IGUALDAD

Mucho más que gordas en la playa: una campaña contra los cánones de belleza enciende el odio en redes

Campaña del Instituto de las Mujeres.

Las palabras "gracias Irene" se convirtieron este miércoles en tendencia en redes sociales. El agradecimiento, dirigido a la ministra de Igualdad, Irene Montero, era en realidad irónico. Y venía a cargar contra una campaña institucional tejida por el Instituto de las Mujeres contra los cánones de belleza que condicionan la vida de las mujeres.

El cartel, diseñado por Arte Mapache, muestra a cinco mujeres en la playa. Sus cuerpos son diversos: sin depilar, con estrías, envejecidos, gordos o tras una mastectomía. "Existen múltiples discriminaciones corporales que están atravesadas por los estereotipos de género. Se proyectan expectativas corporales en las mujeres que no solo influyen en nuestra autoestima, sino que niegan derechos y condicionan la manera de estar y disfrutar el espacio público", señala Toni Morillas, directora del Instituto de las Mujeres. Partiendo de esa base, la intención de la campaña no es otra que "trasladar el mensaje de que todos los cuerpos son válidos, que es imprescindible reconocer esa diversidad corporal existente y reivindicarla, libre de estereotipos y violencias".

No todo el mundo lo interpretó así. 

Ante la avalancha de mensajes en redes sociales, la propia secretaria de Estado de Igualdad, Ángela Rodríguez, ha contestado: "Señores diciendo que las gordas ya podíamos ir a la playa sin permiso de Igualdad. Claro que vamos pero asumiendo odio por enseñar un cuerpo que no es normativo".

La campaña busca, a golpe de imagen, abordar complejísimas cuestiones en absoluto triviales: los estereotipos de género, los mandatos culturales sobre los cuerpos de las mujeres, los cánones establecidos y la autoestima de las que no encajan. Y como consecuencia de todo ese conglomerado, los trastornos de conducta alimentaria (TCA), un tipo de dolencia mental vinculada a la alimentación y la autopercepción distorsionada de la imagen propia. Hasta 400.000 personas en suelo español se ven atrapadas en una espiral de control obsesivo del peso que pone en riesgo su salud y su vida, según la Fundación Fita. La mayoría, adolescentes. Concretamente, tal como reseña la Fundación Imagen y Autoestima, el trastorno afecta a entre el 4,1% y el 6,4% de chicas de entre doce y veintiún años. El género, una vez más, también importa: el 90% de las personas afectadas son mujeres.

Una ponencia organizada por el Congreso Iberoamericano de Nutrición en el año 2019 advertía de la heterogeneidad de los resultados y la diversidad de las herramientas usadas para su evaluación, lo que obliga a interpretar los datos con cautela. Hasta la fecha, reseñaron entonces los expertos, los estudios hablan de una prevalencia de hasta el 0,9% en cuanto a anorexia nerviosa, de hasta el 2,9% para la bulimia nerviosa y hasta el 5,3% en el caso de los trastornos no especificados. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) "la anorexia nerviosa tiene asociada una mortalidad superior a la de cualquier otro trastorno mental".

Por su parte, la organización ITA Salud Mental calcula que un 16% de quienes sufren esta patología ni siquiera llega a ser diagnosticado y más del 30% no recibe ningún tipo de tratamiento para superar la dolencia. La pandemia sanitaria no ha hecho más que agravar su impacto.

De la publicidad a las redes sociales

El espejo en el que se miran las mujeres ya no está solo en la publicidad, terreno tradicionalmente minado para ellas, sino que ahora son las redes sociales las responsables de proyectar una imagen muy concreta sobre las chicas, condicionando sus hábitos y expectativas. En 2015, un informe del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) alertaba de que el 85% de las mujeres que protagonizaban anuncios eran jóvenes y respondían a un ideal de belleza muy concreto. El mismo estudio concluía que el 30% del contenido anunciado reproducía estereotipos de género. Hoy, los expertos empiezan a desviar la mirada hacia las redes sociales. La Clínica López Ibor, especializada en salud mental, advertía hace apenas un año del impacto de las redes sociales en este tipo de trastornos: "Aproximadamente un 60% de usuarios de estas plataformas digitales son mujeres adolescentes, población de mayor riesgo a padecer la enfermedad. Teniendo en cuenta que estamos sobreexpuestos a un ideal estético delgado, en las redes sociales se tiende a promover este ideal, por lo que la población joven se encuentra en continuo contacto con este tipo de imagen".

La Taula de Diàleg per a la prevenció dels Trastorns de la Conducta Alimentària, dependiente de la Generalitat de Cataluña, concluyó en un estudio realizado en 2018 que el 59,2% de los usuarios de internet accede a contenidos no saludables y, más concretamente, el 40,8% se interesa por contenidos específicos sobre trastornos y consejos relativos a dietas y hábitos alimentarios que pueden conducir a un TCA. El 85% de quienes buscan tras la pantalla este tipo de contenidos, son menores. Más datos: alrededor del 32% de las mujeres que usan Instagram se sienten peor con sus cuerpos, según un informe interno de Facebook que hizo público The Wall Street Journal.

Entonces, ¿se debe caminar hacia la representación de cuerpos diversos? ¿También aquellos que sean reflejo de problemas de salud, como la obesidad? En un artículo publicado por el diario Público, el epidemiólogo Pedro Gullón recuerda que según la Encuesta Europea de Salud en España del año 2020, un 16,5% de los hombres y un 15,5% de las mujeres mayores de edad tienen obesidad. "Cuando hay una campaña publicitaria en la que vemos una persona con exceso de peso nos sorprendemos; pero no deberíamos. De hecho, lo normal sería que si tenemos siete personas en un anuncio al menos una tenga obesidad. Sin embargo, la falta de referentes públicos (y que no sean criticados por ello) es sangrante", escribe. "Esta falta de representación, que es una de las dimensiones de la gordofobia, tiene consecuencias en la salud también", asiente el experto, quien considera que "excluir a personas con obesidad de la vida pública" contribuye no sólo a "eliminar parte de su derecho a la representación", sino también a "aumentar su estigma".

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