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Oriente Medio

El acuerdo nuclear con Irán altera el equilibrio geopolítico en la región

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ratificó el pasado lunes 20 de julio –el Congreso de Estados Unidos, dos días después– el acuerdo sobre el programa nuclear iraní alcanzado en Viena el pasado 14 de julio entre Teherán y los llamados “5+1” (Estados Unidos, Rusia, Francia, China, Reino Unido y Alemania). El texto estipula la derogación de las siete resoluciones adoptadas en 2006 por la ONU para sancionar el programa nuclear iraní, así como las actividades armamentísticas de la República Islámica. Tras 12 años de crisis y 20 meses de intensas negociaciones, el documento de 109 páginas –que incluye una declaración y cinco anexos–, que ha merecido el consenso de los negociadores, puede calificarse de histórico por diversas razones.

Ante todo, porque aporta una solución pacífica a un contencioso potencialmente devastador en una región –Oriente Medio– arrasada por los diferentes conflictos. En segundo lugar, porque supone la vuelta al panorama político internacional de un país de casi 80 millones de habitantes, dueño de las cuartas reservas petrolíferas del planeta y del 18% de los recursos mundiales de gas, heredero de una historia y de una cultura ilustres y bastión del chiísmo. Por último, porque muy probablemente acarreará la alteración del equilibrio geopolítico regional al poner fin a la dominación exclusiva de las monarquías petrolíferas suníes, para dar paso a un nuevo reparto de las zonas de influencia, donde la República Islámica chií va a asumir un papel más acorde a su peso demográfico y económico.

La República Islámica de Irán —presente en Siria, donde sus consejeros, combatientes y protegidos del Hezbolá libanés garantizan día tras día la supervivencia del régimen de Bachar el Asad, haciendo frente a los rebeldes suníes y al Estado Islámico; activo en Irak, donde su cuerpo expedicionario, también tiene un peso decisivo en la protección del régimen de Bagdad contra el Estado Islámico— extiende sus influencia hasta Líbano, Yemen y en el seno de las minorías chiíes de varios países árabes de la región y puede ser una fuerza estabilizadora tanto como desestabilizadora.

La voluntad de sus actuales dirigentes —incluido el líder supremo Ali Jamenei—de alcanzar un acuerdo sobre la cuestión nuclear, parece indicar, sin por ello renunciar a la identidad islámica y revolucionaria, que el régimen de Teherán ha optado por normalizar sus relaciones económicas y diplomáticas con la comunidad internacional. Y todo esto sin renunciar a sus políticas contra la “arrogancia norteamericana” ni al apoyo de los “pueblos oprimidos” de la región, tal y como señaló el pasado 18 de julio Jamenei, en unas declaraciones con motivo del fin del Ramadán.

Jamenei, después de recordar que el Corán y la sharía prohíben la bomba atómica, aseveró que la República Islámica de Irán no había hecho ninguna concesión estratégica a Washington, sino que había debatido “sobre la base de [sus] intereses”. Se trata de una decisión que va en consonancia con su sexto plan de desarrollo económico (2006-2012), centrado en el fortalecimiento de la independencia nacional, de la ciencia y la tecnología, la promoción de los valores islámicos y la apertura internacional. Mientras el país, estrangulado por las sanciones, atraviesa una situación de grave crisis económica –con una tasa de paro superior al 17% y una inflación del 15%—, el acuerdo le abre nuevamente las puertas del mercado mundial y permitirá el desbloqueo de casi 135.000 millones de dólares de ingresos procedentes de exportaciones, congelados fundamentalmente en China, Corea del Sur, India, Japón, en cumplimiento de las resoluciones de la ONU.

Dicho acuerdo ofrece a Teherán la posibilidad de inyectar en su economía, en los próximos años, importantes inversiones. Ya se han determinado incluso cuáles son los sectores prioritarios: el de la energía, infraestructuras, transportes, vivienda, industria y minas, farmacéutico, sanitario, agroalimentario. Según las estimaciones efectuadas por economistas locales, los beneficios del acuerdo se traducirán en un crecimiento de dos puntos a partir del primer año y vaticinan un crecimiento de tigre, próximo al 8%, en los siguientes 18 meses.

