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Los diablos azules

Cuando la lluvia fina rasga la piel

  • En Lluvia fina, Luis Landero nos chuta sin anestesia una historia dura, descarnada, negra, sin optimismo, sin humor. Escritura a borbotones
  • En la literatura del extremeño, la familia está presente, pero con cariño, benevolencia pese a todo. Esa forma de hacerlo era su sello. Hasta ahora

Publicada el 29/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 28/03/2019 a las 20:44
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Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Quizá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar. Quizá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. No es verdad.



Así empieza Lluvia fina, la última novela de Luis Landero. Lluvia fina que cae sobre nosotros, acariciando, lluvia fina balsámica que pretende la celebración del 80º cumpleaños de la madre. Lluvia fina que termina calando. Lluvia fina que empieza a gotear como chubasco, luego temporal y aguacero. Lluvia fina que se convierte en granizada, ventisca, pedriza y huracán. Lluvia fina que acaba convertida en nieve, el final de la novela, copos leves que rozan el alma tras lo leído y sufrido, para no dañar más en la herida abierta, en la congoja, en la tristeza familiar. Levedad calvinista (de Italo Calvino: frente a la dureza de la vida la levedad de la literatura), en donde el final se entrevé, se sugiere, final cerrado lleno de sutileza.

Me considero landerista desde que leí Juegos de la edad tardía. Para mí existe ese fenómeno, plenamente identificable, lo mismo que en el cine existió el landismo (por Alfredo Landa). Landero para mí significa olor a dehesa y a pueblo extremeño extrapolable a todos los pueblos, esa mirada particular que se hace universal, infancia de quincalleros, gente que lucha por sobrevivir, ese afán por salir adelante, en el pueblo, en la ciudad, en el barrio al que se emigra. Querer progresar desde abajo. Contar las vivencias historiadas. Ese afán, siempre presente, que va desde Dacio Gil Monroy, ingeniero y poeta de Juegos de la edad tardía, hasta el Balcón en invierno, el joven que intenta amoldarse a un medio hostil y desconocido con los esfuerzos de la madre y las hermanas, su tricotosa, el barrio, y un padre que no da golpe, con el que intenta reconciliarse una vez muerto. Y, en todo ello, la mirada melancólica, la ironía, el cariño pese a la dureza de los personajes o de su condición vital, destilarnos gotas de humor y bonhomía para que traguemos los episodios peores. La familia está presente, pero con cariño, benevolencia pese a todo, como queriendo formar parte de esa unidad. Esa forma de hacerlo era su sello. Hasta ahora.

  En Lluvia fina nos chuta sin anestesia una historia dura, descarnada, negra, sin optimismo, sin humor. Escritura a borbotones. Él mismo dice que se le cruzó la historia leyendo en un periódico la noticia de una reunión familiar que acabó con muertos y, como una revelación, la vio escrita y con título. Y esa es la sensación: más que lluvia fina parece una granizada de las gordas.

Landero nos ofrece una voz del narrador pegada a la protagonista, Aurora, la receptora, la que sabe escuchar, la que recoge todas las versiones de la tragedia familiar, de modo que "todas las versiones de todas las historias terminan confluyendo en Aurora", quien también sabe de la dificultad de conocer realmente a alguien, de saber quién es quién, ni siquiera su marido, de las distintas opiniones que emergen de cada uno, según sea padre o madre, o primogénita o el pequeño de la familia. La versión del hermano/marido, tan distinta en función de quien hable. Pero, sobre esa voz del narrador, lo mejor para mí son los diálogos entremezclados, todo conversaciones telefónicas o confidencias que recoge la protagonista, charlas que se mezclan saltando de un personaje a otro, mostrando un mosaico que al final del libro nos desvela los secretos de cada uno, sus vivencias, sus frustraciones y traumas.

Las historias familiares duelen, porque todos tenemos una. Y, en este caso, una historia truncada en la infancia feliz, cuando vive el padre y se inventa el antepasado Pentapolín, sí, ese personaje quijotesco, "Pentapolín del arremangado brazo", y que se suspende con su prematura muerte. A partir de entonces, domina la dureza de una madre para salir adelante en tiempos de miseria, que marca a fuego a sus hijos, que marca también a la protagonista, harta de escuchar y de que nadie la escuche, también con su propia tragedia que nadie tiene en cuenta.

Todo transcurre en la semana de Carnaval, un tiempo corto, unos días, y permite viajar al pasado, al presente e incluso a entrever el futuro. Diálogos entrecruzados con monólogos de los personajes hasta completar la desesperación, los rencores y las memorias retorcidas y trastocadas. La voz del narrador, insisto, solo entra para aclarar al lector lo imprescindible. He vuelto al libro una y otra vez, he releído el final como unas diez veces, de una poética que no voy a desvelar para que lean, lean, lean la Lluvia fina de Luis Landero. No se olvidarán de él.
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Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de tiempo (Menoscuarto, 2017).


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