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Los libros

Amarrarse al pasado

  • Pedrito Ochoa pasa su infancia en un hospicio de Madrid, custodiado por las monjitas y con otros hijos sin padres o con padres de pasado innombrable
  • Rafael Reig nos regala una historia en la historia reciente de nuestro país, la de nuestro huérfano que no sabe o no puede dejar atrás sus años en el orfanato

Publicada el 29/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 28/06/2018 a las 15:18
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Para morir iguales
Rafael Reig

Tusquets
Barcelona

2018
  Cuando Rafael Reig me invitó a conocer a Martín no pude ni quise remediar un flechazo caníbal que abrió una puerta antes desconocida para mí. Podía caminar con un personaje de ficción y charlar con él en la penumbra de la noche como dos amantes que, sin tocarse, saben que haberse encontrado era cuestión de tiempo. De vez en cuando nos reencontramos en el espacio mítico de la literatura. Solo ahí brindamos con un vino pésimo a la salud de los versos de Quevedo o nos regocijamos con el último éxito de la nueva comedia de Lope de Vega. Si me siento sola solo tengo que mandar señales de humo para que Martín acuda a compartir conmigo la vida que habito en los libros.

Cuando terminé la última novela de Rafael Reig, Para morir iguales, no sabía qué hacer con las lágrimas, así que volví a invocar con toda la parafernalia a Martín. A estas alturas sé que es mejor auxiliarse en la buena compañía para confesarse las emociones. Si el protagonista, Pedrito Ochoa, puede hablar con la Virgen e incluso ver su foto en una portada de Interviú, no seré yo quien deseche esta gracia literaria que me ha sido concedida.

Pedrito Ochoa es un niño que pasa su infancia en un hospicio de Madrid. Con él viven custodiados por las monjitas de la Sagrada Familia otros hijos sin padres o con padres de pasado innombrable, según la aguda moral franquista, como su amigo Escurín o Pardeza, que ya es mayor y ha salido de los muros del orfanato. Como Cenitagoya, el “gaznápiro”, que propicia una rima rápida y divertida o como Sebastián Salazar, el matón que los va a zurrar de lo lindo, un “tonto en vísperas”. O como el gilipuertas de Ponzano que se muere justo antes que Franco con la única posesión valiosísima de una chapa roja del Cinzano. Chapa que pertenece a Ponzano, no a Franco. Son días angustiosos: hay que rezar “no solo por la salvación de Ponzano, sino también por la vida de Franco, que estaba agonizando sin lograr morirse nunca, y como de costumbre por la conversión de Rusia”.

Pedrito tendrá mucha suerte porque lo reclaman sus abuelos y se inaugura ante sus ojos un “Brillante Porvenir”.  Se cierra la puerta de la inclusa y se abre un mundo nuevo. Un nuevo colegio, nuevos amigos, calles nuevas, nuevas ventanas sin barrotes, una habitación nueva que no sabe a frío ni a lejía, un futuro por estrenar. Todo nuevo excepto su pasado, sus amigos, las monjas, Ponzano el gilipuertas, la Virgen de Málaga que seguirá visitándolo, los recuerdos como torres vigías que escrutan y marcan con luz de faro el presente y el futuro.

Amarrado queda el pasado. Nos pasa a todos. Podemos pasar de ser franquistas por la gracia divina a demócratas por el discurso de un amigo mayor. Podemos licenciarnos en una carrera de prestigio, ser millonarios, embaucadores o ciudadanos con dos propiedades. Podemos casarnos, formar una familia, soñar que somos libres, que hemos elegido nuestra vida a pesar de no ser tan atractivos. El mundo es de los guapos y no de los feos. De los que sueltan lastre. Pedro Ochoa no se desprende de su infancia ni los años de su niñez en el hospicio renuncian a él. Su presente se construye con su primer amor, Mercedes Ponzano, la hermana del gilipuertas, con su gran amigo Escurín, con el eco de la lectura de Sandokán, el tigre de Malasia, con las monjas de cuadernos de tapas negras que guardan secretos monstruosos.

Rafael Reig nos regala una historia en la historia reciente de nuestro país. La historia de nuestro huérfano, de Pedrito Ochoa, de nuestro estudiante de BUP y luego universitario y por fin abogado que no sabe o no puede dejar atrás sus años en el orfanato. Ahí siguen sus amigos, su única familia de verdad, para cerrar el círculo de una vida sin puntos ni apartes. El humor y la chispa de este gran novelista se mezclan con la gravedad y el asombro. Con la reflexión y contigo mismo. Y si lloré y necesité a Martín para contárselo fue porque sé lo mismo que sabe Reig: “Muerte sin amigo, vida sin testigo”.

*Sonia Asensio es profesora de Literatura.

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