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  • "El sicario que llegó a Bogotá desde Nocaima se llamaba Carlos Fernando y acababa de cumplir dieciocho años. Aceptó el encargo sin reparos. No sería la primera vez que mataba a alguien"
  • Así arranca el nuevo relato colectivo, que inició Juan Gabriel Vásquez, continúa Luis García Montero y seguirá Leonardo Padura en el próximo número

Juan Gabriel Vásquez | Luis García Montero
Publicada el 17/11/2017 a las 06:00
El poeta Luis García Montero.

El poeta Luis García Montero.

(Comienza Juan Gabriel Vásquez.)

El sicario que llegó a Bogotá desde Nocaima se llamaba Carlos Fernando y acababa de cumplir dieciocho años, aunque su cara de niño le habría hecho pasar por un muchacho apenas llegado a la adolescencia. Había hecho el trayecto en la parrilla de una moto; lo trajo un hombre de apellido Cifuentes, que fue quien le dio el dinero —cien mil pesos en efectivo— y también las instrucciones para asesinar al capitán Luis Alfredo Macana, de la policía antinarcóticos. Carlos Fernando aceptó el encargo sin reparos. No sería la primera vez que mataba a alguien: unos meses atrás, en un billar de su pueblo, había decapitado a un contrincante de un machetazo limpio. Era el 16 de agosto de 1986. Muy cerca del lugar de la calle 127 donde se levantaba ya el busto dedicado a Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia asesinado, Cifuentes apagó la moto y los dos sicarios se pusieron a esperar. Cuando vieron pasar al capitán Macana, el sicario se bajó de la moto, se le acercó sin trastabillar y le disparó tres tiros. Todo lo describió ante la policía que lo interrogó y los periodistas que lo entrevistaron durante los días siguientes, pero a partir de un momento cambió la historia. Con la misma frialdad con que había contado la versión anterior, contó que había llegado a Bogotá en bus, que se había quedado dormido en el trayecto y que se había apeado donde se despertó, y tuvo tan mala suerte que quedó en medio del atentado. Dijo que se había asustado con los tiros y que por eso echó a correr. Dijo que fue por eso, por haber salido corriendo, que los policías lo capturaron. Dijo que los policías lo torturaron para que confesara el crimen, y mostró los moretones que le habían quedado en el cuerpo después de la tortura. Dijo no saber quién era el capitán Macana ni por qué lo habían mandado matar, y tal vez en esta instancia, y sólo en esta instancia, estaba diciendo la verdad.

A quién se le habrá ocurrido primero, eso me pregunto con frecuencia. A quién se le habrá ocurrido buscar entre los jóvenes a los asesinos nuevos que exigía la defensa o la protección del nuevo mundo del narcotráfico, muchachitos adolescentes cuyo futuro no guardaba nada tan seductor como la doble promesa del poder y el dinero: el poder que se siente con un arma en la mano, el poder de amedrentar y el respeto que se gana al hacerlo, y el dinero, sí, también el dinero, que a estos jóvenes perdidos podía cambiarles la vida, o cambiar, tras su muerte, las vidas de sus madres. No sé quién habrá visto en ellos el hambre escalofriante que no da respiro, ni quién se haya dado cuenta de que bastaba para saciarla un fajo de dólares y una mini Uzi, y con ellos la capacidad de quitar una vida y sentir después un cambio en la mirada ajena. Tal vez era eso, ese ascenso en el escalafón social que sólo en los lugares descompuestos puede otorgar la violencia. Tal vez eso era seductor: el hecho de llegar a sus barrios y saber que los demás sabían, ya no sentirse humillados y perdedores sino poderosos y humilladores, pasar de un destino largo y anónimo y siempre oscuro a una vida breve, sí, pero llena de recompensas: una nevera nueva, el comienzo de una casa, la adrenalina que sube al saber que una vida ajena depende de nosotros, al ver el miedo en la cara de otro y sentir el odio en la nuestra. Eso era poder, pienso a veces, y no era más que eso, o era muy poco más que eso. Era la droga del poder (del raro poder que les había tocado en suerte), cada vez más fácil y seductora, cada vez más cruel y tirana. Dieciséis o dieciocho años, y a veces menos, tenían quienes abrieron los brazos y le dieron la bienvenida a la droga de la muerte. Los que hablaron primero de generación perdida, hace tanto tiempo y en lugares tan remotos, no sabían, no podían saber, de qué estaban hablando en realidad.

(Continúa Luis García Montero.)

Los libros tienen una rara habilidad para mezclarse con la vida. Parece que nos están esperando en una esquina para vernos pasar y apuntar hacia nosotros. Nunca fallan cuando me apuntan a mí. Una mañana me senté a escribir mis memorias; me lo había perdido la editorial del periódico después del homenaje en el Teatro Gaitán. Una tarde empecé a leer la biografía de Jaime Segurola y me asaltó desde sus páginas el nombre de Alberto Benavides. Entonces me vi igual que un pelao, sin tenerlo previsto, regresando al caso que más me había conmovido al inicio de mi carrera y preguntándome por las relaciones de amistad entre un antiguo abogado de sicarios y un candidato a la presidencia de Gobierno.

