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Los métodos inéditos del presidente López Obrador

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, durante su rueda de prensa matutina.

Marie Hibon (Mediapart)

El nuevo presidente mexicano es un madrugador. Desde su llegada al poder en diciembre de 2018, Andrés Manuel López Obrador ha instaurado un nuevo ritual: una conferencia de prensa a las 7 de la mañana, cinco veces por semana. Cada mañana, en un ejercicio que tiene tanto de espectáculo como de tribuna y ante una audiencia de periodistas cuyo despertador sonará al alba para el resto del sexenio, ofrece información bien calibrada que circulará por las televisiones del país.

Esta conferencia matinal, ejercicio inédito para un jefe de Estado, sigue el espíritu del mandato con el que sueña el nuevo presidente: oponerse a todo lo que se hacía hasta ahora.

Andrés Manuel López Obrador, primer presidente de izquierdas de la historia reciente de México, elegido en julio del año pasado con el 53% de los votos –un record– ganó las elecciones prometiendo el fin de la corrupción y de la “mafia del poder” después de 90 años de hegemonía del partido histórico mexicano, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y un paso efímero de la derecha con el Partido de Acción Nacional (PAN) que han dejado detrás un país presa de la corrupción y la violencia.

La "cuarta transformación" de López Obrador, que aspira a seguir los pasos de los tres grandes hitos en la historia de México: la independencia, la reforma y la revolución, debe poner al país de nuevo en pie. En cien días, el que apodan por sus iniciales, AMLO, ha multiplicado sus desplazamientos y los anuncios de reforma que ya cubren, según sus cuentas, “62 de los 100 compromisos” comprometidos a su entrada como presidente en funciones.

Ha comenzado por ocuparse especialmente de una de las cabezas de la hidra de la corrupción en México: el robo de combustible, trasvasado de las canalizaciones por grupos criminales con la ayuda de cómplices de Pemex, la petrolera nacional. La desecación de los oleoductos ordenada por el presidente ha provocado una escasez grave de gasolina a lo largo del país, sin que aparentemente los mexicanos le guarden rencor. “Ven estos inconvenientes como un remedio amargo que hay que tragar para curarse”, describe Juan Pablo Galicia, politólogo de la Universidad Modelo de Mérida, en el sur del país. Por ahora, la estrategia parece dar frutos: según las cifras oficiales, el trasvase ha caído de 81.000 a 15.000 barriles diarios.

Frente a una violencia cada vez más exacerbada –con más de 33.000 homicidios registrados, 2018 ha batido todos los records desde hace 20 años y 2019 se anuncia peor aún– López Obrador ha iniciado a toda máquina la creación de un nuevo cuerpo en las fuerzas armadas, la Guardia Nacional, destinada a relevar al Ejército en la seguridad interior del país. A pesar de las advertencias de los defensores de los derechos humanos que objetan que un cuerpo formado por militares está abocado a volver a caer del mismo lado, la reforma constitucional necesaria para su creación ha sido aprobada rápidamente por las dos cámaras parlamentarias, en las que el presidente dispone de una amplia mayoría.

A escala internacional, el presidente ha dado un viraje de 180 grados en la política exterior de México, renovando la doctrina Estrada, que dicta la no injerencia del país en los asuntos de sus vecinos. A primeros de año ha rechazado pronunciarse sobre la legitimidad de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea venezolana, cuando México era, bajo la presidencia de Enrique Peña Nieto (2012-2018), un miembro activo del Grupo de Lima, que quiere jugar el papel de mediador en la crisis.

A pesar de su posición de nuevo líder de izquierdas de la región, López Obrador “no busca jugar un papel en el exterior de México”, piensa el historiador y observador político Lorenzo Meyer, que mantiene una estrecha relación desde hace tiempo con el presidente. “Para él, la mejor de las políticas exteriores es una buena política interior”. Andrés Manuel López Obrador ha logrado no obstante entablar una relación cordial con su homólogo americano Donald Trump, tratando de evitar el conflicto pese a la obsesión del presidente americano por la construcción de un muro en la frontera entre los dos países.

Aunque ha comenzado sin demora a ocuparse de la violencia y la corrupción del país –a pesar de la falta de visibilidad en su estrategia a largo plazo, como lamentan algunos– a este presidente de izquierdas le espera la economía a la vuelta de la esquina. “México ha estado hipnotizado durante años por una política neoliberal de privatizaciones que jamás atrajo las inversiones prometidas”, opina el economista mexicano Ricardo Becerra. “AMLO hereda una economía destrozada en la que el crecimiento baja cada año”. Las predicciones para 2019 están en alrededor del 2%, cuando López Obrador promete, “pese al escepticismo”, llegar a cuatro puntos de crecimiento.

