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El calvario de tramitar la jubilación en Francia

El calvario de tramitar la jubilación en Francia

Coraline trocea melón en un plato, que lleva a la mesa de la terraza. Las palmeras, los rododendros, el mar azul a lo lejos, el ambiente está tranquilo. Al otro lado de la cristalera, la cama de hospital de su padre, Patrice. El hombre viste, bajo la camiseta, un mono que le cubre y comprime todo el torso y los brazos; tiene cubiertas las piernas con medias elásticas y en el cuello lleva un collarín de plástico. Patrice Claude se autoinmoló el pasado 27 de abril, delante del organismo Caisse de retraite du Sud-Est y hace un mes que ingresó en un centro de rehabilitación de Hyères, especializado en el tratamiento de grandes quemados. Tras permanecer 15 días en coma inducido para minimizar los dolores, los médicos le hicieron múltiples injertos. En la actualidad, ya puede caminar por los pasillos, saluda a los pacientes de las habitaciones vecina, charla distendidamente con el enfermero. “Lo que todavía no puedo hacer es levantar los brazos o agacharme. Si me agacho, me caigo”. Resulta difícil de creer que este hombre jovial y bromista, una tarde de abril, pudiese rociarse con alcohol y prenderse fuego.

Patrice Claude es fotógrafo. Incluso, en otra vida, llegó a crear una compañía de teatro infantil. Se trasladó al sur de Francia hace 20 años, poco después de que naciese su hija, Coraline. Trabajador discontinuo del mundo del espectáculo, en los últimos tiempos vivía de las ayudas sociales, tras agotar el subsidio de solidaridad específico. Como también está operado de las cervicales, también percibía una ayuda por invalidez. En enero de 2016, a medida que se acercaba el momento de la jubilación, Patrice inició trámites correspondientes en el organismo Carsat Sud-Est, en Marsella. “Al principio, todo fue muy bien, me dieron cita, incluso era bien recibido”.

Pero, después de llevar a cabo obras de reforma, el Carsat relegó la zona de recepción al final del edificio, al pie de las oficinas que ocupan una de las torres más altas de la ciudad. “Mi expediente quedó bloqueado. La Carsat me reclamaba un papel del seguro complementario de salud que éste aseguraba haber enviado ya. Nadie daba su brazo a torcer”. Patrice, oficialmente jubilado desde el pasado 1 de mayo, comenzó a impacientarse conforme se acercaba la fecha. Volvió varias veces al organismo, para informarse. Le pidieron entonces que reclamase por correo otro documento, sobre el servicio militar –“tres días en los años 70”, bromea Patrice–, que también solicitó sin éxito. El 27 de abril volvió por última vez a la Carsat, donde habló con una empleada. “Me dijo que mi expediente lo llevaba fulana de tal, que se había marchado 15 días de vacaciones. En tres días me jubilaba y, en ese momento, se me fue la cabeza”. No consiguió entrevistarse con ningún superior, pese a sus intentos, aunque sí logró hablar con una segunda empleada, que le aseguró que su expediente se cursaría en plazo.

Patrice volvió a casa y preparó la habitación que iba a ocupar, durante unos días, su hija Coraline, actriz en París. Incluso llevó las sábanas a la lavandería. Después envió un e-mail a la Carsat, solicitando que “lo paralizase todo”. Volvió al organismo y se inmoló. “Me planté delante del edificio, para que no hubiese ningún error, para que se supiera que era por ellos”. Dos jóvenes vieron a Patrice en llamas, le cubrieron con la chaqueta para apagar el fuego. Los vigilantes de la Carsat se ocuparon de inmediato de él y lo llevaron a las duchas del edificio hasta que llegó el personal sanitario. Los periódicos locales se hicieron eco del asunto e incluso el caso llegó a oídos de la ministra de Sanidad, Marison Touraine, que al día siguiente telefoneó al hospital marsellés para interesarse por el hombre. El 28 de abril, se movilizaron en todo el país los trabajadores temporeros; era una época de protestas, el ambiente estaba crispado.