Las grandes multinacionales, sobre todo francesas, algunas de ellas muy activas en Irán (Total, Renault, Peugeot) esperan obtener la luz verde oficial para conseguir los contratos iraníes. Al igual que el ministro alemán de Economía, Sigmar Gabriel, que tiene previsto desplazarse a Teherán, Laurent Fabius se dispone a visitar la capital iraní para defender los intereses franceses en esta competición que se anuncia prometedora, pero intensa.

Es verdad que, a siete meses de la celebración de las elecciones legislativas previstas para el mes de febrero, los opositores al presidente Hasan Rohaní, que ha hecho del levantamiento de las sanciones uno de los objetivos principales de su mandato, no han dejado alzar sus voces discordantes, en medio del fervor popular que ha acogido con satisfacción el anuncio del acuerdo.

En el Parlamento, los conservadores más radicales han denunciado un texto que, consideran, incluye excesivas concesiones a Occidente y sobre todo al “gran Satán” norteamericano.

Algunos diputados han llegado incluso a amenazar al ministro de Asuntos Exteriores Mohammad Javad Zarif, al frente de la delegación de negociadores, por alta traición. No obstante, hasta el ayatolá Ahamad Katami, el imam del rezo del viernes en Teherán y contrario a las negociaciones, ha terminado admitiendo que el acuerdo “puede facilitar notablemente la vida de los iraníes”. Y, sobre todo, el líder supremo que estableció desde el primer momento las “líneas rojas” que no se debían traspasar, ha reconocido el trabajo de los negociadores que “merecen la recompensa” y mantiene su confianza y apoyo a Zarif, mientras advierte al presidente Rohani en contra de “algunos de los seis Estados” que participan en las negociaciones, “en los que no se puede confiar”.

Dicho de otro modo, aunque no se espera que el acuerdo deba superar grandes escollos en el Parlamento iraní ni en el Consejo Supremo de la Seguridad Nacional, será necesario verificar si se aplican las disposiciones técnicas recogidas en texto, en los términos comprometidos por Teherán, y si la voluntad de apertura exterior de sus dirigentes va acompañada de progresos democráticos y de respecto de los derechos humanos reales en el interior del país. Terreno este en el que queda mucho por hacer.

Irán: un programa nuclear bajo estricto control internacional

¿Qué comprende el acuerdo de Viena? Se basa en una arquitectura diplomática y técnica esbozada ampliamente en el acuerdo marco alcanzado el 2 de abril pasado en Lausana que garantiza la naturaleza estrictamente civil y pacífica del programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales. Este texto, presentado por los dirigentes iraníes como una “victoria” y que se aplicará durante un periodo de entre 10 y 25 años (Teherán no quería que la duración fuese superior), responde a dos reivindicaciones de la República Islámica de Irán: ver oficialmente reconocido su “derecho al enriquecimiento” y alcanzar el fin de las sanciones.

También prevé, como quería Teherán, el levantamiento de las sanciones y no su simple suspensión, pero se traduce, no solo en el desmantelamiento de las instalaciones nucleares iraníes, como pretendían hace diez años los primeros negociadores europeos, sino en una reconversión radical del programa nuclear iraní y en el control internacional estrecho de las actividades nucleares de la República Islámica de Irán. Las medidas aceptadas por Irán son más que elocuentes.

El stock de uranio poco enriquecido del que dispone actualmente Irán (7.500 kg enriquecido al 5% y 200 kg enriquecido al 20%) se limitará, durante 15 años, a 300 kg enriquecidos al 3,67%. Y el excedente se trasferirá al extranjero –en principio en Rusia– o será diluido. Teherán, que acepta no construir nuevas instalaciones de enriquecimiento de uranio durante 15 años, va a reducir su número de centrifugadoras desde las 19.000 actuales –de ellas, 10.200 en activo– a 6.104, de ellas 5.060 en funcionamiento, durante 10 años. Y estas centrifugadoras de primera generación no podrán enriquecer uranio por encima del 3,67%, lo que es compatible con un uso civil, como la producción de combustible nuclear para reactores, pero está muy lejos de la concentración al 90% requerida para producir una bomba. La tecnología sobrante será almacenada y sellada.

