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Los escándalos del 'Rusiagate' y de Robert Mueller

Juan José Torres Núñez Publicada 27/12/2017 a las 06:00 Actualizada 26/12/2017 a las 13:04    
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Con el escándalo político del Watergate en Estados Unidos en la década de los setenta, el sufijo -gate se ha convertido en sinónimo de escándalos políticos en cualquier lugar del mundo. El 9 de agosto de 1974, el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, presentó su dimisión porque al descubrirse su encubrimiento de los documentos robados en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata, sabía que empezaría su impeachment (enjuiciamiento político, proceso de destitución), previsto en la Sección 4 de la Enmienda XXV de la Constitución. En ese caso se demostraron los crímenes cometidos por Nixon. Sin embargo, en el caso del Rusiagate, como señala Barbara Boyd en el expediente Robert Mueller Is an Amoral Legal Assassin: He Will Do His Job if You Let Him [Robert Mueller es un asesino judicial amoral: Hará su trabajo si se le deja], tanto James Clapper, director de los servicios de inteligencia nacional (DNI), como James Comey, exdirector de la CIA, “han declarado que hasta la fecha el presidente [Trump] no ha cometido ningún crimen”.

Robert Mueller, el fiscal especial que investiga el Rusiagate, ha puesto el foco en las finanzas del presidente Trump, como nos dicen los medios de comunicación españoles en su información diaria sobre las conexiones sospechosas entre Trump y Rusia, que hasta la fecha Mueller no ha encontrado. Pero lo que los medios no nos han dicho es que la investigación de Mueller “está fracasando”. Esto ocurre porque como ha repetido Helga Zepp-LaRouche, el Rusiagate no tiene nada que ver con la injerencia de Rusia en las elecciones del 8 de noviembre de 2016 en Estados Unidos. En realidad, se trata de “una operación para evitar que el presidente Trump tenga una relación positiva con Rusia […] y con China”. Según ella, el clan Obama/Hillary Clinton creó toda clase de obstáculos para que Trump no pudiera llevar a cabo su política exterior. Helga Zepp predice, como el expediente de Barbara Boyd, que el Rusiagate que Mueller y su equipo investigan “podría convertirse en un boomerang al volverse en su contra y hacer que acaben en la cárcel”. El Comité de Acción Política de LaRouche se ha encargado de que este expediente hoy se esté investigando en el Congreso y en el Senado de Estados Unidos, con la publicación de más de diez mil copias.

El periodista de investigación Robert Parry, que reveló muchas historias del “Irán-Contra” en la década de los ochenta, nos recuerda que las desinformaciones y las mentiras pueden convertirse en una base de políticas más amplias, capaces de desatar guerras y devastaciones. En su artículo The Lost Journalistic Standars of Russia-gate señala que con la histeria del Rusiagate se está produciendo una degradación del periodismo en los estándares de los medios de comunicación en Estados Unidos, ignorando cómo tratar las pruebas en disputa. Nos cuenta que a muchos partidarios de Hillary Clinton no les importa la injusticia del proceso del Rusiagate o los peligros que este pueda acarrear, “ellos simplemente ven a Trump como un peligro que debe ser destruido a cualquier precio”. En su artículo Russia-gate Spreads to Europe, Parry advierte que esta histeria se ha extendido a Europa de tal manera que ahora “parece que cada acontecimiento que no sea bien recibido por el establishment –desde el Brexit al referéndum de independencia de Cataluña– se puede culpar a ¡Rusia! ¡Rusia! ¡Rusia!”. Según él, para el establishment todos los crédulos de Estados Unidos, Reino Unido y Cataluña han esperado a “que el Kremlin los guiara para elegir a quién tenían que votar”. Y los que han votado a Trump, al Brexit y al independentismo catalán son los “useful idiots” [idiotas útiles] que ayudan a promover la propaganda rusa, un término utilizado en el periodo del McCarthyim. En otro de sus artículos, The Foundering Russia-gate ‘Scandal’, también afirma que el escándalo del Rusiagate comienza a fracasar. Opina que es otro Watergate para destituir a Trump.

También Barbara Boyd empieza el expediente informándonos que “Robert Swan Mueller III –el fiscal especial nombrado para destituir al presidente de Estados Unidos– es […] un producto de las escuelas y universidades de élite”. Está considerado en los medios de comunicación nacionales como una persona “incorruptible”, de ahí que se le conozca como el “honesto Bob”. Pero en realidad, según asegura ella, es un “corrupto” capaz de tergiversar la ley para amoldarla a las necesidades de sus deseos, hasta conseguir sus objetivos. Sirvió en Vietnam como un marine. Y como buen guerrero, está preparado “para actuar a favor de cualquier esquema maligno que sus superiores le encomienden, utilizando cualquier medio para ejecutarlo”. Veamos algunos de sus datos biográficos.

