Siria

Siria: la culpa de Hollande

Desde luego, se trata de una utopía, pero de las que lejos de desorientar marcan un horizonte de esperanza. Escrita en 1795, bajo el influjo revolucionario francés, en el siglo de las luces, Sobre la paz perpetua, del filósofo Emmanuel Kant, supone el primer y decisivo intento por concebir un "derecho internacional", basado en "una federación de Estados libres", y "un derecho cosmopolita" que debían alumbrar las "condiciones de una hospitalidad universal". Dicho de otro modo, fundar un derecho a la humanidad, entendido como un todo cuyas partes son solidarias, interdependientes e indisociables, derecho que está por encima de las naciones y de la soberanía nacional, y en particular de sus entusiasmos egoístas y su ardor guerrero. No es casual que se trate también del primer texto filosófico que teoriza sobre la noción de "publicidad", esa exigencia de una información libre y generalizada de los ciudadanos sobre los actos de sus gobernantes, para que puedan controlarlos mediante la vitalidad de un espacio público democrático.

En ese texto, hallamos dicha evidencia política, tal y como se encargaba de recordarle a los sistemas presidencialistas francés y norteamericano el que es su hermano mayor democrático, el sistema parlamentario británico. A la hora de decidir si se ha de llevar a cabo la guerra o no, "se requiere el asentimiento de los ciudadanos" y, añade Kant, "no hay nada más natural que, ya que deben decidir todos los tormentos de la guerra que recaerán sobre ellos, se piensen mucho si comenzar un juego tan tremendo”. Una evidencia que cada vez se tiene menos en cuenta, por no decir que se ha echado en el olvido, a medida que drones con misiles son lanzados o teledirigidos, parece que la guerra carece de las obligaciones que tienen que ver con la movilización de combatientes humanos. En ese punto, tal y como subrayaba Grégoire Chamayou recientemente en lo que ha dado en llamar teoría del drone, "la guerra aparece como un fantasma, teledirigida, y puesto que la vida de los ciudadanos no corre peligro, ya no tienen derecho a intervenir".

Escapar a la contradicción, al debate y a la argumentación. Hacerles callar apelando a tópicos y a sentimientos, con argumentos que hablan de la autoridad y en términos excluyentes. Este es el fantasma de una política que se ha convertido en apolítica, movida por la urgencia y por la emoción. De una política no apta para pensar y asumir la complejidad del mundo, sus interdependencias y sus pluralidades. De una política, sobre todo, cuyo activismo inconsecuente enmascara peligrosamente su miedo ante un hecho novedoso que no puede controlar porque no logra aprehenderlo. Y ello, sobre todo, cuando esta novedad se erige contra sus errores del pasado –la ceguera colonial, pretensión occidental, dominación económica, apoyo a las dictaduras, etc–. Ya nos referimos aquí mismo, y documentamos, los riesgos corridos durante la presidencia de Nicolás Sarkozy: de los compromisos corruptos anteriores a las revoluciones árabes, a la aventura militar en Libia posterior, que nos dejó en herencia la actual guerra de Mali, una guerra de policía sin solución política.

Hete aquí que desgraciadamente nos encontramos de nuevo con un presidente, François Hollande, responsable de los ejércitos, que en primera persona del singular, ha creído que podía llevar a una guerra contra el Estado sirio. Y ello con el único argumento de que el Ejecutivo de Siria había causado 1.400 muertos en un bombardeo químico, fallecidos que se vienen a sumar a los 130.000 que han perdido la vida desde que perpetró un ataque en contra de su propio pueblo, que hace dos años se sublevó contra la dictadura. Antes del cambio de rumbo que ha significado el voto contrario de la Cámara de los Comunes en Reino Unido, que ha devuelto a su autor a la realidad, este impetu belicista solitario ni siquiera se había tomado la molestia de cubrirse las espaldas, ni diplomáticas –sin ni siquiera hablar de Naciones Unidas, Europa fue borrada del paisaje, a pesar de que está llamada nuevamente a las urnas el año que viene–, ni mediáticas. Tras las mentiras informativas que rodearon a la invasión americana de Irak, la precaución de remitir a los expertos independientes de la ONU la constatación definitiva del crimen sirio se pasó por alto.

