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Catherine Deneuve, #MeToo y los besos robados

El productor estadounidense Harvey Weinstein.

“Catherine Deneuve y un centenar de mujeres francesas denuncian el totalitarismo de #MeToo#MeToo”. El titular de The New York Times, sobre la columna firmado por un centenar de mujeres, que defienden en Le Monde la “libertad de incomodar”, es sencillo, inédito y justo. Con el pretexto de defender el “ligoteo insistente” o la “galantería”, el texto es una denuncia, incluso una reacción, en el sentido estricto del término, a los millones de #MeToo y de #BalanceTonPorc (#DenunciaATuCerdo) que han inundado las redes sociales, en Francia también, desde que estalló el caso Weinstein.

“Esta fiebre de enviar a los 'cerdos' al matadero, lejos de ayudar a las mujeres a hacerse autónomas, en realidad beneficia a los enemigos de la libertad sexual, a los extremistas religiosos, a los peores reaccionarios”, escriben Catherine Deneuve, Catherine Robbe-Grillet, Peggy Sastre, Élisabeth Lévy, Brigitte Lahaie o Sophie de Menthon. Hablan de “puritanismo”, de “ola purificadora”, de “justicia expeditiva” de hombres “obligados a asumir su responsabilidad”, de “odio a los hombres y a la sexualidad”, de “clima de sociedad totalitaria” y efectúan una exculpación francamente inquietante de aquellos que van “buscando roce en el metro”.

El hecho de que la “ola purificadora” proceda de Estados Unidos no se menciona explícitamente en el texto, pero influye claramente, como si eso bastase para minimizarla, burlarse de ella o rechazarla.

Visto desde Estados Unidos, el grito de espanto de las autoras en Le Monde parece increíblemente inapropiado. Caricaturiza pura y simplemente un movimiento de gran importancia. Sale al rescate, si se ha entendido bien, de una especie de concepción azul, blanca y roja de la seducciónconcepción azul, blanca y roja; sobre todo es la manifestación de esta tendencia de Francia a transformar sistemáticamente cualquier debate sobre la violencia sexual en una defensa atemorizada de no se sabe qué identidad francesa amenazada.

Al otro lado del Atlántico, lo que se produce no es ni una caza de hombres ni la manifestación de un miedo enfermizo al sexo, ni un nuevo maccarthismo castrador de feministas histéricasmaccarthismo que querrían prescindir de los hombres.

Simplemente, y esta simplicidad es histórica, se trata de un momento en que las mujeres cuentan sus vivencias, se dan cuenta de que no son las únicas, se animan unas a otras, piden cuentas a los que abusan de su posición de poder para obtener favores sexuales no consentidos (las víctimas son a menudo mujeres, a veces hombres).

Un momento en que los hombres no hablan. Por una vez, escuchan y se callan. Es raro, vuelve a plantearse.

La ola generada por el 'caso Weinstein'

Desde que estalló el caso Weinstein en octubre, la ola no se detiene. Celebridades americanas del mundo del cine, estrellas de la televisión que aparecen todos los días en la pequeña pantalla, políticos demócratas y republicanos (nacionales y municipales), se han desplomado de su pedestal, por diferentes violaciones o agresiones. También por relaciones sexuales no deseadas, besos insistentes, acoso continuo, toda una serie de actos impuestos, obligados, no consentidos (un centenar, según esta web, que los contabiliza). La mayor parte del tiempo, porque varias mujeres han señalado que estos actos son reiterados. A veces incluso, sí, no ha habido contacto físico, como en el caso del humorista Louis C.K., que tomó por costumbre masturbarse delante de jóvenes aspirantes a comediantes: eso no impide la violencia ni  la humillación.

