Crisis en la eurozona

Alemania o la supremacía de las normas

La canciller alemana, Angela Merkel.

¿Quedarse en Alemania o ver más allá? Harald Schumann nunca se había planteado nada parecido, por incongruente. Pero, actualidad manda, así que este conocido periodista alemán tuvo que plantearse la pregunta. Las dificultades halladas a la hora de hacer entrar en razón a sus conciudadanos, en lo que a la cuestión griega respecta, explica en buena medida su hastío. Tras el acuerdo de Bruselas, al que el primer ministro griego Alexis Tsipras dijo sí, Schumann, autor de un reciente documental sobre la Troika emitido en el canal francoalemán Arte, llegó a hablar de “protectorado”. En Alemania, eso sí, no son muchos los que se expresan en unos términos tan críticos. 

En la redacción del Tagesspiel, el diario berlinés en el que trabaja, la crisis griega sale a relucir en las conversaciones. “A veces me miran de forma un tanto inquisitorial. El ambiente ha cambiado; en ocasiones, se percibe tensión. Me toman por el portavoz de Tsipras”. Schumann trata de explicar, sin éxito, cuanto ocurre en Atenas, las consecuencias de la austeridad, las consecuencias concretas de las medidas impuestas por el BCE, la Comisión Europea y el FMI. En los debates televisivos, los argumentos se superponen, pero no existe un auténtico debate. Siempre se termina hablando de lo que los griegos han hecho mal”.

¿Qué pasa con Alemania? En estas últimas semanas, los dirigentes de la primera potencia europea han hecho gala de una absoluta intransigencia al forzar el pasado 13 de julio a Grecia a aceptar nuevas medidas de austeridad que habían sido rechazadas una semana antes en referéndum. La canciller conservadora Angela Merkel se ha convertido en la nueva Margaret Thatcher de Europa, la que impone una “Europa disciplinaria”, parafraseando al exministro de Finanzas griego Yanis Varufakis. Su ministro de Finanzas, el antipático Wolfgang Schäuble, llegó incluso a proponer un Grexit temporal y, el colmo de las humillaciones, la creación de un fondo con sede en Luxemburgo desde donde se debían controlar los activos griegos entregados como garantía de los nuevos préstamos otorgados a este país, amenazado de quiebra.

Los dirigentes socialdemócratas, aliados en el Gobierno de Angela Merkel, no han sido menos duros. Desde Estados Unidos, el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, a pesar de ser crítico con Tsipras, acusó a Berlín de “pisotear la soberanía griega y de impedir la recuperación económica del país”. Desde París, el expresidente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, dirigió una carta a sus "amigos alemanes" donde llegaba a hablar incluso de diktat. En Italia, en Grecia, en ocasiones se escuchan palabras todavía más gruesas. En las redes sociales o en la prensa, se alude a la Alemania imperial o nazi, la de las guerras y los crímenes del pasado.

Algunas figuras destacadas del país han criticado el acuerdo griego y la austeridad requerida. Es el caso del excanciller socialdemócrata Helmut Schmidt o el filósofo Jürgen Habermas, horrorizado por que su país ha “dilapidado en una sola noche todo el capital político que una Alemania mejor había acumulado en medio siglo”. El Ejecutivo alemán reivindicó por primera vez una Europa bajo hegemonía alemana, al menos así se ha percibido en el resto de Europa y esta percepción define la realidad que cuenta”. Si aún viviera, el Premio Nobel de Literatura Günter Grass, fallecido hace unos meses, a buen seguro habría redactado la continuación de Europas Schande (La vergüenza de Europa), un poema que publicó en 2012 para recordar que la Europa que “pone en la picota” su “cuna, roza el caos”.