En 1989, el entonces presidente de los Estados Unidos George H.W. Bush (padre) se trajo a Robert Mueller al Departamento de Justicia para destituir al presidente panameño Manuel Noriega porque rechazó la financiación con la cocaína de la contrainsurgencia en operaciones dirigidas a Nicaragua y El Salvador. Noriega sabía demasiado sobre G.H.W. Bush y la cocaína. Tras muchos golpes de estado fallidos contra Noriega, organizados por la CIA, el 20 de diciembre de 1989 tropas estadounidenses invadieron Panamá y Noriega fue destituido. Cientos de personas inocentes pagaron con su vida esta invasión que se llamó Operación causa justa. La ironía de la causa estriba en que fue totalmente injusta. La operación se realizó después de demonizar a Noriega en todos los medios de comunicación.

La CIA sabía que Noriega luchaba contra el tráfico de drogas. Pero Mueller se encargó de preparar el juicio de Noriega, sobornando a los narcotraficantes más conocidos de América Latina para que declararan que Noriega era un narcotraficante. Se sobornó a los miembros del Cartel de Cali (cuyos líderes Noriega había metido en la cárcel) y al líder del Cartel de Medellín, Carlos Lehder Rivas (un devoto de Hitler). El final ya lo conocemos todos. Y Mueller, una vez terminado su trabajo con éxito, fue ascendido a director de la División Penal del Departamento de Justicia para dedicarse, siempre según Barbara Boyd, al encubrimiento de tráfico de drogas, armas, actividades terroristas y al lavado de dinero de los bancos BCCI y BNI.

Como recompensa por los servicios prestados a la familia Bush, George W. Bush (hijo) lo hizo fiscal y en julio del año 2001 lo nombró director del FBI. Tomó posesión de su cargo siete días antes del terrible atentado terrorista de las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre. Mueller jugó un papel importante en el presunto encubrimiento de los autores de este crimen, en donde casi 3.000 estadounidenses perdieron la vida. De los 19 secuestradores aéreos, 15 eran saudíes. Inmediatamente después, el príncipe Bandar (conocido también por Bandar Bush, por su amistad con la familia) organizó un éxodo masivo de saudíes y personal de inteligencia, incluyendo a miembros de la familia Bin Laden, con la cooperación de Estados Unidos para que estuvieran lejos de cualquier comisión de investigación. Estos terroristas vivieron en los Estados Unidos y se entrenaron en misiones suicidas. Esto requirió una ayuda logística. Mueller jugó un gran papel en la obstrucción de la investigación de las Comisiones Judiciales y en la clasificación de las 28 páginas del informe del Comité del Congreso en 2003. Mueller luchó para que nunca salieran a la luz las investigaciones encontradas en las oficinas del FBI en San Diego. Como observa Barbara Boyd, el FBI ha convertido a la nación en un Estado fuertemente vigilado, como el que vemos en la novela de George Orwell Nineteen Eighty-Four (1984). Parry también cree que “no solo estamos entrando en una nueva Guerra Fría, sino que nos están dando una fuerte dosis del viejo Orwellianism”.

Mueller está investigando a Trump por obstruir la acción de la justicia, precisamente lo que él ha estado haciendo supuestamente toda su vida. Sin embargo, lo que habría que investigar sería el FBIgate actual y despedir a Mueller y su equipo. Entonces, Estados Unidos podría empezar a cooperar con los demás países en la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Esto significaría avanzar hacia un nuevo Renacimiento para América y para toda la humanidad. Pero para tomar esta decisión histórica, Estados Unidos debe rechazar –como han manifestado China y Rusia– la geopolítica y la confrontación imperial, uniéndose al nuevo paradigma y aceptando que vivimos en un mundo multipolar. Como ha indicado el portavoz de la embajada china en Washington, la paz y el desarrollo son los temas del mundo en que vivimos.
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Juan José Torres Núñez es socio de infoLibre


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1 Comentarios
  • platanito platanito 27/12/17 08:36

    En Roma ya mandaron los pretorianos de Sejano. ¿Y lo de los eunucos cuándo y dónde fue? ¿Que le dejen a Trump las manos libres, será mejor o peor que si le empichan?

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