Pese al revuelo, la Policía esperó al viernes, tres días después de la inmolación de Patrice, para avisar a su hija. Coraline está en el metro de París, no entendió bien el mensaje. El policía lo repitió, la mujer terminó así por comprender lo sucedido y cogió el primer tren con destino a Marsella. “Mi padre no estaba deprimido, ni es un suicida. Al contrario, se cuidaba, cuidaba lo que comía, le encantaba cocinar productos frescos. Quizás, antemi inminente visita, al no tener medios para recibirme correctamente, ¿le entró el pánico?”. Tres meses después, Patrice explica lo sucedido: “Vivo de alquiler, no tengo ahorro, estoy acostumbrado a vivir así, con pocos medios. Sabía que mi pensión sería mínima, no me importa. Pero tuve la sensación de que de un día para otro, me iba a ver sin nada, sin ingresos”.

Una vez en Marsella, tras ver a su padre debatirse “entre la vida y la muerte”, según los médicos, Coraline escribió un post para contar lo sucedido. El texto se hizo viral en Facebook. Coraline participó en el movimiento indignado Nuit debout, en Marseilla, y logró organizar a un grupúsculo, un colectivo improvisado que integran sindicalistas, indignados o simples usuarios del servicio público. Juntos, tratan de sensibilizar a la Carsat, y a los que acuden al organismo, del drama de Patrice; para ello, reparten información y organizan manifestaciones. Sentados alrededor de un café, en el centro de rehabilitación de Hyères, Coraline le dice a su padre: “Fuiste tú el que abrió el baile, yo lo único que hice fue seguirlo”.

En la Carsat de Marsella, Anne Dumontel y Élodie Meissel, directora y subdirectora de pensiones respectivamente, aseguran que “hace semanas que viven con lo ocurrido”. “Ha sido un enorme shock, normal que nos afecte”, explican las mujeres. No ocultan tampoco su “sorpresa”, afirman que el expediente de Patrice Claude era “un expediente normal”, que no tardó demasiado en tramitarse. El jubilado, que a los 62 años no había cotizado el tiempo mínimo requerido, podía beneficiarse de la ayuda Aspa, conocida como pensión mínima de vejez. Su pensión total ronda los 800 euros. “Somos 1.500 trabajadores. Por supuesto que el hecho de que una persona esté de vacaciones no pone en peligro un expediente”, destaca Anne Dumontel. “Para percibir la ayuda Aspa, es verdad que se requiere algo más de tiempo, porque hay que hacer diferentes comprobaciones en distintos organismos, con el fin de verificar que todo es correcto... Pero se le dice que todo estará listo el 1 de mayo y que cobrará su primera pensión el 9 de junio”. Su colega añade: “La jubilación es un momento complicado para todo el mundo, podemos entender que se sintiese impotente”.

Administrativamente, el expediente quedó desbloqueado el 28 de abril, un día después de la inmolación. “Todo se movió porque la inmolación de mi padre”, asevera Coraline. “En general, hacemos la notificación unos días antes de la fecha de jubilación, estamos ante una desgraciada coincidencia”, mantienen en la Carsat. El organismo destaca sus “buenos resultados”; los expedientes se tramitan en un tiempo medio que ronda entre tres y cuatro meses, el 96% de los pagos se efectúan en plazo, el 90% de los jubilados quedan “satisfechos con el trato con la Carsat”, según se desprende de una auditoría externa (realizada durante un mes a 300 personas).

Los testimonios, recabados por e-mail o de los que tiene constancia directa Coraline Claude tras la inmolación de su padre, difieren. “Presenté mi solicitud en noviembre”, explica una mujer, jubilada desde abril y que en mayo seguía sin recibir noticias. “Desconozco cuál es el montante de la pensión que voy a percibir. He tenido que demostrar que había cesado mi actividad como asalariada el 31 de marzo. Ya no tengo derecho a las prestaciones por desempleo, ¿cómo se puede salir adelante financieramente?”. Otro testimonio, de mayo: “Presenté mi solicitud de jubilación hace más de 6 meses y 10 días... Es imposible contactar directamente con la persona que se ocupa de mi expediente para saber cómo va. ¡Ya no sé qué hacer para percibir lo que me corresponde”.