Pese a todo, el acuerdo griego no ha chocado en el país. Al contrario. Si los economistas alemanes, en su mayoría ortodoxos, han tomado la palabra, ha sido para responder con dureza a Krugman. Si Angela Merkel ha salido perjudicada, ha sido por no mostrarse tan firme como su ministro de Finanzas, viejo zorro de la política que tiene la costumbre de justificarse echando mano de expresiones empleadas por su abuela, nacida en Suabia [suroeste alemán]. El diario económico Handelsblatt acaba de otorgarle el título de “canciller de la razón”. En los medios de comunicación, en la clase política, incluso entre la opinión pública (al menos, según reflejan los sondeos de opinión), está muy extendida la idea de que los griegos son los que se equivocan y los únicos responsables de lo que sucede. Una vez alcanzado el acuerdo de Bruselas, abundan los comentarios que justifican la posición del Gobierno, en respuesta a las críticas procedentes de todos los rincones del planeta.

“En los medios de comunicación y en el mundo de la política, se ofrece una interpretación muy homogénea de la crisis”, lamenta Jakob Augstein, director de Der Freitag, publicación que llevó en primera un fotomontaje de Tsipras en el que aparecía pisoteado por un zapato europeo. Existe una especie de marco intelectual del que es difícil salir: “Los griegos no han hecho bastantes esfuerzos, tienen que ahorrar. Si lo hacen, les irá mejor. Si no quieren no les daremos más dinero”. Que esta crisis sea más compleja, que tenga que ver con el sistema financiero mundial, que el Estado griego presente disfunciones, que los desequilibrios internos en la eurozona sean problemáticos –precisamente por la potencia económica–, que esta crisis tenga implicaciones políticas mayores, como el futuro del continente europeo… estas cuestiones no se quedan al margen, la gente no es idiota, pero siguen permaneciendo en un segundo plano”.

“La situación es peligrosa”, apunta Augstein, un apellido muy conocido en Alemania, no en vano es hijo del célebre fundador del semanario Der Spiegel. “Los alemanes creen comportarse de forma razonable, piensan que tienen razón, pero este sentimiento se transforma en una especie de sentimiento de virtuosismo sobre los demás, lo que termina por parecerse bastante a la arrogancia”.

“A veces me da la impresión de que estoy librando una cruzada contra el embrutecimiento colectivo de mi propio país”, lamenta Ulrike Guerot, ensayista y fundadora de la European Democracy Lab de Berlín. “Quién bloquea el discurso? ¿Dónde está nuestra intelectualidad? ¡Hace meses que el centro del debate no es la unión política, sino las conversaciones sobre la confianza perdida, las reformas que Tsipras debe hacer para volver a crecer!”. La crisis griega, que suscita un intenso debate político transnacional, tiene al menos un mérito, el de redescubrir las realidades de la Alemania de hoy, un gigante europeo convencido de de haber tomados las decisiones económicas correctas. Pero también coloso que envejece, una parte de cuya opinión pública se radicaliza.

"Pacta sunt servanda"

Para ponerse en el imaginario alemán, es necesario darse una vuelta por el Bundestag. El 17 de julio, los diputados alemanes votaron a favor del tercer plan de ayuda a Grecia, excepción hecha de los aproximadamente 60 parlamentarios abiertamente partidarios de un Grexit. Más allá de algunas de las frases solemnes que se oyeron (el eventual “caos” si no se hacía nada, una fórmula muy recurrente en todas partes), las palabras que ese día pronunció Angela Merkel evidencian un universo léxico muy poco político.

La canciller ha hecho campaña a favor del euro, extensión del marco alemán que Alemania abandonó con sólidas garantías: “Más que una moneda, el euro es la encarnación de la idea de la Unión Europea”. Aludió a la “confianza perdida” en Tsipras a raíz de la convocatoria del referéndum. Presentó la Unión Europea como una “comunidad de destino, que también es una comunidad de derecho”. Pacta sunt servanda, dijo en latín en el texto: “Las convenciones se cumplen”. Un latinajo jurídico tan viejo como el derecho.

