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Los libros

Un kamikaze de la escritura

  • En 20 brotes, Joaquín Campos ofrece 20 historias que brotan de la realidad, marcada por su vida en Camboya, pero que no escapan de lo psicótico
  • Al igual que sus personajes, el autor de estos relatos no llega a la literatura desde la Academia, sino por su necesidad de contar, de contarse.

María Bueno Martínez Publicada 16/02/2018 a las 06:00 Actualizada 15/02/2018 a las 18:04    
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20 brotes
Joaquín Campos

Renacimiento
Sevilla

2017

Hay lecturas a las que nos llevan nuestros gustos o nuestra manera de percibir el mundo. Hay otras a las que llegamos desde otras lecturas, estas, casi siempre, nos regalan grandes descubrimientos; pero hay otras que no sabemos bien cómo llegan a nosotros. Este último caso es el de los relatos que componen 20 brotes, el último libro de Joaquín Campos (Málaga, 1974).


La trayectoria literaria del escritor malagueño se inicia con Faltan moscas para tanta mierda (2014), en donde nos narra la vida de Rodrigo Mochales, su álter ego, que nos conducirá a una realidad china que raramente nos llega a Occidente. Un año más tarde publica Doble ictus,  en el que nos relata su relación –en la contraportada del libro se nos anuncia como una autopsia literaria—, con una abogada criminalista americana en la capital de Camboya. Las dos obras han sido publicadas por la editorial Renacimiento, así como el poemario Cartas a Thompson (Island), que habría que leer de una manera paralela a Doble ictus. Este año, además de 20 brotes, ha publicado otro poemario, Maëlys y todas las mujeres (Canalla ediciones). Es autor también de algunos artículos sobre su experiencia en China o Camboya, y de su vida en la capital camboyana nace su libro La verdad sobre el caso Segarra (Frontera D), proyecto que nació después de entrevistar a Artur Segarra, asesino de David Bernat en Bangkok. De sus investigaciones nace el libro, donde ahonda sobre el asunto; lo más llamativo es su conclusión de que no actuó solo.

En su último libro nos ofrece 20 historias que brotan de la realidad, pero que no escapan tampoco de lo psicótico, como bien expresa el título.

La protagonista del relato que cierra el libro dice: “Necesito conocer a gente anónima para contárselo. Es mi salvación” (pág. 231). Y al igual que su personaje, el autor de estos relatos no llega a la literatura desde la Academia, sino por su necesidad de contar, de contarse. Idea que va expresando a lo largo de diferentes cuentos, como en “Neonato”: “Porque al final la verdadera escuela –y el mejor canal televisivo— es la calle. De ahí, precisamente, mana mi obra” (pág. 125).

El escritor se convierte en espejo de esa realidad, una realidad para muchos ajena como puede ser la china, la tailandesa o la camboyana, escenarios de la mayoría de estos relatos y países donde el turismo sexual juega un papel importante. De ahí que en estas historias nos encontremos con un exceso de sexo. A lo largo de todo el libro, el narrador utiliza la imagen del espejo, por ejemplo, en el relato “Beber orina”: “Solo cuando pasaron tres horas supe que aquello había sido como escalar un ochomil. Meaba sentado en un bar mientras mi café americano me esperaba en la barra. Llegué a aplaudirme frente al espejo borroso por falta de mantenimiento” (pág. 112). O el párrafo final de su relato “Diario de una agonía”: “Porque la chulería es haber padecido una auténtica agonía en donde casi me dan por el recto mientras deliraba viendo los techos de vagones de metro, que repetitivos, me hicieron tan feliz que aquella espera se convirtió en literatura. Ya en el baño del Boeing, y tras mear sentado con la esperanza de que alguien abriera la puerta –nunca le echo el seguro—, me lavé las manos con bastante jabón y me besé a mí mismo contra el espejo. Era feliz” (pág. 168).

