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Los libros

‘Las cosas que perdimos en el fuego’, de Mariana Enriquez

  • Los relatos de la escritora argentina no pertenecen a una época o un lugar, son patrimonio de los miedos de cualquier ser humano
  • En Latinoamérica, gracias a sus dos novelas anteriores y otros cuantos volúmenes de cuentos, la autora ya es una figura consagrada

Sara Vítores
Publicada el 25/03/2016 a las 06:00 Actualizada el 23/03/2016 a las 18:50
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Portada de 'Las cosas que perdimos en el fuego', de Mariana Enriquez.

Portada de 'Las cosas que perdimos en el fuego', de Mariana Enriquez.

Las cosas que perdimos en el fuego
Mariana Enriquez

Anagrama
Barcelona

2016


Lee en exclusiva en infoLibre uno de los relatos de Las cosas que perdimos en el fuego


Las cosas que perdimos en el fuego
El miedo es la angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El terror es un miedo muy intenso. La angustia es el temor opresivo sin causa precisa. Asustarse es impresionarse repentinamente a causa del miedo, del espanto o del pavor.

Miedo, angustia, terror, pavor. Cada uno de los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enriquez, nos hace pasar por todos estos sentimientos. Y tras ellos, el frío. Leyendo a Mariana Enriquez pasas mucho frío. Personas comunes en escenarios habituales, con pasados parecidos a los tuyos, se transforman —en el momento más insospechado— en lugares inhóspitos, en monstruos, en enfermos mentales, en malvados. Mariana te hace querer y odiar a sus personajes a la vez, hace que te identifiques con ellos para después destrozarte. Frío. Muchísimo frío. Por los cortes de luz, por los secretos, por las calaveras o por las drogas.

Cada relato posee un trasfondo que lo convierte en mucho más que un cuento de terror. El Buenos Aires más pobre, la dictadura, la homosexualidad, la soledad, el machismo, la policía. Leyendo a Enriquez se pasa mal, y se aprende.

De los doce relatos, el último, el que da título al libro Las cosas que perdimos en el fuego, ya estaba publicado en una compilación de tres cuentos de terror en 2013 en Argentina, pero ésta es su primera publicación en España. En Latinoamérica, gracias a sus dos novelas anteriores y otros cuantos volúmenes de cuentos, ya es una escritora consagrada. Aquí, va a empezar a serlo, seguro.

Mariana Enriquez nació en Buenos Aires en 1973 y aunque describe lo que ha conocido, —los ochenta o los noventa bonaerenses, La Pampa y el desierto, la diferencia de clases y la pobreza, el despotismo de las fuerzas armadas o la irrupción bestial de las drogas—, sus cuentos no pertenecen a una época o a un lugar, son patrimonio de los miedos de cualquier ser humano, esté donde esté y haya nacido en una u otra época de la historia; porque lo paranormal, lo que roza o traspasa la locura, la oscuridad o el pavor, acechan constantemente en la vida de cualquiera.

En "La hostería", el segundo de los relatos, la primera adolescencia, que hace bailar "música estúpida, pavadas románticas: vas a verme llegar, vas a oír mi canción, vas a entrar sin pedirme la llave" —un tema del cantautor argentino Abel Pintos, "La llave"—, se entremezcla con el dolor de la indefinición sexual, los fantasmas, las mentiras y una mochila llena de chorizos.

En "Los años intoxicados", el tercero, uno entra con ganas de escaparse de la realidad escuchando el "Since I've been loving you" de Led Zeppelin o el "Ummagumma" de Pink Floyd, de esnifar, de tener viajes, de saltarse las reglas, como hacen las tres jóvenes del relato, y se encuentra saltándoselas y convirtiéndose en un asesino.

En "Fin de curso", el más corto de todos los cuentos, donde una niña pálida e indefensa —casi todos los protagonista de este volumen son chicas delgadas y enfermizas— se arranca las uñas, el pelo a mechones, suelta improperios, enloquece hasta hacer dudar al lector de que el siguiente loco puede ser él.

Estos son sólo tres ejemplos de cómo Mariana Enriquez describe la realidad con un lenguaje vertiginoso para, en una sola frase, de repente, sin previo aviso, colocar al lector en un lugar completamente distinto, en un mundo de muertos, debajo de un río negro asqueroso, de sueños y memorias mal curados, o en una casa a estrenar a la que el inquilino llena de terror antes de abrir todas las cajas de la mudanza.

Las cosas que perdimos en el fuego atormenta, conmueve, duele. Se distrae en lo cotidiano para abrasar en un instante en el terror de lo irreal. En el terror, que en dos líneas, se vuelve real.

Las cosas que perdimos en el fuego son doce relatos, doce escalofríos, mucho, mucho frío. El que trae lo gélido del desconocimiento, el de empezar a sospechar que, a lo mejor, todos somos enfermos mentales.

*Sara Vítores es periodista.


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