Boris, hijo de un artista, pintor jubilado, abunda en ese sentido: “El expediente de mi padre se desbloqueó tras... la inmolación de Patrice. Su caso llevaba en espera cuatro años”. Todo por culpa de una trayectoria profesional un poco zigzagueante de un hombre “marginal, que tiene una relación muy problemática con la Administración”, precisa su hijo. “Ha tenido que agotar todas las micropensiones a las que tenía derecho para conseguir la pensión de vejez. Entre una cosa y otra, ha estado un año sin percibir ningún ingreso”. La Carsat le adeudaba, desde 2013, según Boris, 14.000 euros. “Terminé por ocuparme yo; estuve llamando tres veces por semana durante tres semanas al agente que se encargaba de su expediente. Cuando Patrice se inmoló, descargué mi rabia, les dije que tenía la impresión de que se estaba librando una guerra contra los pobres. Se enfadaron y en medio día se había resuelto todo”. Su padre percibió casi 10.000 euros y comenzó a percibir la pensión.

Las dificultades a la hora de tener acceso al expediente personal parece un problema recurrente. “No tratamos con ninguna persona física que sepa de primera mano cuál es nuestra situación”, explica Patrice Claude. “Es imposible subir al edificio, tener acceso al expediente. Siempre es el ordenador el que decide”. Desde 2012, la Carsat funciona con un sistema “de cita” por e-mail y por teléfono. También cuenta con un sistema de recepción de autoservicio, que atienden dos empleados que remiten también ellos a una pantalla.

Delante de las verjas del edificio de Marsella, bajo un sol de justicia, un puñado de usuarios espera la apertura de puertas. A excepción de un hombre, que viene a buscar un justificante de pago y que dice “no tener ningún problema”, todo el mundo se queja. “Perdí a mi marido, que trabajó toda su vida en Francia, hace un año que espero cobrar la pensión de viudedad”, cuenta una mujer de cabello negro. “Me la denegaron por correo porque no tengo permiso de residencia. Carezco de otros recursos, no puedo pagarme un techo y me debo ir al tribunal. Por teléfono, me han dicho que quizás llevando el pasaporte, me sirva de algo. Por eso he venido”. En varias ocasiones, repite que no ha entendido los correos que ha recibido y “donde no se habla de los derechos que tenemos”.

A su lado, dos amigas se abanican, se refugian del caro a la sombra de un muro. Una perdió a su madre en marzo y contaba con la pensión para pagar las obsequias. Ha tenido que emitir cheques, cuyo pago retrasa con pena: “La Carsat me ha dicho que me faltaba un papel y me han facilitado una dirección de e-mail para enviarlo, pero no me manejo con internet. He venido desde el departamento de Alpes para traer el documento, es más seguro”. Otra mujer también narra la historia de un fallecimiento: “Traté de llamar por teléfono varias veces, nunca responden, además es un número de tarificación especial”. Incluso al precio de seis céntimos el minuto, la línea telefónica destinada al servicio no da abasto, admite Anne Dumontel.

Abdelkader Kherroubi llega con su maletín de piel. Saca un expediente voluminoso, casos administrativos abiertos, muchos de ellos atrasados. Abdelkader Kherroubi es uno de los escribanos públicos de Marsella: se encarga de explicar y de responder los correos de los habitantes que no saben escribir en francés. Cuando se le menciona el retraso que acumula la Carsat, de cuatro a seis meses, sonríe. “Es algo más, creo...”. En su cuaderno, cada página aparece tachada con rayas efectuadas con lápices azul y rojo. Un nombre, una dirección, un número de expediente, la fecha del retorno administrativo, la información que falta. Señala las líneas con el dedo: “Esta mujer lleva diez años esperando recibir la pensión de su marido”; “éste hace 10 meses que espera percibir la pensión”; “en este caso, se abona la pensión a la persona que no es”.... Los clientes de Abdelkader Kherroubi a menudo son inmigrantes, que se jubilan en Marsella o en “zonas rurales”. En la región, como en otras partes, las dificultades que esta población de chibanis [jubilados] encuentra a la hora de cobrar la pensión son una verdadera fuente de enfado.

La Carsat asegura que ha puesto en marcha el mecanismo de “liquidación provisional” que permite desbloquear parte de la pensión en el momento de jubilarse, sin esperar a la conclusión de todo el expediente. Es el caso de Régine Kalfoun. Jubilada desde el 1 de julio, presentó el expediente en marzo. “Todavía me faltan documentos, que no me van a dar antes de septiembre, pero que me permitirán aumentar mi pensión en 200 euros. Mientras, vivo con 300 euros al mes. Afortunadamente, tengo la pensión de mi marido... no sé cómo la gente se las arregla, comprendo que tengan miedo”. Régine fue “muy bien recibida en la Carsat”. “El problema es la mala coordinación con la Caf [oficina de ayudas familiares], te mandan de un sitio a otro. Yo no sé utilizar el mail y llamar por teléfono no merece la pena. A mí me lo han cogido una vez, en abril”.