Estos veinte relatos nos reflejan, sobre todo, la vida sexual del narrador y esta imagen ocupa gran parte de la superficie del espejo. Por eso uno de los textos que más me ha gustado es “Diario de una agonía”, donde lo sexual ocupa una posición secundaria y donde a través de sus palabras percibimos la angustia que tiene que sufrir el protagonista de una burocracia caprichosa por parte del jefe de visados de la embajada china en la capital de Camboya, Phnom Penh, que le niega un documento para entrar en su país. Metáfora perfecta de un país que ha optado por el capitalismo, pero conservando sus estructuras maoístas. Otro de los relatos que querría destacar es “La muñones”, donde la ternura hacia una pareja sexual atípica sobresale por encima de otros rasgos.

En estas historias, además del protagonista vamos conociendo a muchas mujeres. En el cuento “Diálogo para besugos (en un loop)”, su amante le acusa de misógino, a lo que responde él: “¿Misógino yo? ¡Pero si he tenido más novias y amantes que tú cepillos de dientes! Deberías dejar de ir a esa reunión semanal de feministas: parecéis catequistas en tanga atadas las unas a las otras con grilletes ecológicos y de diseño. […] Mira Mónica, sólo quiero que sepas que me has acusado de misógino cuando hasta escribo poemas a mujeres anónimas o a muchas que conozco en las cafeterías de las gasolineras más lejanas. ¿Por qué iba a ser y misógino?” (pág. 137). Ninguno de los dos razonamientos impide que se pueda ser misógino o no. Este relato, junto al titulado, “Violencia degenero”, nos ofrece una lectura negativa del feminismo. Pero, como le recrimina el narrador a su pareja, en relación a su lectura de la poesía de Lorca –también habría que matizar mucho la interpretación del protagonista sobre el éxito del poeta granadino—: “Dame hechos, no frases conmemorativas de centenarios y toda esa mierda propagandista” (pág. 133).

Y tengo la certeza de que eso es lo que más le gusta al autor, por lo que le voy a dar tres palabras que me molestan como mujer, no como lectora. Por ejemplo, en la página 48 nos narra una de sus relaciones sexuales y dice el protagonista: “Aquella noche de riesgo, la premiada fue una desconocida absoluta con granos presuntuosos en sus caderas”. El perdonaje –no debemos olvidar que es hombre y occidental— se convierte en un premio para la prostituta, por tanto en el intercambio sexual no están en el mismo escalón. En la página 167, utiliza el verbo cazar: el cazador, en gran parte de la historia lo asociamos al hombre y, con esa acción, la mujer se convierte en un animal, una pieza que debe cobrarse. Y, por último, en la página 207, la mujer aparece convertida en una cosa: “En resumidas cuentas, que se tomara su tiempo mientras horadaba a Mon, que ya ardía más que la freidora”.

Pero habría que preguntarse si este lenguaje es incongruente con la personalidad del personaje que vamos construyendo en la lectura de los diferentes relatos. La respuesta es clara: no. Y, como he dicho anteriormente, la escritura de Joaquín Campos tiene mucho de reflejo: “Porque yo a esta vida he venido a que me ocurran cosas para luego contarlas. Y así, queridos lectores: abran todas las puertas que puedan” (pág. 129).  Además se siente cómodo en la estela del malditismo literario: “Y yo, como podrán ver, llevo años no sólo bebiendo y escribiendo, sino contando, con pelos y señales, cualquier asunto que la mayoría de ustedes, mis queridos lectores, serían incapaces no ya de escribir o contar, sino siquiera de insinuar. Que ahí radica mi éxito, por llamarlo de algún modo: mientras otros cuidan su estilo contando poco, yo lo cuento todo con un estilo que podría ser mejorable. Pero nunca olviden que el riesgo no se aprende en las escuelas. Sin embargo la sintaxis siempre puede llegar a mejorarse mediante el ejercicio diario de escritura y lectura. Y en esas estoy” (pág. 161).

Estos relatos merecen que les abramos nuestra puerta lectora, aunque sea para discrepar de su visión del mundo, porque nos llevarán a reflexionar sobre lo que es Occidente, lo que es Oriente, sobre la prostitución, sobre el feminismo, sobre la labor de las ONG e, incluso, sobre la naturaleza de la literatura.

*María Bueno es crítica literaria. 
 
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