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La crisis OTAN-Rusia, la oportunidad perdida para una nueva arquitectura de seguridad en Europa

El presidente ruso, Vladimir Putin, y el francés, Emmanuelle Macron.

Fabien Escalona (Mediapart)

¿Cómo hemos llegado a este punto de tensión en la frontera ruso-ucraniana? Una primera respuesta consistiría en rebobinar la película unos meses atrás, incluso unos años.

A finales de 2021, Rusia desplegó soldados y equipos militares de forma masiva en las fronteras de Ucrania. Ya había amputado la soberanía de Ucrania en 2014, anexionando Crimea y apoyando la secesión de las llamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

En respuesta, los partidarios occidentales de Ucrania acusaron a Vladimir Putin de nuevas iniciativas bélicas y sacaron pecho enviando armas a la zona y tropas a otros países de Europa Central y Oriental.

Desde entonces, se han multiplicado los intercambios diplomáticos para evitar una escalada que pudiera desembocar en un conflicto armado. En este contexto, Emmanuel Macron viajaba el pasado lunes a Moscú para intentar encontrar una “vía de desescalada” con su homólogo ruso Vladimir Putin, unos días después de que Estados Unidos y la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) enviaran una oferta de conversaciones a Rusia.

El documento, cuyo contenido desveló El País, alude a mecanismos de diálogo y objetivos de desarme mutuo, pero rechaza una de las principales exigencias rusas, la garantía de que Ucrania nunca se convertirá en miembro de la OTAN.

Esta adhesión no es ciertamente inminente, por lo que algunos analistas la ven como un pretexto de Putin para impedir la autonomía ucraniana. Sin embargo, esta petición se hace eco de un argumento que hace que algunos diplomáticos y políticos se muestren “comprensivos” con Moscú: la expansión de la OTAN, la mayor alianza militar del mundo, supondría un problema de seguridad para Rusia. Con las ampliaciones de 1999 y 2004, la Alianza ha incluido a diez Estados del antiguo bloque soviético, entre ellos varios fronterizos con Rusia.

Sin embargo, desde hace tiempo se afirma por parte rusa que antes de la implosión de la Unión Soviética se hizo la promesa de que la OTAN nunca se expandiría por su flanco oriental. La traición de este compromiso, se argumenta desde el lado de EEUU, solo es un mito. 

Victoria pírrica del bloque euroatlántico

Por lo tanto, es necesario retroceder mucho más atrás en el tiempo para comprender lo que ocurrió antes del estancamiento actual y entender los resentimientos y las dificultades que hay que superar antes de alcanzar un “nuevo orden de seguridad” en Europa, como desea el presidente Macron.

Este es precisamente el mérito del último libro de la historiadora Mary E. Sarotte, profesora de la Universidad Johns-Hopkins, que profundiza en la “historia tumultuosa de los años 90”.

Entre la caída del Muro de Berlín –cuyos factores ya había diseccionado la especialista en un libro anterior– y las famosas ampliaciones de la OTAN, la relación transatlántica dio un giro en los orígenes del actual enfrentamiento. Este escenario no estaba escrito de antemano, afirma, sacando a la luz las alternativas que se pensaron, e incluso se intentaron, antes de darles carpetazo una a una. Su trabajo se opone, pues, a cualquier análisis determinista que deduzca los intereses y el comportamiento de una potencia en función de su geografía y su historia.

Además de mostrar la contingencia del escenario del enfrentamiento, la autora presenta un relato que se aleja de cualquier maniqueísmo. De su lectura se deduce que Estados Unidos y Rusia, a través de sus opciones externas y de sus desarrollos internos, han coproducido la situación deletérea en la que nos encontramos.

Además, aunque la investigadora no quiere que la OTAN desaparezca (lo que, según ella, tendría “consecuencias devastadoras”), y aunque está de acuerdo en que los países de Europa Central y Oriental tenían un “derecho soberano y moral” a garantizar su seguridad mediante la adhesión a esta alianza militar, todo su relato muestra hasta qué punto la ampliación así conseguida fue una victoria pírrica para el bloque euroatlántico.

De hecho, nunca antes la tensión ha sido del calibre de la alcanzada en los últimos años; la rapidez con la que algunos países se han incorporado a la OTAN no ha dado tiempo a que su democratización se afiance; los que no se incorporaron a tiempo se encuentran atrapados en un “gran juego” que socava incluso su integridad territorial; y se ha perdido una rara oportunidad para un desarme nuclear sin precedentes. “A largo plazo”, escribe Mary E. Sarotte en la conclusión de su libro, hay razones para creer que un orden de seguridad más inclusivo frente a Rusia “podría haber reducido las tensiones entre las dos superpotencias nucleares”.

Entrevistada por Mediapart (socio editorial de infoLibre), la investigadora precisa: “No afirmo que la expansión de la OTAN haya destruido por sí sola la cooperación entre Estados Unidos y Rusia tras la Guerra Fría. Fueron muchos los factores que contribuyeron a este deterioro. Pero la expansión de la Alianza aumentó las cargas de la joven democracia rusa cuando más necesitaba amigos. El problema de la ampliación radica principalmente en la forma en que se hizo. Por desgracia, Occidente se decidió por la modalidad más agresiva. Esta decisión se combinó con terribles errores por parte de Boris Yeltsin, por lo que surgieron nuevas animosidades”.