El mensaje era claro: en Europa primero son las normas, tal y como recogen los tratados (Roma, Maastricht, Lisboa, TSCG etc.). En este registro jurídico, la diputada conservadora del CDU Gerda Hasselfeldt pone el toque paternalista, al hablar de los Hausaufgaben que cada Estado miembro debe hacer –palabra empleada para designar los deberes escolares–. La vicecanciller socialdemócrata Sigmar Gabriel aboga por un “programa de ayudas con condiciones claras”, que permite “cambiar las estructuras políticas” de Grecia, que se describen como gangrenadas por la corrupción y el rechazo al pago de impuestos.

A este discurso jurídico y moral, la oposición responde con argumentos políticos: “¡Estáis destruyendo Europa!”, acusó a Wolfgang Schäuble el jefe de filas del partido Die Linke, Grégor Gysi. “Humilla al Parlamento griego. Con su comportamiento de gran potencia, su indiferencia social, su obstinación, destruye el patrimonio de los grandes europeos, de De Gaulle a Willy Brandt, pasando por Helmut Kohl”, espetó Sarah Wagenknecht, diputada de Die Linke. “Su divisa, el pasado fin de semana, era el Nuevo Testamento. Ojo por ojo, diente por diente”, añadía la presidenta del grupo ecologista. Pero el peso de ecologistas y representantes políticos de Die Linke es muy minoritario en el Parlamento…

Este rechazo a la política, la insistencia en el respeto escrupuloso de las normas, es cosa –por supuesto– de Angela Merkel, verdadera anguila que ha acabado con todos sus oponentes y que debe su popularidad, tras diez años en el poder, a que nunca dice nada sustancial y a que no suele cambiar de opinión. Aunque también tiene su origen en la propia historia alemana. Desde la Segunda Guerra Mundial, el Estado federal, que ha inspirado notablemente las instituciones de la Unión Europea, es por encima de todo una construcción jurídica. Tras  Weimar y el nazismo, Alemania desconfía de los líderes demasiado carismáticos y rechaza cualquier injerencia política en la economía y la política monetaria.

“En el fundamento de la intransigencia alemana sobre el respecto de las normas, existe toda una mitología de la Alemania año cero (Stunde Null), después de la reconstrucción (Wiederaufbau) y del milagro económico (Wirtschaftswunder)”, recuerda Johann Chapoutot, profesor universitario en París III Sorbona nueva, especialista en Alemania. “En las familias alemanas cohabitan esta memoria de la catástrofe –el nazismo y los crímenes cometidos, el hundimiento monetario de 1923 y de 1945-48– y una memoria de la resurrección. Los alemanes tienen la sensación de habérselas apañado, de haber aprendido de la historia, porque se han hecho virtuosos y han trabajado como mulasapañado. Uno de los instrumentos de esta resurrección pasa por haber situado la moneda fuera del alcance del Gobierno: las políticas monetarias son completamente independientes en Alemania desde 1949”.

“La idea que prima en las conversaciones es que en Alemania se saben hacer las cosas. El BCE es calcado al modelo alemán, lo que aporta legitimidad al argumento”, razona Barbara Kunz, del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). “Así, para muchos, el debate sobre Grecia es ante todo macroeconómico. Tienen dificultades para ver su dimensión política y diplomática. La falta de dimensión política en el Gobierno Merkel refuerza este prisma”. Así, en la opinión pública ha arraigado sin gran esfuerzo una especie de irritación frente a los griegos, que parecen encontrar un deleite perverso en no tomarse la poción ejemplar que se les recomienda.

Que el remedio recomendado no funcione, es lo de menos. Que los acreedores condonaran la deuda a Alemania en 1953, no se considera un argumento muy válido. Que el país siga sin respetar el famoso déficit del 3% del PIB establecido por Maastrich, parece haber caído en el olvido. La élite alemana prefiere hablar del campeón mundial de las exportaciones que ha sabido responder a los desafíos de la competitividad bajando el coste del trabajo gracias a las reformas llevadas a cabo por el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder a principios de este mismo siglo.

