Egipto

“¡Nunca pensamos que podría haber tantos muertos!”

Una mujer egipcia llora a un familiar fallecido durante los choques con el Ejército.

ISABELLE MAYAULT (MEDIAPART)

"Hacía un mes que, en el barrio, hablábamos de una intervención de la armada. Va a ser hoy, va a ser mañana. Así que nos trasladamos a casa de nuestros padres. Como no pasaba nada, volvimos". Salma el-Masry vive en la calle Badr el Din el-Aini, a unos metros de la mezquita de Rabaa, en la capital egipcia, testimonio este miércoles de una masacre de civiles comparable a los días revolucionarios de enero de 2011. 

Esta revolucionaria acomodada, que se expresa en un inglés perfecto aprendido en EEUU, observó en primera fila el devenir de los hechos. Lo hizo desde detrás de las ventanas de su vivienda. "Entre las seis y las ocho de la mañana el ruido era asombroso. El sonido de las balas se mezclaba con el de los gases lacrimógenos y los gritos de las mujeres. Desde las ocho había tanto gas en las calles aledañas que sólo veíamos una nube gigante de humo blanco. A las diez, las fuerzas de seguridad cortaron la red de telefonía movil en el barrio. También la electricidad. No fueron reestablecidas hasta doce horas después". 

El jueves 15 de agosto las inmediaciones de la mezquita de Rabaa parecen un campo en ruinas. Los coches quemados bloquean las calles adyacentes y las tiendas de la calle principal tienen los escaparates destruidos. Pero, en El Cairo, la intervención del Ejército no fue una sorpresa para nadie. Se esperaba, casi se preveía para después del Ramadán, que acabó la semana pasada. Y son muchos los que veían en las acampadas de los seguidores de los Hermanos Musulmanes una resistencia inútil a la gran movilización popular del mes pasado y que derivó en la destitución de Mohamed Morsi. 

Sin embargo, la amplitud de la violencia con la que las fuerzas de seguridad limpiaron la zona si ha pillado por sorpresa al país. "Sabíamos que había riesgo de que se produjera algo violento –analiza Salma–. Con la Policía de un lado y los Hermanos Musulmanes de otro , nada bueno podía salir. Pero... ¡Jamás pensamos que podría haber tantos muertos!

Nabila el-Saïd acudía a la acampada de Rabaa durante las tardes estivales del Ramadán. Lo hacía en familia, con sus hijos. Musulmana convencida, estuvo en primera línea en las marchas convocadas tras el inicio de la evacuación del miércoles desde la estación de Ramsès hasta Nasr City, el barrio en el que se encuentra la mezquita de Rabaa. Caminaron durante horas por una ciudad desierta. "La marcha en la que participé llegó en la mañana a las inmediaciones de Rabaa. El camino hacia la acampada estaba cortado. Oímos ruidos espantosos de lo que parecían ser armas automáticas. Armas de guerra. Mi hermana estaba en otra manifestación, la que pasó por el puente del 6 de Octubre. Vio caer a una docena de personas detrás de ella aturtidas por balas de francotiradores". 

El miércoles por la mañana nadie acudió a su puesto de trabajo. Las calles de El Cairo, habitualmente sembradas de atascos, vendedores ambulantes y peatones, permanecieron vacías hasta la mañana siguiente. Sólo los sonidos cruzados de los puestos de radio y televisión, que daban a la ciudad un aroma de catástrofe, poblaban las calles. Durante la tarde, la tensión se incrementó. El Gobierno golpista decretó el estado de excepción durante un mes, e incluso un toque de queda temporal. 

Algunos ven en estos acontecimientos una etapa necesaria para construir un Egipto nuevo. Marina, joven estudiante copta, traduce en grandes líneas el discurso de una comunidad en peligro que ve en el Ejército su último recurso. "Estoy extrañada por la reacción de la comunidad internacional. Cuando Morsi estaba en el poder nos decían que hacía falta ser pacientes. Hoy dicen que el Ejército es responsable, pero esa es la verdadera cara de Egipto", dice Marina en referencia a los sucesos de julio. "Estoy segura de que el Ejército no utilizará de nuevo la violencia como lo hizo el miércoles. La sangre vertida era necesaria para garantizar la estabilidad del país", sentencia. Tras la intervención de la Armada, grupos de seguidores de los Hermanos Musulmanes atacaron medio centenar de iglesias coptas fuera de la capital. La parte alta del país es la más afectada. 

En el barrio de Rabaa, que permaneció este jueves en calma hasta la noche, nadie niega que pueda volver la violencia. Tres marchas de seguidores de los Hermanos Musulmanes estaban previstas para por la tarde. En el lugar de la vieja acampada seguían apostados los carros de combate. "Hacia el final de tarde, paseando entre escombros, me volví a encontrar con mis vecinos –relata Salma–. Algunos de ellos no habían salido de sus casas en el último mes porque querían evitar el campamento. Ahora todo estaba en calma, todo estaba negro". 

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