Que ahora se pongan los ojos en el exterior, al menos eso es lo que parece y confiemos en que dure, a pesar de que es por ahí por donde se debería haber comenzado –plan global de ayuda a la revolución siria, deliberaciones democráticas sobre las opciones militares, respeto al veredicto de los inspectores de Naciones Unidas, pactos diplomáticos con Rusia, Irán, etc– no debería hacernos olvidar lo que se ha dejado entrever en casa. En resumen: un presidente solitario, una nación aislada. ¿Cómo asimilar, en pleno siglo XXI, que un solo hombre, por más que haya sido elegido jefe del Estado, puede decidir ir a la guerra sin contar, por intermediación de sus representantes, con sus conciudadanos, que su decisión va a exponer a nuevos peligros? ¿Cómo, en nuestro mundo global cuyas partes inestables son inseparables de un todo en evolución, pensar que una sola nación, envalentonada por el papel que representa, es capaz de decidir sobre el bien y el mal, sobre castigos y recompensas, sin tan siquiera comparar su postura con la de otras naciones, en el respeto del derecho internacional que los une y los obliga?

Plantear estas preguntas y, por ende, establecer sus límites, no es sinónimo de ineficacia. Al contrario, se trata de exigir una acción global, constante y coherente, a la altura del desafío lanzado al mundo por los pueblos que se pusieron en marcha en 2011, de Tunez a Siria, pasando por Egipto. Desde el comienzo de las revoluciones árabes, alabadas por Mediapart por entender que se trataba de un feliz acontecimiento, el viaje de retorno de la historia para una parte de la humanidad que sufría su destino en lugar de construirlo. Esa es la respuesta que reclamamos, así como la pedagogía política inherente a ella. En lugar de eso, con Nicolás Sarkozy y ahora con François Hollande, solo hemos obtenido una respuesta guerrera, expeditiva y reactiva. Este activismo militar que en Francia va acompañado incluso de la estigmatización de aquellos que se finge defender desde la distancia –los musulmanes, entendidos en el sentido amplio por su origen, cultura o religión. Se trata de una paradoja solo en apariencia por cuanto las dos actitudes, externa e interna, evidencian la misma incomprensión de las realidades implicadas (los pueblos, las sociedades, las culturas, las religiones...).

el derecho debe aplicarse tanto al justiciero como al criminal

Este fiasco de agosto que ha supuesto Hollande supone una alarma seria. Pone en evidencia que nuestra excepción presidencialista nos hace más frágiles y nos expone porque deja a Francia a la merced de un solo hombre, que ha expresado su rechazo institucional a la mediación, a la necesidad de establecer conversaciones y negociaciones; en esencia, a estos contrapoderes fuertes y poderosos que hacen las democracias vivas y conscientes. Bajo la grandeza altiva que nos sirve de coartada, la soledad reivindicativa de una nación y de su responsable trae (al igual que los nubarrones, la tormenta) un riesgo mayor para los ciudadanos de los que se compone una y representa el otro. Y lo que es más, sin que ellos ni tan siquiera hubieran sido advertidos. De este modo, se corre el peligro de que se desencadene una serie imprevisible de consecuencias y de hechos que escapen al control, igual que el efecto mariposa en la teoría del caos.

Además, esta instantánea, la de un representante elegido para poder decir "nosotros", pero embargado por la patología del "yo" presidencialista no hace sino aumentar el sentimiento de decepción, ya muy presente en el aspecto económico y social, frente al ejercicio del conformismo de poder de los socialistas que nuestros votos dotaron de una esperanza de cambio. Dado que esta alerta entra en contradicción con todos los principios –multipolaridad, interdependencia, respeto a la ONU, etc.– que con Jacques Chirac en la presidencia evitó que Francia se viera inmersa en las locuras de la guerra de los mundos que supuso la Administración de Bush junior, esta actitud supone una inquietud añadida al rumbo seguido por la Presidencia socialista en nuestro mundo incierto e imprevisible. Retrospectivamente, deja entrever a los mandos presidenciales posteriores a 2001, a los mismos socialistas, en el fondo atlantistas, ya poco virulentos en esa época frente a los delirios neoconservadores, que se habrían podido deslizar sobre esta pendiente irresponsable –la responsable de Guantánamo y de Abu Graib, la que ha rehabilitado la tortura sistemática, avalado las desapariciones, inventado las prisiones secretas, asumido los crímenes colaterales, pisoteado el derecho internacional, en resumen, negado la humanidad del enemigo proclamado.