Irán podrá proseguir con sus actividades de investigación sobre centrifugadoras más eficientes, pero no enriquecerá más uranio en la central subterránea fortificada de Fordo. Esta planta nuclear, que será transformada en un centro de física y de tecnología nuclear, dejará de albergar material fisionable y se destruirán las dos terceras partes de las centrifugadoras con las que cuenta. Teherán ha aceptado que sus actividades de enriquecimiento de uranio, limitadas y controladas, se concentren en las instalaciones de Natanz, donde solo se mantendrán 5.060 de las 17.000 centrifugadoras más antiguas, del tipo IR-1. Las centrifugadoras IR-2, más potentes, serán retiradas y situadas bajo control de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA). Habida cuenta de estas disposiciones, Irán necesitaría –si decidiese romper el acuerdo– un año (breakout time) para producir una bomba, en lugar de los dos a tres meses que necesita en estos momentos.

La AIEA, ya presente en Irán, será la encargada de controlar de forma regular todas las instalaciones nucleares con un alcance y unas prerrogativas que se han visto muy reforzadas. En concreto, la Agencia podrá ampliar su actividad en todo el sector nuclear iraní, de la extracción de uranio a los laboratorios de I+D, pasando por la conversión y el enriquecimiento. Los inspectores de la AIEA tendrán acceso, durante 25 años, a las minas de uranio y a las fábricas de concentración. Teherán también ha aceptado el acceso limitado de la Agencia a los emplazamientos militares no nucleares, en caso de que los inspectores sospechasen de la existencia de actividades nucleares ilegales.

El acuerdo también prohíbe a Irán producir plutonio 239, otro eventual componente de la bomba nuclear, y prevé la modificación del reactor de agua pesada en construcción en Arak, para impedir que se pueda producir plutonio en él. Los desechos generados en las instalaciones se enviarán al extranjero durante toda la vida útil del reactor. También quedará prohibido que Teherán estudie y experimente con ojivas y dispositivos o tecnologías de encendido vinculados con las armas nucleares.

Tan pronto como la AIEA recoja en su informe que Irán cumple con estas medidas, se levantarán las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea que golpean el sector financiero, energético y de los transportes. Este proceso también acabará con las sanciones incluidas en las seis resoluciones de la ONU. Pero las medidas de lucha contra la proliferación nuclear previstas por estas sanciones (prohibición de importación de algunos equipamientos o materiales) se mantendrán durante al menos diez años, hasta que la AIEA garantice el carácter exclusivamente pácifico del programa nuclear iraní. También se mantendrán, al menos durante cinco años, con las salvedades establecidas por el Consejo de Seguridad de la ONU, las sanciones sobre las armas convencionales y queda prohibido por tiempo ilimitado el comercio de misiles balísticos dotados de capacidad nuclear.

¿Qué pasaría si Irán violase sus obligaciones? Si uno de los seis Estados firmantes del acuerdo con Teherán constatase que la República Islámica de Irán no respeta sus compromisos y se muestra incapaz de proporcionar una explicación creíble y aceptable para ello, en un periodo de 35 días, en la comisión conjunta que prevé el acuerdo, puede conseguir del Consejo de Seguridad que se vote una resolución que reafirme el levantamiento de las sanciones. El veto de uno solo de los Estados bastaría para restablecer las sanciones, de forma automática, en el plazo de un mes.

Este mecanismo, bautizado como snap back, que Francia, en palabras de Laurent Fabius al diario Le Monde (el pasado 15 de julio), “ha hecho mucho hincapié en proponer y conseguir que se adopte”, está destinado sobre todo a cortocircuitar la eventual oposición de Moscú y de Pekín a una petición de restablecimiento de las sanciones. Al someter a votación la renovación del levantamiento de las sanciones y no el restablecimiento de las mismas, se evita que Rusia y China hagan uso de su propio derecho de veto. “No obstante, ni Pekín ni Moscú se han mostrado contrarios a esta disposición”, asegura un negociador francés. “En el fondo, tienen el mismo interés que París, Londres, Washington o Berlín en desarrollar sus relaciones económicas con Irán, y por tanto en que se respete el acuerdo, es decir, aceptar la existencia de incentivos y medidas punitivas, juzgadas disuasivas por Teherán”.