Detrás de Carlos Fernando, el joven asesino, estaba Cifuentes, eso se descubrió en los primeros pasos de la investigación. Hizo falta tirar muy poco de la cuerda para llegar hasta el tuerto de Medellín. Y no es que Cifuentes estuviese mal de un ojo, es que llegó a Nocaima, una tierra de ciegos según sus propias bromas, y enseguida se hizo el rey, el delincuente más orgulloso de Cundinamarca. ¿Pero quién estaba detrás de este matón de cuarenta años que le había encargado la muerte del capitán Luis Alfredo Macana a un adolescente de dieciocho? Por mucho que se tiró de la cuerda, aunque la policía pareció tomarse el crimen como un asunto propio, una fiebre propia decía el comisario Ayala, no hubo manera de saber quién estaba detrás de Cifuentes, ni quién pagó la factura del abogado Alberto Benavides, el hombre con poderes que convenció al sicario viejo y hablador de las ventajas de guardar silencio y al sicario joven de cambiar su declaración y presentarse como víctima del azar, una equivocación de recién llegado, un mal sueño y una mala carrera que había vivido con absoluta inocencia.
Busqué la carpeta para ver de nuevo las fotografías del cadáver del capitán Macana y de su asesino. Lo reconozco, todo estaba dispuesto por el destino para que aquel suceso me impresionara. A Macana lo había entrevistado unos días antes de su asesinato. Hernando Valencia llamó al capitán desde la Defensoría del Pueblo, hizo las presentaciones, y él se prestó a contarme los planes de su departamento. Me interesaba participar en una ilusión, sentir que un rayo de luz buscaba hueco bajo el cielo gris de aquellos años. Esa esperanza acabó como todas las de entonces, fango de selva y barro de ciudad, un cadáver sobre la acera, un muerto más, primero el cuerpo herido y después la mancha de sangre bajo los zapatos de la gente.

Pero me impresionó sobre todo el rostro del asesino. Aniñado, con la cara resabiada y los ojos llenos de orgullo, la imagen de un alumno universitario enfadado por un suspenso o de un sobrino que acaba de discutir con su novia. Me conmovió la situación de esos sicarios que de pronto aceleraban el tiempo para acercarse al dinero y al poder, notando el peso de una pistola en el bolsillo. No me costó mucho trabajo entender lo que sentían, porque en 1986 yo era también muy joven, un periodista inocente que había echado a correr por la vida hasta ocupar, antes de lo razonable y gracias a la ayuda familiar, una plaza de redactor en el periódico.

El sobrino de Antonio Granados iba a ser tan buen periodista como Antonio Granados. Un tiempo de ambiciones. Sentía el peso de mi firma en los artículos como Carlos Fernando debía sentir el peso de una pistola en el bolsillo. Estar dispuesto a contar la verdad, a resumir en palabras las vidas y las opiniones de la gente, me facilitaba un sentimiento de poder parecido al que rondaba la cabeza del sicario aniñado capaz de apretar un gatillo. La respiración de los demás dependía de nuestros dedos, de nuestros puntos de mira. Carlos Fernando actuaba sobre la realidad para cerrar bocas, ocultar secretos y extender mentiras. Yo actuaba sobre la ficción de los relatos en busca de una verdad.

Los ojos de Carlos Fernando me ayudaron a comprenderme a mí mismo. Él hubiera seguido llenando el futuro de cadáveres si la policía no llega a detenerlo. Mi voluntad fue la de seguir llenando las páginas del periódico de verdades mientras no me detuviesen la policía o los sicarios. Esa idea me ayudó a no verme del todo como un impostor la tarde del homenaje en el Teatro Gaitán. Cuando los amigos empiezan a hablar de las virtudes y el público se pone en pie para aplaudir, uno no tiene más remedio que sentirse un impostor y se vienen encima todas las renuncias y mezquindades que conforman cualquier vida. Sólo encontré la verdad de mi vocación en el recuerdo de los ojos de Carlos Fernando. Las palabras me pesaron en la boca y en la chaqueta con la rotundidad poderosa de una pistola. ¿Qué he conseguido yo? Por eso se me ocurrió empezar mi libro con aquel suceso, una imagen perfecta de las razones de una vocación y del dolor de una impotencia.

Por mucho que tiramos de la cuerda, nunca se sabe quién estaba detrás de los Cifuentes. Andamos siempre entre rumores, igual que en aquella ocasión. Rumores sobre políticos, narcotraficantes, policías, incluso sobre una venganza amorosa de un marido despechado por el adulterio de su mujer con el capitán. Resulta que tenía también mucho prestigio en asuntos de faldas. No conseguí enterarme de nada. En aquellos años, por mucho que se madrugara en Bogotá, nadie te preparaba el desayuno.

Pero no me pregunté qué había sido del asesino hasta que me asaltó el nombre del abogado Benavides de las páginas del libro sobre Jaime Segurola. Fue entonces cuando empecé a llamar por teléfono a los amigos de Nocaima y a preguntar si alguien sabía algo de Carlos Fernando. Como era lógico, me fue más fácil localizar a Alberto Benavides.

(Continuará Leonardo Padura.)

*Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su último libro, La forma de las ruinas (Alfaguara, 2016).

*Luis García Montero es es escritor y profesor de Literatura. Su poemario A puerta cerrada se publica próximamente en Visor. 
 
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