Se puede objetar que se trata de una elucubración y que no se puede reescribir el pasado. Sin embargo, las recientes bravuconadas de los diversos portavoces socialistas no ayudan. Harlem Désir que evoca un "espíritu muniqués", David Assouline que habla de "cobardía" y Najat Vallaud-Belkacem que se refiere a un dictador sirio como un "loco". Estas invectivas dirigidas a los que rechazan marchar al paso que se marca sin hablar ni reflexionar recuerdan a los peores momentos de histeria guerrera americana de comienzos de 2000, por el que el mundo todavía está pagando el precio. Pero lo más grave es que no se puede descartar que este grado cero de la expresión y del razonamiento políticos verbalice aquello en lo que se han convertido los dirigentes del Partido Socialista. Se trata de "un partido que ha perdido su pensamiento", resumía recientemente aquí mismo Edgar Morin, que fundamentaba su propia inquietud sobre la constatación de que el "presidente Hollande ha crecido en el seno del partido".

Que los militantes socialistas, y los hay entre nuestros lectores más fieles, entiendan esta crítica como una llamada a la razón, en la medida en que nunca han hecho buena pareja la guerra por el poder y la izquierda progresista. De la ceguera nacionalista de 1914-1918, de la que Jean Jaurès fue un martir simbólico antes de que esta carnicería diera lugar a la catástrofe europea que fue, a la obstinacion colonial de los años 1950, cuya vergüenza moral descalificaría de forma continuada el PSU (la sección francesa de la internacional obrera), la izquierda debe recordar los abismos a los que ha arrastrado decantarse por opciones cortoplacistas, carentes de perspectiva y de relfexión sobre las consecuencias, sin preocuparse del pasado ni tomar precauciones para el futuro.

Hay socialistas que lo saben y lo dicen, especialmente los que, lejos de una visión narcisita occidental del mundo, conocen y viven la diversidad. No está de más, desde ese punto de vista, escuchar las pertinentes advertencias del diputado Pouria Amirshahi, nacido en el seno de una familia iraní (nació en 1972 en Irán, de donde se marchó cuando tenía 4 años) y elegido por el PS, en la 9ª circunscripción, por los franceses en el extranjero, que abarca Africa del Norte y del Oeste y, que por tanto comprende Tunez y Mali. Apelaba a "un debate argumentado fundado sobre la razon y no sobre la emoción" y subrayaba recientemente que la pasión oculta la ausencia cruel de "estrategia geopolítica". Dicho de otro modo, de "un plan creíble de salida de la crisis", capaz de hacer realidad la transión política en Siria.

El régimen sirio es una dictadura que oprime a su pueblo, es un hecho. El uso de armas qúimicas contra este mismo pueblo supone un crimen, es otro hecho. Y que este pueblo sufre el martirio por haber sido durante mucho tiempo abandonado a su suerte en sus aspiraciones por elegir libremente su destino, supone el tercer hecho. Pero esta triple constatación era la misma para el Irak de Sadan Hussein, dictadura igual de criminal, que utilizó de forma repetida las armas químicas mientras que era respaldada y armada contra el Irán de la revolución islámica por Occidente, que terminó por calificarla de incontrolable y por tanto de inútil. Tampoco, salvo que se repita en mayor o menor medida el desastroso episodio iraquí que, lejos de reducirlos ha aumentado los desequilibrios de Irak y del mundo, ninguna réplica militar procedente de naciones occidentales que se arroga el privilegio de la fuerza sobre la ley tiene la respuesta eficaz, duradera y estable, a esta dramática realidad siria.

"Quien se proponga alcanzar el objetivo del derecho debe proceder conforme a derecho", decía Dante en su obra Monarquía, escrita entre 1312 y 1313. 700 años después, la recomendación sigue siendo válida para nuestro monarca republicano, que haría bien en renunciar a su altanera soledad guerrera para sumarse a nuestra humanidad ordinaria, preocupada por un mundo común en el que el derecho, internacional en ese caso, se impone tanto al justiciero como al criminal.

Traducción: Mariola Moreno

El presidente de Siria niega haber ordenado un ataque químico

El presidente de Siria niega haber ordenado un ataque químico

Más sobre este tema
stats