Israel: un mal acuerdo que amenaza la seguridad internacional

Tal y como era de suponer, el Gobierno israelí ha sido, de lejos, el más hostil al acuerdo de Viena. “El acuerdo sobre el programa nuclear iraní es un grave error que tiene unas consecuencias históricas”, señaló el primer ministro Benjamin Netanyahu tras anunciarse el fin de las negociaciones. “Irán va a conseguir un salvoconducto hacia las armas nucleares. Se van a levantar muchas restricciones que debían impedir que se dotase de dichas armas. A Irán, le ha tocado la lotería, es un maná de miles de millones de dólares que le va a permitir seguir agrediendo y aterrorizando a la región y al mundo”.

El enfado del primer ministro, que parece errar en el juicio o, al menos, errar en la lectura de las disposiciones del acuerdo, es comparable al golpe que acaba de encajar. Hace años que Benjamin Netanyahu se empeña en convencer al resto del mundo, comenzando por su aliado y protector norteamericano, de que el programa nuclear iraní supone una “amenaza existencial” para Israel.

En la memoria permanece el discurso pronunciado ante la ONU, en octubre de 2013, donde denunció “la ofensiva de hermosas palabras y sonrisas” del nuevo presidente iraní reformador, Hassan Rohani, mientras enarbolaba el dibujo de una bomba, con el que pretendía demostrar que Teherán había recorrido el 90% del camino necesario para producir un arma nuclear. También permanece en la memoria la advertencia que realizó en el Congreso de EEUU, en marzo de 2015, en contra de las mentiras en la negociación con Irán; en un discurso en el que el secretario de Estado norteamericano John Kerry y Barack Obama eran tildados de naifs, por no decir de idiotas, manipulados por los maquiavélicos negociadores iraníes.

El diario digital Israel Ynet Neews recordaba también con cierta crueldad que Netanyahu anunciaba ya en 1993 la construcción de la bomba nuclear iraní en 1999. Ni los desmentidos de los generales, ni los sarcasmos de los antiguos directores del Mossad, que no veían en la bomba nuclear iraní una “amenaza existencial” a corto plazo y algunos de los cuales lamentaban el uso político que hacía de la cuestión el primer ministro, han logrado convencer a Netanyahu para que renuncie a instrumentalizar la cuestión. Nada más lejos de la realidad.

Periódicamente, en los últimos años, chivatazos hábilmente dirigidos, han anunciado la inminencia de un golpe israelí o norteamericano-israelí sobre las instalaciones nucleares iraníes. Lo de menos era si los principales interesados –los militares israelíes– se interrogaban sobre la viabilidad de una operación así y sobre todo de su eficacia a largo plazo. “Con este acuerdo, Israel no se ha comprometido con Irán”, ha insistido Netanyahu tras el fin de las conversaciones de Viena. “Sabremos seguir defendiéndonos”. Palabras que hizo suyas poco después su ministro de la Defensa, el halcón Moshe Yaalon, ante la Comisión de Asuntos Extranjeros y de la Defensa de la Knesset. Por su parte, el director del Ministerio israelí de Asuntos Extranjeros, Dore Gold, que ejerce de responsable de la diplomacia en ausencia del ministro titular, ha llegado a afirmar que la región será “más peligrosa” y que el riesgo de proliferación va a crecer, olvidando al menos en apariencia de que su país tiene desde hace tiempo, sin reivindicarlo oficialmente, la bomba atómica, y que nunca ha firmado el Tratado de No proliferación como tampoco ha aceptado las inspecciones de la AIEA.