En este contexto, el “hartazgo de pagar por ellos” es un argumento político simple, pero muy eficaz, que la derecha y los socialdemócratas hacen suyo sin ningún problema. El vicecanciller Sigmar Gabriel, jefe del SPD, declaró al muy influyente tabloide Bild Zeitung a mediados de junio: “No nos dejaremos impresionar. No haremos pagar las promesas electorales de un Gobierno en parte comunista a los empleados y familias alemanes”.

Las corbatas de Varufakis

“Algunas personas hasta ahora moderadas, por ejemplo periodistas, han perdido la paciencia estos últimos meses”, contesta Ulrike Guerot. “Por ejemplo, dicen: 'Schäuble tiene razón, Varufakis exagera'. Hay una derechización en el entorno político, una falta de valor de la prensa a la hora de ir en contra de la opinión pública. A la fuerza, en cinco años, poco gente ha hecho el esfuerzo de explicar la crisis griega a los alemanes, están obnubilados porque han pagado. Durante este tiempo, se les ha contado la hazaña de las exportaciones, de la que sólo se beneficia una minoría de la población”.

Harald Schumann abunda en este sentido: “En los últimos cinco años, apenas hemos leído y oído que los planes de rescate de Grecia han servicio sobre todo ¡para salvar los bancos alemanes y franceses! Se nos machaca con que somos los alemanes ejemplares contra los griegos insolventes. Merkel lo ha dicho, pero también el diario Bild y otros medios de comunicación. Muchos políticos han constatado que esta retórica funcionaba muy bien con los electores. No sorprende. Hace 15 años que la clase media alemana ve cómo se cuestiona su confort material. Se han visto cada vez más amenazados. Y, como siempre ocurre en esos casos, el más débil es quien paga los platos rotos. Los griegos son el objetivo ideal. Podrían ser los inmigrantes, pero la historia alemana lo impide: la inmensa mayoría de la población reprocha los ataques contra los extranjeros, de producirse”.

“Las clases populares han hecho importantes sacrificios estos últimos años, incluidos aquellos derivados de alguna toma de decisión más que discutible de Gerhard Schröder. Tienen la sensación de haber perdido mucho”, confirma el secretario de Estado francés de Comercio Exterior, el socialista Matthias Fekl, nacido en Frankfurt de padre alemán y madre francesa. Y añade una explicación a este refuerzo colectivo: el envejecimiento de la población, en un país demográficamente átono. “Alemania se preocupa por el mantenimiento del sistema de pensiones, lo que deriva en una importante crispación a la hora de defender la moneda única y el ahorro”.

“De hecho, Merkel y Schäuble son los grandes tesoreros en dos sentidos: los grandes tesoreros presupuestarios y del Estado federal, pero también de sus electores”, analiza el historiador Johann Chapoutot. “Aplican las políticas que reclama su electorado, mayoritariamente jubilado, obnubilados con la meteorología y con el montante de sus pensiones por capitalización, después de la reforma del sistema de pensiones de Gerhard Schröder que supuso su privatización”.

En este contexto, todo el espectro político se desplaza a la derecha. Similar a lo que sucede en Francia, salvo que esta radicalización se traduce en el país vecino en un pánico identitario (con el ascenso del Frente Nacional) y en Alemania en un pavor económico y monetario. La extrema derecha, el movimiento Alternative für Deutschaland, tiene su germen en un programa nacionalista de ruptura con el euro.