La última semana, el presidente decretó sencillamente “el final oficial de la pesadilla del neoliberalismo”. “No terminará probablemente con el capitalismo –matiza el historiador Lorenzo Meyer–, pero le quitará los aspectos más brutales. López Obrador quiere que el Estado se ponga al servicio de los pobres y los perdedores de la economía de mercado”.

Su receta: multiplicar las subvenciones. El presidente ha duplicado la pensión a 2,5 millones de retirados y ha creado un programa de ayudas destinado a financiar la inserción en el mercado laboral de 2,3 millones de jóvenes, que está viniéndose abajo con tantas solicitudes. También ha revisado al alza el salario mínimo, que pasa de 88 a 102 pesos por día (algo menos de cinco euros), salario duplicado en la zona fronteriza con los Estados Unidos.

“El alza del salario mínimo es la mejor medida que AMLO ha tomado desde su llegada al poder,” subraya el economista Ricardo Becerra, especialista en el tema. “Pero sin un plan de aumento gradual a largo plazo, este incremento minúsculo es sólo una noticia. A causa de la inflación (+4,37% en un año), un mes después de su entrada en vigor este salario no cubre ya el coste de la bolsa de la compra básica”.

“Reasignar fondos no constituye un programa económico”, advierte el economista. Los expertos coinciden en una cosa: la verdadera palanca del crecimiento es la inversión pública, cuando la creación de bienes públicos “está en el punto más bajo desde hace 35 años”, señala Becerra, para quien los dos proyectos de inversiones insignia de AMLO, una refinería de petróleo y el tren maya, cuya construcción debe generar 300.000 empleos directos y que unirá los estados del sureste mexicano a lo largo de 1.500 km –pero provocando también grandes daños ambientales– están lejos de ser suficiente. “El proyecto más importante era el nuevo aeropuerto de México y AMLO lo paró de golpe”, recuerda el economista. La decisión, tomada por el presidente debido a la corrupción generalizada y la defensa del medio ambiente, ha llegado cuando un tercio del aeropuerto estaba ya construido.

Orador excepcional, el presidente mexicano es sobre todo un as de la comunicación. Nunca es parco en eslóganes sencillos y eficaces –“abrazos, no balazos”, “los pobres primero”, “la mafia del poder”– desde su llegada al poder ha comenzado una serie de medidas simbólicas con efecto inmediato como una cura de austeridad gubernamental que corta con la esplendidez de los jefes de Estado precedentes.

Con el avión presidencial vendido, el jefe del Estado ahora hace cola para embarcar, como todo el mundo. La residencia presidencial de Los Pinos, encuadrada en mitad del parque de Chapultepec, pulmón verde de México, desdeñada por López Obrador, ha sido “devuelta al público” –golpe maestro– que puede admirar a gusto la escalera doble, las pasamanerías de los candelabros y la sala de cine privada del presidente precedente. Se ha recortado su salario en un 60% y ha puesto techo al de los funcionarios. “No puede haber un Gobierno rico cuando el pueblo es pobre”, repite sin parar.

El mensaje ha encontrado un público: tras 100 días en el poder, el índice de aprobación del presidente es estratosférico, hasta el 85%, según algunas encuestas de opinión. Por frágiles que estas puedan ser, hace pensar que AMLO ha conseguido imponer su estilo más allá de sus partidarios.

Un combate contra la corrupción difícil de cuantificar

Apostando por la proximidad con el pueblo mexicano, AMLO ha instaurado consultas populares durante las cuales somete una iniciativa al voto de los ciudadanos, como ha hecho para la cancelación del aeropuerto de Texcoco. Aunque refuercen su imagen de presidente bajo las órdenes del pueblo, “estas consultas tienen poco que ver con los estándares internacionales de un referéndum”, advierte Sebastián Garrido, profesor de la CIDE, un centro de investigación de ciencias sociales de México.

Organizadas por el partido del presidente, Morena, las consultas acumulan fallos: votos múltiples, oficinas de voto mal repartidas, débil participación… “Está la legitimidad y está la legalidad”, señala Garrido. AMLO ha elegido la primera. “Simbólicamente confiere una autoridad moral a su decisión”, resume el politólogo Juan Pablo Galicia.

Afable con los ciudadanos –se desplaza con un servicio mínimo de seguridad y nunca rechaza una foto o un baño de multitudes–, el presidente pierde la paciencia con los que interfieren su línea directa con el pueblo americano o le hacen ver sus contradicciones. Quienes no están con él están contra él, como los medios de comunicación, acusados varias veces por el presidente de ser “burgueses” y “corruptos”.

En su discurso y en el de sus seguidores “existe una actitud persistente de rechazo de la prensa que alimenta la idea de que el presidente es injustamente atacado”, señala un estudio del Instituto Tecnológico de Guadalajara publicado en marzo. Un discurso peligroso en un país donde han sido asesinados 47 periodistas durante el último sexenio, recuerda la ONG mexicana Artículo 19.