“Benjamin Netanyahu no es el único primer ministro de Israel que está obligado a afrontar la amenaza de las armas nucleares iraníes”, escribía el jueves el editorialista del diario Haaretz. Yitzhak Rabin, Ehoud Barak, Ariel Sharon y Ehoud Olmert se encontraron con el mismo problemaHaaretz. Pero ninguno convirtió a Irán en su preocupación fundamental, realizando anuncios de desastres y profecías catastróficas, poniendo en peligro intereses vitales del país como los vínculos existentes entre Jerusalén y Washington”. “Irán” –continúa el editorial titulado “Bastante histeria”–, “quiere aprovechar esta década para recuperar la economía y responder a las necesidades de la población. Israel podría y debería hacer lo mismo, pero sus dirigentes políticos siguen negándose a aprovechar este periodo para asignar a gastos civiles créditos destinados a la defensa y tratar de alcanzar un acuerdo de paz con los palestinos. Para su vergüenza, los líderes de la oposición se limitan a repetir el argumento de Netanyahu sobre el “mal acuerdo”. Al igual que él, son incapaces de ver que este acuerdo puede permitir dar un giro definitivo”.

Realidad, exageración o fantasía, Netanyahu ha recurrido siempre a la amenaza de la bomba nuclear iraní para posponer la resolución del problema palestino y preservar el statu quo adoptado por Israel, al abrigo del muro de separación de Cisjordania y protegido de las turbulencias de Gaza a base de repetir operaciones devastadoras.

Obama, bajo presión del Congreso y de Israel

Es probable que en Washington, en el Congreso, se lleve a cabo la contraofensiva del primer ministro israelí. Netanyahu, que mantiene unas excelentes relaciones con la mayoría parlamentaria republicana y con una parte de los demócratas, que no oculta –y es recíproca– las tormentosas relaciones que mantiene con Barack Obama, va a machacar, durante los dos próximos meses, a los líderes republicanos con argumentos inquietantes, para tratar de conseguir que el Congreso rechace el acuerdo. Es decir, va a hacer todo lo posible para transformar la victoria de Obama en derrota.

Contará con interlocutores como Rick Santorum, candidato a la investidura republicana, que califica el acuerdo de “locura” o con el senador Bob Corker, que dice estar seguro de que los iraníes “harán trampas y conseguirán la bomba”. Sin embargo, el presidente norteamericano, para quien ratificar este acuerdo sería uno de los logros de sus dos mandatos, no va a quedarse de brazos cruzados. En primer lugar, porque puede vetar la moción desautorizando el levantamiento de las sanciones. En segundo lugar, porque una medida así, si se adoptase y confirmase, solo tendría efecto en las sanciones impuestas por Estados Unidos, pero no impediría que se levantaran las sanciones de la ONU y de la Unión Europea. Y en tal caso, serían las empresas norteamericanas las penalizadas al verse excluidas de la carrera hacia los contratos con algo. Aspecto este que reprocharían a los congresistas.

En esta batalla, con toda probabilidad, Israel no se va a limitar a alentar y a apoyar a los que se opongan al acuerdo, sino que tratará de conseguir de Estados Unidos medios adicionales, financieros y materiales, para garantizar su seguridad, haciendo mención a la amenaza creciente que representa un Irán sin sanciones. Washington no permitirá que se ponga en peligro la seguridad y la existencia de Israel, tal y como repiten sin cesar los responsables norteamericanos cada vez que el Gobierno de Israel alude a una eventual nueva amenaza nueva.

Y precisamente eso mismo es lo que le recordó Barack Obama a Benjamín Netanyahu, en la conversación telefónica mantenida al concluirse el acuerdo. Eso mismo confirmó a sus interlocutores el secretario norteamericano de Defensa Ashton Carter, de visita en Israel el pasado lunes y martes, antes de poner rumbo a Arabia Saudí. Si bien los dirigentes israelíes no quieren emplear la palabra “compensación” para definir lo que esperan de Washington en estos momentos, los expertos en las relaciones entre ambos países, no dudan de que el Gobierno israelí aspira a conseguir de EEUU la garantía de que participará en una intervención armada, en caso de un eventual ataque iraní.

