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La Hungría de Orbán también produce exiliados

Árpád Schilling.

No para. De una clase magistral a una representación, de un debate público a una entrevista... A finales de noviembre, el festival parisino Un week-end à l'Est [Fin de semana en el Este], dedicado a Hungría, lo eligió padrino. No se toma la misión a la ligera.

Árpád Schilling, de 44 años, es un artista combativo y prolífico. Con una veintena de producciones en su haber, ha trabajado en un repertorio de grandes dramaturgos (Chekhov, Brecht, Büchner...) y en obras contemporáneas. La sociedad húngara y sus callejones sin salida son uno de sus hijos (Trilogía de la crisis, The Party...), al igual que la actualidad europea (su próximo espectáculo, Pension Eden, montado en Zagreb, pondrá de manifiesto la realidad de los refugiados durante una ceremonia nupcial). En los últimos años, el director también ha trabajado en un enfoque particular, construyendo sus espectáculos a través de la improvisación y de la colaboración permanente con los actores.

En el festival parisino, Árpád Schilling ha elegido presentar una de sus últimas creaciones: As far as the eye can see / Dokle pogled seze (“Hasta donde alcanza la vista”). Esta obra de teatro hecha de diferentes escenas, montada en 2016 con un teatro montenegrino, presenta a políticos corruptos, jóvenes en busca del exilio, el ingenio de las clases medias, los pequeños absurdos de la vida cotidiana... Historias que narran problemas comunes en varios países de Europa Central y de los Balcanes.

La decoración es mínima, si no inexistente. “Es el ser humano lo que me interesa”, explica el artista, que dice que practica el “teatro verbal” que “empodera a los actores” y los obliga a trabajar duro para captar la atención del público sin accesorios.

Los actores, vestidos con ropa de calle, interpretan un personaje tras otro, que abarcan diferentes edades y clases sociales. En una de las historias, un dirigente se enfrenta a su hija, que decide abandonar sus estudios de Derecho y emigrar a Suecia para trabajar en una pizzería. La emigración con esta fuga de cerebros que afecta a Europa Central y a los Balcanes desde hace años es un tema muy apreciado por Árpád Schilling. “Es una pregunta dolorosa y cruel: ¿por qué estas personas están dispuestas a renunciar a todo en su país y marcharse al extranjero? Hay razones económicas, por supuesto, pero también es para escapar de la presión social. Esto es algo muy difícil de explicar a Occidente. Algunos están dispuestos a aceptar trabajos peor remunerados y menos valorados para sentirse más libres”.

Hace unos meses, Árpád Schilling tomó precisamente la decisión de abandonar su Hungría natal. Se ahogaba. “No somos independientes. Teóricamente, es una democracia, pero no tenemos influencia ninguna en lo que sucede”.

Últimamente, la Hungría de Orbán ha dado un nuevo giro. Tras la nueva victoria electoral del Fidesz (el partido de Viktor Orbán) en abril –la tercera consecutiva y la cuarta desde 1998– el régimen se ha endurecido más, esta vez apuntando a los círculos intelectuales y a la libertad de expresión de una manera más evidente. Desde septiembre, una ley ha eliminado los estudios de género de los planes universitarios húngaros; más de 400 medios de comunicación privados progubernamentales han sido agrupados en un consorcio (la Fundación Centroeuropea de Prensa y Medios de Comunicación) cuyo objetivo oficial es “garantizar la preservación de los valores nacionales”; y la Universidad Centroeuropea (CEU, financiada por el multimillonario George Soros) se vio obligada a anunciar la apertura de un nuevo campus en Austria porque las autoridades húngaras no habían reconocido las titulaciones norteamericanas que imparte. Y ello pese a que su presencia en Hungría se remonta a 1991.

Esta nueva ofensiva cruza fronteras. La semana pasada, por primera vez, se canceló un espectáculo in extremis en el Instituto Cultural Húngaro de París: 24 horas antes, la obra Tête de poulet, de György Spiro fue cancelada por el correo electrónico que envió la directora, Bea Gerzsenyi. En él, comparaba el autoritarismo de Orbán con el de la época comunista en el antiguo bloque oriental y calificó al país de “triste, aburrido y absurdo como nunca”.

Árpád Shilling describe un país en el que todas las instituciones, incluidas las culturales, están dirigidas por personas próximas al Fidesz: “Es un sistema que utiliza las debilidades y deficiencias de nuestras democracias. En las próximas décadas, aparecerá en los libros de historia”.

También describe un país donde la población está acostumbrada a lidiar con derivas autoritarias. “Hungría experimentó un comunismo suave, el más suave del bloque oriental”, dice el director. “Teníamos una relativa autonomía de Moscú, podíamos viajar a Occidente una vez cada tres años, nuestra vida no era tan mala y estábamos satisfechos con ella. Hoy en día, es lo mismo: la gente satisfecha con su vida personal no quiere cambiar el sistema Orbán”.

Para Árpád Schilling, el primer ministro húngaro lo ha convertido en una estrategia. Dice que se ha centrado en las clases medias al borde de la pobreza, aquellas personas que pueden sentirse directamente amenazadas por la degradación social y reaccionan en una suerte de ‘cada uno a lo suyo’. “Orbán ha generado apatía: la mayoría de la población se ha desmovilizado y una minoría vota al Fidesz en cada convocatoria electoral. Esto es suficiente para asegurar la sostenibilidad de su sistema”. En las elecciones parlamentarias de la primavera pasada, el Fidesz recuperó una mayoría de dos tercios en el Parlamento, con sólo 2,8 millones de votos, en un país que suma casi 8 millones de votantes.

Árpád Schilling es testigo del debilitamiento de las movilizaciones y del desánimo que generan cuando no tienen efecto en el Parlamento, como sucede, con raras excepciones, desde 2010. En 2016, participó en un movimiento de profesores que se oponían al cambio en los planes de estudio escolares decidido por el Ejecutivo. Uno de los profesores, que había pronunciado un discurso “fantástico” en una de estas manifestaciones, nunca volvió a aparecer: el rector de su universidad le advirtió de que sería despedido si continuaba. La autocensura y el repliegue van a más, incluso en los círculos más politizados.

Al principio, Schilling reaccionó igual. “Me he ido politizando, me he ido haciendo más resistente”. En realidad, al igual que a su colega Robert Aföldi, fueron las circunstancias las que le llevaron por este camino: el régimen de Orbán, explica, no le dejó otra opción.

En otra entrevista concedida a Mediapart [socio editorial de infoLibre], hace cinco año, Árpád Schilling decía: “Dentro de diez años, al menos quiero poder decirles a mis hijos que intenté resistir”. Lo ha intentado. Pero pagó un alto precio por ello. “Me encontré cada vez más solo, me sentí insultado, me convertí en un blanco del Gobierno y perdí a muchos amigos de mi entorno. Lo más doloroso no es oponerse a Orbán, lo más doloroso es perder el apoyo de la profesión”.

Desde el pasado verano, Schilling vive en Francia y viaja por toda Europa según le requieren sus proyectos artísticos. No es una marcha definitiva de Hungría, confía, sino un respiro más necesario que nunca. “No sólo soy húngaro. Soy europeo”, dice.

 

Traducción: Mariola Moreno

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