en el lema de la manifestación:  "Con todas y a por todas. Nadie nos silencia".

La herida de la división

Ocurre que el feminismo ha quedado atravesado por otra circunstancia: la división. Una brecha de dimensiones discutibles, pero que sin duda existe. En Madrid y en otra veintena de ciudades, las mujeres tuvieron que decidir qué convocatoria respaldarían. Por lo general, de un lado marchó un feminismo declaradamente abolicionista, contrario a la ley trans planteada en los términos actuales y especialmente crítico con las políticas desplegadas por el Ministerio de Igualdad –en Madrid clamaban por la dimisión de Irene Montero–. Del otro lado, partieron feministas concentradas en las llamadas comisiones 8M, organizaciones que se dicen transinclusivas y que reclaman "derechos para todas, todos los días".

Así fue en Madrid. Ángeles Álvarez participó en la marcha abolicionista y rechaza la idea de división, al menos planteada sin matices. "No pensamos que haya división en el movimiento de mujeres. Ha habido un entrismo por parte de otros, contrarios a los intereses de las mujeres". Por ejemplo, pone sobre la mesa, con la irrupción del "lobby proxeneta" y con una "mala interpretación intencionada de lo que el movimiento abolicionista está diciendo en materia de la ley trans".

En Galicia se habló también de división, pero no llegó a materializarse. "Estamos viviendo un momento de profundos debates dentro del movimiento feminista", estima Pasarín, quien se apresura a restarle carga negativa: "Los debates ayudan a avanzar". Santiago de Compostela se tiñó de morado con una manifestación conjunta, no sin una reflexión previa: "El debate estuvo y finalmente se logró que la marcha fuera unitaria".

A Teresa Meana es precisamente la división la que le impide hablar de éxitos este 8M. La activista, miembro de la Assemblea Feminista de València, subraya que las mujeres "volvieron a salir y fueron muchísimas", en un contexto en el que "recuperar las calles es importante" porque es precisamente el espacio en el que se mueve el feminismo. Pero "hay claramente una tensión".

En València la manifestación partió de un punto común, pero consumó su división hacia el final de la marcha. La Assemblea y la Coordinadora Feminista confluyeron durante parte de la movilización, pero se escindieron a mitad del recorrido. "Al final hubo dos manifestaciones", resume la activista, quien reconoce que fue "una situación tensa" que viene a constatar la existencia de un problema. "No fue un momento de encuentro", admite. Tampoco es la primera vez.

La activista invita a un ejercicio de memoria y menta las polémicas históricas entre "el feminismo de la igualdad [el que busca un nuevo contrato social donde las mujeres participen al mismo nivel que los hombres] y de la diferencia [aquel que se centra en las características genuinamente femeninas para construir un mundo nuevo]" o ya en los ochenta los roces entre "las dobles militantes [presentes en el feminismo y en la política] y las independientes [exclusivamente feministas]". Especialmente en este segundo episodio, recupera la activista, "hubo broncas, boicots y jornadas exclusivas" que profundizaban en la rivalidad de ambos grupos. "Eso sí fue crudo, pero se superó".

Meana es optimista: confía en que el relevo generacional sea capaz de hacer cicatrizar las heridas y no titubea al afirmar que el feminismo es fuerte contra sus enemigos comunes. "Mi generación fue feminista durante una dictadura, en clandestinidad. Yo conozco bien al fascismo y me preocupa mucho", pero ante su amenaza las mujeres "van a estar juntas". Lo hicieron durante el franquismo y lo hicieron en democracia en defensa del aborto, recuerda la activista. "¿Cómo van a parar eso, si es imparable?", remata.

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