El último denunciado ha sido el actor James Franco, a quien cinco mujeres acusan de pedir sexo a cambio, si se puede decir, de un futuro. Una de ellas, Sarah Tither-Kaplan, antigua alumna de Franco, coloca el debate en el nivel que merece: “Abuso de poder”, una cultura sistemática “de explotación de mujeres que no son famosas”, en la idea de que las mujeres son sustituibles. Objetos, “ganado”, “trozos de carne”, han explicado algunas mujeres que han relatado los gestos fuera de lugar y a veces las agresiones sexuales cometidas por el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Por encima del enorme trabajo realizado por las redacciones de The New York Times y de The New Yorker en el caso Weinstein, el momento #MeeToo se caracteriza también por investigaciones de calidad llevadas a cabo por los grandes medios americanos que se interesan por la violencia sexual en Hollywood y en Silicon Valley, pero también por el acoso en el mundo laboral, en las fábricas, entre las empleadas domésticas, y –sí, sí– le dan la palabra a los hombres.

Cuando una fabuladora, al servicio de una oficina de ultraderecha, se presentó ante una periodista de investigación de The Washington Post para denunciar la supuesta violación cometida por un político, enseguida fue desenmascarada –la sesión, filmada, en que la periodista Stephane McCrummen entrevista a la mujer es una lección de precisión y de deontología periodística–.

De momento, salvo error por parte de quien esto escribe, los hombres denunciados alegremente son muy minoritarios por lo que la gran injusticia cometida contra los hombres es imaginaria. Y contrariamente a las ideas recibidas, los argumentos morales o “puritanos” que podrían denotar cierto “pánico sexual” están lejos de ser mayoritarios.

Por su parte, la América conservadora o reaccionaria, algo molesta, prefiere (de momento) evitar el tema. Lejos de estar horrorizada por el sexo o ver en cada hombre un potencial agresor, mujeres como la actriz Lupita Nyong’o o la periodista de The New York Times Jessica Bennett, entre otras, preguntan con delicadeza sobre el consentimiento, exploran esa zona gris en que presuntamente se pudo producir un contacto físico, incluso sexo, sin consentimiento.

“Republicanismo aristocrático”

En la página web de la revista The New Yorker, la periodista Lauren Collins, que vive en París, critica el texto, sus “argumentos rebatidos”, las numerosas confusiones que conlleva, sus contradicciones, el modo en que el manifiesto minimiza las agresiones sexuales. Pero, ante todo, se pregunta: “¿Por qué Catherine Deneuve y otras mujeres famosas francesas denuncian el movimiento #MeeToo?”.MeeToo

La respuesta, dice, es socioeconómica. “Estas mujeres son en su mayoría, aunque no solo, mujeres que tienen profesiones liberales y artísticas, artistas, profesoras, psicoanalistas, doctoras, cantantes. Entre ellas no hay amas de casa ni conductoras de autobús”. La explicación también es generacional: tienen más años y han vivido, en su vida y en su cuerpo, la liberación sexual como un “hecho maravilloso”. De este modo, se erigirían en guardianas de una especie de tesoro que hay que preservar. “Me pregunto si nosotras que nacimos más tarde o hemos elegido otras guerras no subestimamos la primacía de la liberación sexual en la visión del mundo que tienen las generaciones anteriores”, dice.

Sin duda hay otra explicación, ideológica y cultural. En su texto, Deneuve y el resto de firmantes del texto se quejan de esos hombres “sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir, etc.”, “mientras que lo único que han hecho mal es tocar una rodilla, intentado robar un beso, hablado de cosas ‘intimas’ en una cena profesional o haber enviado mensajes de texto con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía la misma atracción”.

Dejando a un lado que no se entiende bien de lo que hablan, sus argumentos recuerdan a los que se adelantaron en 2011, tras el episodio del Sofitel de Nueva York, que precipitó la caída de Dominique Strauss-Kahn, entonces presidente del FMI y candidato a la presidencia (DSK, contra quien no pesan cargas penales por las mentiras de su acusadoras, la mujer de la limpieza Nafissatou Diallo, alcanzó con ella un acuerdo financiero).