A Aude, trabajadora temporal y miembro de la coordinadora de trabajadores temporales y precarios, una mujer de pelo corto y voz ronca, le afectó mucho la inmolación de Patrice Claude. Desde entonces, ayuda a Coraline a “tratar de acabar con la opacidad de la Carsat”, empresa privada que realiza un servicio público y que se financia con las aportaciones a la jubilación que hacen los trabajadores (véase la caja negra). “Nos encontramos con un muro. Y el desmantelamiento del servicio público ya supone el gran caos, pero cada usuario piensa que es el único que tiene problemas y nadie hace nada”.

Una opinión que comparte Thierry Sirer, administrador de la CGT de la Carsat Sud-Est (cada Carsat la gestiona un consejo de administración paritario, integrado por administradores asalariados, empleadores, representantes del Estado y de la Federación Nacional de la Mutualidad Francesa). “En el caso concreto de Patrice Claude, por ejemplo, el código de la Seguridad Social dice explícitamente que no pueden interrumpirse las ayudas, por tanto habría seguido recibiendo dichas ayudas hasta cobrar la jubilación. ¿Pero se le explicó así? Para mí, esa es la señal inequívoca de la deshumanización del servicio público”. Pese a todo, el representante sindical se niega a verlo todo negro; se niega a asociar a la Carsat Sud-Est con los escándalos que han salpicado algunas de los organismos homólogos en Francia, responsables de varios miles de pensiones no abonadas, como ha ocurrido en Pas-de-Calais. “Aquí el número de expedientes atrasados es asumible”, explica. “Y las estadísticas están bien, para más de un millón de expedientes, está bien. Pero siempre hay un porcentaje de gente, a menudo más vulnerable, que no se han beneficiado de una buena gestión, que necesita un contacto directo, un interlocutor, cara a cara”. La CGT, en 2012, se opuso al cierre de los centros de recepción en la Carsat Sud-Est.

“Un servicio público debe incluir el contacto con el público”, insiste el sindicalista. Para Patrice Claude, la Carsat “es un aeropuerto con cámaras de vigilancia por todas partes y vigilantes a la entrada”. Medidas necesarias en un inmueble de muchas plantas, replican desde la Dirección, y sobre todo, para hacer frente al “incivismo”: “Todos los días hay gente que agrede a algún empleado. La gente cree que vienen a buscar algo que va a recibir inmediatamente”, dice Isabelle Dumontel. Pero, ¿quién enerva a quién? “Pasé por lo mismo que Patrice, me quedo corto si digo que su gestó me afectó mucho, dice Alain Bonnefoy, un futuro jubilado y, mientras tanto, emprendedor. La Carsat, la Urssaf, la Caf, el RSI, todos esos organismos han cerrado sus puertas, los usuarios le hablan a un interfono, o a un contestador, es humillante... Sé perfectamente que no es culpa de los trabajadores, pero hasta la persona más amable del mundo puede tener una salida de tono y venirse abajo”.

Patrice pensó mucho en ello, “en la violencia gratuita, contra la Carsat, pero no es mi estilo”. Revertir esa violencia contra sí mismo, es algo común entre los que se inmolan. En Francia, una persona se inmola cada 15 días en un espacio público, a menudo delante de una Administración, según la investigación de la periodista Olivia Colo y el fotógrafo Samuel Bollendorff. Basta con echar un vistazo a las páginas de sucesos de la prensa regional de los últimos meses para ver la magnitud del desastre.

El pasado 6 de junio, un hombre de 46 años se presentó en el ayuntamiento de Veyrins-Thuellin, donde se inmoló. Un mes ante, lo había hecho una mujer de unos 40 años, delante de la Caf. En abril, la inmolación se produjo en la plaza de la República, en París. El 14 de julio, una mujer “demandante de la prestación social mínima”, según el diario Corse-Matin, se roció con gasolina ante el Consejo General de Marsella. “Hay que sacar esos casos de las páginas de sucesos”, suplica Coraline Claude. “Cuando mi padre se autoinmoló, un psiquiatra fue a verlo al hospital, pero ¿ha ido a visitar la Carsat algún psiquiatra?”.

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Traducción: Mariola Moreno

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