Al final, la configuración de seguridad posterior a la Guerra Fría se parece sospechosamente a la anterior. Salvo que la línea divisoria se ha desplazado al Este del Viejo Continente, entre los países del antiguo bloque soviético que se benefician del artículo 5 del tratado de la OTAN (el que compromete a los miembros de la Alianza a protegerse mutuamente) y los que no. Para entender en detalle cómo se produjo este resultado, Mary E. Sarotte realizó entrevistas y, sobre todo, buceó en los archivos, a algunos de los cuales tardó años en poder acceder con fines de investigación.  

Otra arquitectura de seguridad era posible

A principios de los años 90, resume la autora al comienzo de su libro, el dilema para Estados Unidos era equilibrar dos objetivos igualmente importantes y legítimos; por un lado, apoyar a Europa Central y Oriental en su capacidad de elegir finalmente su propio destino, y por otro, cooperar con Rusia, que entonces estaba en transición hacia un modelo democrático liberal.

En la alta administración estadounidense, estrategas sí intentaron desarrollar un enfoque pertinente, que consistía en retrasar al máximo el momento en que estos objetivos pudieran entrar en conflicto. La mejor manera de hacerlo era ofrecer una adhesión “gradual” al mayor número posible de países, en lugar de organizar la adhesión plena de algunos.

Pero este no fue el camino que finalmente triunfó, mientras que al mismo tiempo Rusia sufrió una terapia de choque en su transición al capitalismo, que no estuvo exenta de pérdida de credibilidad en los círculos liberales y de la subsiguiente toma de posesión nacionalista y autoritaria. 

La primera oportunidad para una revisión general de la arquitectura de seguridad se perdió en el momento de la reunificación alemana. Fue en ese momento, en febrero de 1990, cuando, al parecer, el secretario de Estado estadounidense James Baker hizo a los soviéticos la famosa promesa de no ampliar la OTAN. Para animar a Gorbachov a retirar las tropas soviéticas de Alemania Oriental y aceptar la permanencia del país unificado en la OTAN, Baker sugirió en efecto que, en este escenario, la jurisdicción de la OTAN “no se extendería ni un centímetro hacia el Este”.

Pero a su regreso a Washington, el secretario de Estado se encontró con que el presidente Bush y otros asesores no estaban de acuerdo, y no creían que se debiera hacer tal concesión a una URSS, sometido en los planos económicos y sociales. “A partir de ese momento, Baker dejó de emplear esas palabras. Moscú tardó en darse cuenta...”, confirma Mary E. Sarotte.

Mientras tanto, el canciller Helmut Kohl había arrancado a Gorbachov la afirmación de que correspondía a los alemanes elegir el destino de su país; esto equivalía a privarse de un mecanismo para obtener concesiones. Y, de hecho, la promesa nunca se incluyó en ningún acuerdo diplomático.

A medida que Rusia se hundía en la crisis económica y la corrupción, estados que antes estaban vinculados al Pacto de Varsovia expresaron su deseo de unirse a la OTAN. Bill Clinton, el nuevo presidente de Estados Unidos, simpatizaba con esto, pero prefirió lanzar una estrategia de “asociaciones por la paz” como primer paso.

Se trataba de una solución de compromiso, que dejaba abierta la posibilidad de un eventual acceso a la plena protección del artículo 5, pero que también podía proporcionar una relación permanente a los países fronterizos con Rusia, como los Estados bálticos y Ucrania. “Era la alternativa más prometedora”, opina Mary E. Sarotte. 

Sin embargo, se ha visto interrumpida por varios acontecimientos, que ilustran los vínculos entre las políticas interior y exterior. En primer lugar, el uso de la fuerza por parte de Yeltsin en Rusia, enviando al Ejército contra su propio Parlamento y participando en un sangriento conflicto con los separatistas chechenos. En Washington, los defensores de la expansión de la OTAN aprovecharon estos hechos para pedir apoyo a las jóvenes democracias que llamaban a la puerta.

A ello se sumó la derrota demócrata en las elecciones de mitad de mandato de 1994, que ganaron los republicanos, favorables a la expansión. Clinton, que estaba a punto de presentarse a un segundo mandato, decidió abandonar la opción de socios por la paz.

Si bien la relación transatlántica todavía no estaba completamente degradada, lo estuvo definitivamente en 1999 con la bienvenida de Clinton a los Países Bálticos, que Moscú consideraba parte de la antigua URSS. Fue a finales de ese año cuando Vladimir Putin, conmocionado por la forma en que se había derrumbado el imperio soviético, llegó al poder en Rusia.

El relato de Mary E. Sarotte acaba ahí, pero con la llegada de George Bush Jr. a La Casa Blanca, la relación transatlántica se ha ido sumiendo en el desencuentro y la pérdida de confianza. Las palabras del presidente estadounidense sobre las futuras adhesiones de Georgia y Ucrania, así como las revoluciones de colores en los regímenes postsoviéticos, alentaron aún a Putin en su nacionalismo gran ruso y su actitud revisionista del orden internacional.

“La década de los 90 representa la pérdida de una gran oportunidad”, resume Mary E. Sarotte a Mediapart. Se puede leer su obra como el relato de un impasse construido por la aniquilación progresiva de todas las soluciones “desde arriba”. Según una lectura más optimista, también puede verse como una ilustración de que las relaciones internacionales no obedecen a leyes intangibles, enfrentando a naciones con identidades e intereses predeterminados. La rueda de la historia es ciertamente implacable y ha reducido el abanico de posibilidades. Sin embargo, aún hay margen de maniobra para evitar la escalada bélica... si los actores implicados lo aprovechan.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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