Entonces, numerosas voces, también femeninas, defendieron el argumento de una especie de seducción a la francesa. La historiadora americana Joan Scott, profesora en Princeton, se emocionó con ello en The New York Times. “La cultura política francesa ha tolerado durante mucho tiempo un comportamiento como el de DSK, justificándolo como un rasgo de carácter nacional –lo que la historiadora Mona Ozouf ha llamado el arte de la seducción”, explicaba, lamentando la idea, mayoritaria según ella en Francia, de que el feminismo es una especie de “importación extranjera”.

Entonces, la socióloga Irène Théry respondió en Le Monde, defendiendo la idea de un “feminismo a la francesa”. “Mi sentimiento es que, por encima de mis convicciones, el feminismo a la francesa sigue vivo. Está hecho de una cierta manera de vivir y no sólo de pensar, que rechaza los impasses de lo políticamente correcto, quiere la igualdad entre sexos y placeres asimétricos de la seducción, el respeto absoluto del consentimiento y la sorpresa deliciosa de los besos robados”.

De manera destacada, más de siete años después, la tribuna de Catherine Deneuve y del resto de firmantes hacen suya la misma imagen del beso robado, alusión que hace pensar de forma inevitable en la película de Truffaut, de 1958, del mismo título.

John Scott tomó entonces la pluma para responder a Théry en Libération. “En los debates que ha abierto el caso DSK, los y las que han tomado partido por este último han insistido (una vez más) en el hecho de que los americanos confundían los encantos de la seducción y la violencia de la violación. Bernard-Henri Lévy, por ejemplo, ha dicho de Dominique Strauss-Kahn que era “un seductor, un encantador de serpientes”, no un “violador”. Los y las que han formulado lo que llamo ‘la teoría francesa de la seducción’ han planteado claramente que el consentimiento amoroso y el juego de la seducción se funden, en sí, sobre la desigualdad de las mujeres y de los hombres”, escribía.

En este texto, Scott recuerda las raíces históricas de esta extraña excepción francesa.

“Desde el bicentenario de la Revolución francesa, en 1989, se ha escrito mucho sobre el ‘arte de la seducción’ de los franceses. La idea de lo que Philippe Raynaud llama ‘una forma particular de igualdad”, cuyos orígenes se remontan a las prácticas aristocráticas de la época de la monarquía absoluta y de Luis XIV, se ha transmitido de generación en generación para convertirse en un componente importante del carácter nacional. Este punto de vista, que desarrollan (entre otros) los escritos de Mona Ozouf (Les Mots des femmes : essai sur la singularité française) y los de Claude Habib (Le Consentement amoureux yGalanterie française), avanza que la sujeción de las mujeres al deseo de los hombres es la fuente de su influencia y de su poder. [...] Para los dos intelectuales, un feminismo que reclama la igualdad de derechos puede parecerse al lesbianismo, una desviación con relación al orden natural de las cosas”.

A esta teoría de un “excepcionalismo francés de la seducción”, Joan Scott le da el nombre de “republicanismo aristocrático”, según el cual, el “consentimiento amoroso implica la sumisión a su superior en interés de la armonía nacional”.

Como si “los placeres asimétricos de la seducción” fueran un componente de la identidad nacional y republicana francesa. “En Francia [en francés], se dan las tres G, galantería, soez, grosería”, señaló la actriz Isabelle Adjani a raíz del caso Weinstein. “Pasar de una a la otra hasta la violencia justificando el juego de seducción es una de las armas del arsenal de defensa de los depredadores y de los acosadores, quienes pretenden que estas mujeres no son tan inocentes porque ellas mismas se prestan a este juego, que forma parte de nuestra cultura”. En este marco, plantear serenamente la cuestión del consentimiento puede parecer complicado. Sin embargo, es la clave para desintoxicar las relaciones sexuales de la dominación y de la obligación.

También en Francia, donde, pese a la “galantería” y el “arte de la seducción”, una mujer muere cada tres días víctima de la violencia de género. __________

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

Estados Unidos entre los 10 países más peligrosos del mundo para las mujeres

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