Aunque hay excepciones, muchos periodistas o medios de comunicación han conectado con esta retórica: “El tratamiento mediático, y sobre todo en lo que respecta a la opinión o los análisis, es tremendamente unívoco”, observa Stefan Nieggermeier, conocido crítico de prensa. Más allá del Bild Zeitung, que hace años que lleva a cabo un metódico trabajo de minado, flirteando a menudo con el racismo antigriego, los “medios serios han adoptado un tono curioso, dando la sensación de tomar partido. A menudo se sitúan en el “ellos” contra “nosotros”. Insisten mucho en los detalles superficiales como el hecho de que Varufakis, muy crítico con la línea alemana, viaje en moto o no lleve corbata. De la manera en que se percibe la actitud de Alemania en el mundo no se habla demasiado”.

En su blog, Niggermeier ha recopilado varios ejemplos, como la consternación evidente, ante los griegos, del corresponsal de la televisión pública ARD en Bruselas, en la que alguien del entorno de Tsipras recibe duras críticas de los contertulios, con el beneplácito del público, o en la épica conexión en directo de un enviado especial a Atenas de la ZDF, la otra cadena pública germana, la noche del referéndum. Ajeno a la realidad, se enfada y toma a los proSyriza por antiTsipras.

“En esta actitud hay una mezcla de autojustificación –somos los buenos, lo hemos hecho todo bien– de los viejos clichés contra los países del sur de Europa y la impresión de que los alemanes siempre han sido buenos europeos y que es una curiosa forma de agradecérselo”, sigue Nieggermeier. “Si hace un año me dicen que periodistas completamente honestos romperían así las reglas más elementales del oficio, en lo tocante por ejemplo a la verificación de las informaciones en off próximas al Gobierno alemán o del respeto de las contradicciones, francamente, no lo habría creído. Es grave y deprimente”, prosigue el periodista Harald Schumann.

“Europa alemana”

En los fundamentos de esta opinión, por supuesto encontramos algunos tópicos estúpidos sobre los griegos. “Sin generalizar, lo que a veces se oye tiene que ver con el Mediterráneo racista y colonialista… ¡Igual que en Francia cuando se habla de los marselleses y de los corsos! Los griegos nos caen bien, a veces incluso los adoramos, pero son como la cigarra, gente un poco vaga y tramposillos”, explica Johan Chapoutot. Con Grecia, la relación es complicada por la historia contemporánea (la violenta ocupación nazi y los muy antiguos vínculos entre los dos países). En Alemania, las élites alemanas alaban la cultura helénica desde hace siglos como ideal de civilización, de ahí la tesis de la “decepción” alemana ante la Grecia actual.

Pero fundamentalmente, este endurecimiento ideológico tiene que ver sobre todo con el regreso, tras la reunificación de 1990, de los preceptos económicos de los inicios de la República Federal Alemana. La teoría del ordoliberalismo, poco conocida en Francia, fue desarrollada en los años 30 y consustancial al milagro económico alemán. “El padre del milagro económico alemán, el canciller Ludwig Erhard (1963-66), simboliza a la perfección esta teoría económica”, cuenta Johann Chapoutot. “Para él y los demás economistas ordoliberales, ni los comunistas ni el capitalismo eran una opción. El recuerdo de la República de Weimar, que vivió a crédito y declaró la bancarrota, pero también el recuerdo del desbarajuste financiero del Tercer Reich, eran vívidos. La tercera vía, es por tanto el ordoliberalismo”.

El ordoliberalismo, que crea el marco de la cultura de la norma, separa la política de la economía y del control de la moneda. Esta “verdadera religión de Estado”, según Johan Chapoutot, ha influido mucho tanto en la CDU conservadora como en el SPD y ha inspirado igualmente las normas, las instituciones europeas y a los tecnócratas bruselenses: los alemanes, para quien Europa es un espacio político de relevancia, están al frente de numerosas instituciones (el Parlamento, el Banco Europeo de Inversiones, el mecanismo europeo de estabilidad etc.).

El problema radica en que el ordoliberalismo se revela “una forma más extrema del neoliberalismo”, tal y como sugiere el investigador Hans Kundnani. “El ordoliberalismo fue concebido para que el Estado nación alemán evitara los defectos económicos del dejar-hacer y del nazismo. Pero no sirve para gran cosa a la hora de hacer una moneda única sostenible”, añade Kundnani.