El Estado Islámico, una amenaza mayor

Tan hostiles como Israel a las ambiciones de Teherán, las monarquías árabes suníes, que temen el regreso del Irán chií al panorama político y económico internacional por razones de supremacía regional y de rivalidad religiosa, se han mostrado, al menos de forma oficial, más favorables al acuerdo de Viena. Según la Casa Blanca, que el pasado viernes 17 recibió al ministro saudí de Asuntos Extranjeros, Adel Al-Jubeir, Riad ha acogido el acuerdo “favorablemente”.

El comunicado emitido por la embajada saudí en Washington confirmaba este aspecto al destacar que “el respaldo de Arabia Saudí a un acuerdo que impide que Irán obtenga capacidades nucleares”. Tampoco la caída del precio del petróleo y del gas que puede provocar el regreso con fuerza de Irán a estos dos mercados parecen, de momento, provocar la alarma de los potentados de los hidrocarburos. Bien es verdad que harán falta largos meses, sino más tiempo, para que Teherán vuelva a su nivel de producción anterior a las sanciones.

A pesar de que las monarquías del Golfos, deploran, como Israel, que el levantamiento de las sanciones vaya a poner pronto a disposición de Teherán fondos considerables, que puede destinar a apoyar las revueltas en el mundo árabe –como en Yemen a los grupos opositores–, como en Bahréin, a las milicias como Hezbolá –que recibe ya 200.000 de dólares al año– o a regímenes condenados como el de Damasco, que percibe una ayuda anual de 35.000 millones de dólares, se cuidan muy mucho de condenar abiertamente el acuerdo. “Puede ser el momento de pasar página en las relaciones de los países de la región del Golfo”, declaró el martes a la agencia AFP un responsable de los Emiratos Árabes Unidos, que mantiene buenas relaciones comerciales con el país vecino, pese a la existencia de un contencioso territorial por tres islotes del Golfo. “Irán puede tener un papel importante en la región, siempre que revise su política y cese sus injerencias en los asuntos internos de países como Irak, Siria y Yemen”.

Según la agencia oficial Wam, de los Emiratos, los dirigentes de Abu Dhabi enviaron telegramas de felicitación al presidente iraní Hassan Rohani, expresando su deseo por que el acuerdo alcanzado en Viena “reforzase la seguridad y la estabilidad de la región”. La misma buena disposición ha mostrado Qatar, Kuwait y Dubái, donde existe una importante comunidad iraní, muy dinámica y donde tienen su sede un buen número de empresas internacionales que aguardan con impaciencia el levantamiento de las sanciones y la apertura del mercado iraní. Solo ha mostrado su inquietud el Reino de Bahréin, en manos de una monarquía suní que reina con el apoyo de Riad, con mano de hierro, una población en su mayoría chií.

“Esta actitud no tiene nada realmente sorprendente”, comenta un diplomático francés. “Para la mayoría de Estados árabes de la región, la principal inquietud, a corto plazo, no es una hipotética bomba iraní, sino la dislocación de Siria, el desmembramiento de Irak y el peligro que representa el Estado Islámico en la región”. Bien es verdad que el Estado Islámico es, en Siria y en Irak, el adversario número uno de Irán, que apoya los regímenes de Damasco y de Bagdad; en Siria, frente a los occidentales, que respalda a los contrario a Bachar; en Irak, junto a los occidentales que han desplegado aviones y algunas tropas terrestres para proteger el régimen.

Los negociadores occidentales así lo aseguran: la implicación abierta de Teherán en estos dos conflictos y su influencia en la crisis del Yemen nunca han interferido en la negociación nuclear, pero la diplomacia rusa estima que el regreso de Irán al panorama diplomático internacional —lo admitan o no las monarquías suníes—es una nueva geopolítica regional favorable a una nueva iniciativa para acabar con la crisis siria, poner en marcha una gran coalición entre el Estado Islámico, con todos los protagonistas actualmente implicados por separado en este conflicto, incluido el régimen de Bachar el Asad…

Traducción: Mariola Moreno

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