Aunque ya dispone de una amplia mayoría en el Congreso y en el Senado, López Obrador está determinado a limitar la influencia de los contrapoderes que puedan obstaculizar su acción. “Él dirigía ya su movimiento, convertido en partido político, Morena, de forma personificada”, subraya Juan Pablo Galicia. “No ha cambiado nada: AMLO gobierna hoy por hoy el país sin compartir el poder con otras instancias”.

Haciendo oídos sordos a las acusaciones de conflicto de intereses, el presidente ha colocado a dos de sus fieles en puestos clave del sistema judicial: en diciembre el fiscal general del Estado (el más alto funcionario de la justicia mexicana, un puesto para nueve años) y en marzo una nueva juez en el Tribunal Supremo, esposa de un empresario muy cercano a él, nombrada para quince años.

“En México la justicia ha sido siempre discrecional, politizada e intermitente a causa de su subordinación al Ministerio de la Presidencia. AMLO debería proponer a un candidato independiente en lugar de ascender a un afín”, se lamenta la politóloga Denise Dresser, muy crítica con el nuevo Gobierno.

Varias instancias de regulación independientes como la Agencia Nacional para la Transparencia o el Instituto Electoral, han sufrido las iras del presidente, que les ha calificado de “burocracia burguesa que (…) cuesta (a los mexicanos) dinero sin producir ningún resultado”, acompañadas de importes recortes en los presupuestos.

“Para AMLO, estos contrapoderes eran necesarios con un Gobierno corrupto, pero como considera que el suyo no lo es, esta vigilancia ya no es necesaria”, analiza Juan Pablo Galicia, que añade que “es probable que con otro presidente hubiéramos puesto el grito en el cielo por escándalo antidemocrático, pero la popularidad de AMLO le protege”. "No tiene mano derecha ni consejero, sólo subordinados. Está solo ante el poder. "AMLO no duda en contradecir a sus ministros en sus conferencias matutinas, que todavía son, para muchos mexicanos, completos desconocidos.

“Se le reprocha estar a favor de la centralización del poder del Estado. Pero la política es como la guerra: hay que reunir fuerzas para el combate”, alega Lorenzo Meyer, que añade: “La verdadera concentración del poder está en el otro campo, en el de esas pocas familias que acaparan, desde hace décadas, toda la riqueza de México”. Un estudio de Oxfam revelaba en 2014 que el 1%, los más ricos, de México poseen el 43% de la riqueza del país.

Frente a las críticas crecientes de su modo de gobernar, López Obrador ha firmado solemnemente en marzo un documento declarando que no se presentará en 2024, acusando de paso a “sus adversarios, los conservadores” de difundir “rumores infundados” sobre sus veleidades de reelección.

Continuando con sus grandes tareas, el presidente anunció en febrero el fin puro y duro de las subvenciones del Estado a toda organización de la sociedad civil para distribuirlas directamente a la población. “Estas estructuras intermedias que se han creado para desviar el dinero recibido a causa de la necesidad de la gente deben terminar inmediatamente, es corrupción”, justificó. “Son víctimas colaterales del combate de López Obrador contra la corrupción”, analiza Juan Pablo Galicia. “Lo hace sin miramientos porque sirve a su relato: “Nada de lo que se ha hecho antes de mí es bueno, hay que revisar todo”.

En la práctica no hay cifras para cuantificar la importancia de la corrupción en el seno de la sociedad civil. “Pero en el imaginario colectivo está en todos los sitios”, entiende el politólogo. “En México todo el mundo se ha enfrentado a la corrupción en alguna ocasión, entonces no es difícil creer al presidente cuando afirma que concierne a un sector entero”.

Para Galicia, en 100 días, López Obrador ha conseguido situar la medida de su éxito “en el plano simbólico”. “AMLO no juega en el terreno de los resultados cuantificables. Busca ser juzgado por su capacidad de impulsar un cambio de régimen”.

La organización Mexicanos contra la Corrupción, que ha evaluado varias de sus afirmaciones con ocasión de los 100 días de su presidencia, ha llegado a la misma conclusión: “Aun cuando el combate contra la corrupción podría permitir hacer importantes ahorros, no hay pruebas que permitan apoyar las declaraciones el presidente cuando dice que el Estado ha economizado 700 millones de pesos (32 millones de euros) al poner fin a la corrupción en el Gobierno”, destaca por ejemplo la ONG.

“No estoy seguro de que AMLO sepa cómo resolver todos los problemas de México”, exclama Lorenzo Meyer, pensativo. “Lo que sí creo es lo que él me confió en 2005: “Si soy elegido no podré cambiar este país en profundidad, porque los obstáculos son enormes, pero me gustaría que, por primera vez, los mexicanos no consideraran a su Gobierno como un enemigo, sino como algo que les pertenece”.  Un objetivo que, a la vista de sus 100 primeros días en el poder, parece estar en el buen camino. _________

  Traducción de Miguel López

Leer el texto original en francés aquí:

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