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Los libros

Conde, "el recordador"

  • En la nueva novela de Leonardo Padura vemos un retrato sociológico de Cuba, de esa generación marcada por la revolución y que al final quedó desencantada
  • En La transparencia del tiempo se retrocede desde la Guerra Civil española hasta a Edad Media, en una mezcla bien trazada de novela negra histórica

Publicada 10/03/2018 a las 06:00 Actualizada 09/03/2018 a las 17:56    
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La transparencia del tiempo
Leonardo Padura

Tusquets
Barcelona

2018
  La nueva novela de Leonardo Padura, escritor cubano, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, es una nueva investigación de su personaje Mario Conde, cuya serie de libros son un referente mundial para los amantes del género policiaco. Aún con el eco de sus dos libros anteriores más impresionantes, El hombre que amaba a los perros, una novela absolutamente magistral sobre León Trostki y su asesino Ramón Mercader, y Herejes, que nos contaba en una magnífica narración histórica el legado judío en Cuba a través del arte en un relato estremecedor a lo largo del tiempo, Padura nos sumerge esta vez en una historia poliédrica que magistralmente se va cerrando aunando géneros y trascendiéndolos.

La transparencia del tiempo, sitúa a El Conde  ya con sesenta años, donde nuestro protagonista, cada vez más desengañado e irónico —pero también evolucionado en su manera de mirar el mundo— no solo tiene que investigar la desaparición de una talla, una virgen negra que le roban a un amigo de juventud, y enfrentarse los peligros de una trama mafiosa de tráfico de arte en la isla, sino que esta historia enlaza también con la Guerra Civil española y las vicisitudes de Antoni Barral, el español que lleva a Cuba la virgen huyendo de la guerra, y las propias aventuras del objeto artístico que se remonta hasta sus orígenes. Además asistimos a la evolución de los amigos de toda la vida de Mario Conde, como un retrato sociológico de Cuba y sus gentes, de esa generación marcada por la revolución y que al final quedó desencantada, y a un inventario de las calles de una Habana que sea cae a pedazos pero que mantiene su asombrosa capacidad de resistencia. Padura hace una crítica social hacia las condiciones de su país; para él la creación periodística ha sido una escuela en la que aprender a desarrollar su manera de escribir, por eso La Habana es una ciudad que le habla, por eso sabe cómo reaccionan las personas, cómo viven, cuáles son sus aspiraciones y frustraciones y así las describe. Hay siempre un submundo que se mueve entre el engranaje más profundo de la propia urbe:
 

“Conde encendió un cigarro y se dedicó a observar otra vez el panorama degradado que lo rodeaba. Pensó que de aquella miseria compactada por los años solo podía nacer más miseria, y sobre todo la peor de ellas: la humana. Los rostros de las gentes, de las cuales recibía miradas cargadas de recelo, eran el espejo de sus almas, y sus almas el fruto de su medio: la precariedad acendrada, multiplicada en los últimos veinte años de una crisis que tronchó el posible sueño de muchos de encontrar una mejoría a sus vidas. Lo peor era que, como aquel falansterio, había cientos en la ciudad, donde vivían miles de personas que ya no esperaban nada de la sociedad, y por tanto, no entregaban nada a la sociedad: vivían de lo que encontraban, como las garrapatas afanadas en sacar el último aliento de los perros famélicos sobre los cuales él había pasado”.  


El Conde es más que nunca un hombre desencantado, corrosivo, nostálgico, “un cabrón recordador, como le definía su amigo el Flaco. Revive momentos de su pasado sin saber que a veces la memoria confunde. Fumador, buen comedor y bebedor, se siente envejecer y siente que se perdió la esperanza de toda una generación. Se emborracha junto a sus amigos, mientras  ven partidos de pelota (béisbol) y escuchan música de sus tiempos. El detective que hubiera preferido ser escritor de día, pescador de tarde, amante de noche. En esta nueva aventura, su octavo caso, debe averiguar quién ha cometido un robo en apariencia sin mucha trascendencia. Roberto Roque Rosell, Bobby, un antiguo compañero del preuniversitario al que la vida se le arruina por ser gay en Cuba cuando dejó a su mujer y a sus hijos por otro chico, le pide ayuda a Conde porque su joven novio le ha robado todo lo que tenía en su casa, incluida una Virgen de Regla que llevaba con él y su familia durante décadas. La trama, que avanza en dos tiempos, uno de los cuales llega hasta la época medieval, y el otro, hacia adelante, se va intrincando hasta costarle la salud física y mental a Conde, puesto que en cuanto empiezan a aparecer cadáveres relacionados con el caso, sabremos que la virgen no es únicamente importante para Bobby y que su valor va más allá de lo que parecía.

En la parte histórica se retrocede desde la Guerra Civil española hasta a Edad Media, la época en la que se crea la talla y todos sus devenires, en una mezcla bien trazada de novela negra histórica armada con el oficio de un escritor en estado de gracia y que se documenta perfectamente para sus novelas. Padura cuenta una parte de la historia de España y de Cataluña (se retrocede hasta Roger de Flor), porque el protagonista de ese pasado, Antoni Barral, catalán exiliado, y sus antepasados dejan poso con sus reflexiones y vivencias de la en sus emocionantes periplos con la obra de arte hasta llegar a Cuba.
 

“La fatigante idea de que él era una criatura a merced de las voluntades erráticas de la Historia se convirtió en convicción cuando, unas semanas después, una pareja de trovadores andantes, camino de una feria que cada año se celebraba en Tolosa, fueron albergados por varios días en la encomienda. La noche antes de la partida, los juglares decidieron recompensar la hospitalidad de los encomenderos y algunos siervos vecinos interpretando las más populares canciones de su repertorio. Con agrado primero y con dolor después, Antoni Barral los oyó narrar la infaltable epopeya de Rolando, las excitantes tribulaciones de Roberto el Diablo, y la historia recién versificada de lo que ellos llamaron 'las aventuras reales y extraordinarias del muy magnífico capitán Roger de Flor', en las que se contaban varias de las muchas peripecias de la agitada existencia del mítico gran capitán de El Halcón del Temple, el hombre que había sido marino, cruzado, templario y después temible comandante pirata a bordo de La Olivette, bajo la bandera del rey Federico de Sicilia”.


Mario Conde se moverá por esa capa invisible y criminal –a simple vista— de una Habana en descomposición y que conoce al dedillo, en busca de la obra de arte medieval robada mientras las circunstancias criminales aumentan en una espiral siniestra que te va atrapando hasta un final desatado. Una novela que mezcla géneros con una trama excelente y en la que encontraremos también temas clásicos de las novelas de la serie de Conde: humor socarrón, gastronomía y sexo, un libro al que aferras  desde el principio y que vuelve a mostrar a Leonardo Padura como el gran narrador cubano de su generación y un autor que no defrauda con su literatura. Aún tenemos Conde para rato. Y que así sea.

*Pablo Bonet es poeta y librero de guardia en la Librería Muga. 
 
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