En el prisma de la dominación intelectual del ordoliberalismo en Alemania en los partidos políticos, se comprende mejor el pavor que representa un partido de izquierda radical que pretende volver a discutir las reglas comunes, defendiendo que la reactivación llegue antes por la vía de la inversión que por el ahorro. “Una parte de la derecha alemana quiere acabar con el partido de izquierda radical que es Syriza”, asegura Matthias Fekl. Lo mismo le pasa al SPD, que no ha escatimado ataques a la hora de criticar el referéndum griego. “Tsipras ha cortado los últimos puentes entre Grecia y Europa”, llegó a decir el vicecanciller Sigmar Gabriel. El presidente del Parlamento europeo, Martin Schulz, manifestó su voluntad por contar con un Gobierno de tecnócratas en Atenas.

El SPD no ha tardado en dar marcha atrás, pero sus dirigentes parecen perdidos. “Gabriel ya no sabe dónde vive. Dice una cosa y la contrario. La dirección del SPD es oportunista. El partido sigue cavando su propia tumba alegremente y se hunde cada vez más, elección tras elección”, apunta Johann Chapoutot. Para el investigador Jean-François Bayart, el acuerdo griego es un intento de normalización ideológica, similar al golpe de Praga de 1968.

Hace cinco años que la crisis de la deuda ha reabierto el debate de la hegemonía alemana, cuya potencia económica crea desequilibrios en cascada en la zona euro. “Hay una nueva cuestión alemana, geoeconómica y ya no geopolítica como sucedía principios del siglo XX”, defiende Hans Kundnani. El sociólogo Ulrich Beck, que describe Alemania como “imperio accidental”, dirigido por una Merkel-Maquiavelo, escribió un libro en 2012 al respecto. Der Spiegel tituló a principios de año “The German Ubermacht” (La todopoderosa alemana), con una Angela Merkel sonriente al lado de los ocupantes nazis del Partenón. La portada supuso una fuerte polémica.

Alemania no quiere dominar Europa. No obstante, sus dirigentes piensan que en materia económica, hay una especie de ciencias exactas que han sabido aplicar con éxito”, afirma Barbara Kunz, de la IFRI.

El periodista Jakob Augstein es más pesimista. “Schäuble, que es un europeísta convencido, sabe muy bien que los griegos no pueden pagar sus deudas y por eso pide un Grexit. Desde el punto de vista de la técnica financiera, parece razonable. Políticamente, es una auténtica locura. De ahí, la pregunta: ¿cuál es la finalidad política de este Gobierno? En mi opinión, no quieren una Europa europea, ni una Alemania europea, sino una Europa alemana. Estas ansias de poder me preocupan. Lo peor es que en el fondo no se trata de eficacia económica. Angela Merkel, preguntada un día por su visión de Europa, respondió: “Quiero que Europa sea competitiva” con relación a China, Estados Unidos. Esa es su visión. Es muy débil cuando se piensa en las ambiciones de Adenauer, Schumann, Kohl y Mitterrand.

“Europa y Alemania están a punto de dar un giro a su historia. Va a plantearse la cuestión de salto de integración. Alemania debe asumir las responsabilidades que se corresponden con su peso en Europa”, afirma el secretario de Estado francés Matthias Fekl. Dicho de forma menos diplomática: no pensar nada más que en sus propios intereses, aceptar correr riesgos, lanzar iniciativas políticas y no solo refugiarse detrás de las reglas y los argumentos contables. Y aceptar democratizar las instituciones europeas. Es la apuesta de François Hollande, con su idea de presupuesto y de Parlamento de la eurozona. Pero en esta Europa más integrada, las normas de hierro del ordoliberalismo bien pueden seguir siendo las mismas.

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Traducción: Mariola Moreno

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