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Los diablos azules

"Siento que cambio todo el tiempo"

  • Publicamos dos extractos de la conversación mantenida entre Susan Sontag y el periodista Jonathan Cott en 1978, publicada de forma íntegra en 2013
  • "Sin duda es cierto que el hecho de enfermarme hizo que me pusiera a pensar sobre la enfermedad. Yo pienso sobre todo lo que me sucede"
  • "Escribo en parte para cambiarme a mí misma y así, una vez que he escrito sobre algo, no tener que volver a pensar en ello"

Publicada el 21/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 20/06/2019 a las 21:42
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Publicamos dos extractos de Susan Sontag. La entrevista completa de 'Rolling Stone', un encuentro entre el periodista Jonathan Cott y la escritora que tuvo lugar en dos jornadas de junio y noviembre de 1978. La conversación salió en 1979 en la revista cultural de forma condensada, pero en 2013 de publicó íntegra por primera vez. Ahora la editorial Alpha Decay la recupera para su edición en España. 
_____


Jonathan Scott: Cuatro años atrás te enteraste de que tenías cáncer y de inmediato te pusiste a pensar sobre la enfermedad. Eso me recordó algo que escribió Nietzsche: «Para un psicólogo hay pocos problemas tan atractivos como el de la relación entre salud y filosofía; basta que él mismo caiga enfermo para que vuelque toda su curiosidad científica en su enfermedad».


Susan Sontag: Bueno, sin duda es cierto que el hecho de enfermarme hizo que me pusiera a pensar sobre la enfermedad. Yo pienso sobre todo lo que me sucede. Pensar es una de las cosas a las que me dedico. Si hubiera estado en un accidente aéreo y hubiera sido la única sobreviviente, es muy probable que me habría interesado por la historia de la aviación. Estoy segura de que la experiencia de estos últimos dos años y medio aparecerá en mi ficción, aunque muy traspuesta. Pero como ensayista lo que se me ocurrió preguntarme no fue «¿qué es lo que estoy viviendo?» sino «¿qué es lo que sucede realmente en el mundo de los enfermos? ¿Qué ideas tiene la gente sobre la enfermedad?». Me puse a examinar mis propias ideas, porque yo misma tenía muchas fantasías sobre la enfermedad, y sobre el cáncer en particular. Nunca había considerado la cuestión de la enfermedad en serio. Y si uno no piensa en las cosas, es muy fácil ser vehículo de toda clase de clichés, aunque sean los más ilustrados.


  No es que me haya impuesto la tarea: «Bueno, ahora que estoy enferma, voy a pensar en la enfermedad». Simplemente pensaba en ello. Estás tendida en una cama de hospital, y entra el médico y se te pone a hablar de ese modo… y tú lo escuchas y empiezas a pensar en lo que te está diciendo y en lo que significa y en el tipo de información que te está dando y cómo evaluarla. Pero después también piensas: qué extraño que hablen de ese modo. Y te das cuenta de que hablan así por todas esas ideas que hay en el mundo de los enfermos. De modo que se podría decir que yo estaba «filosofando» sobre el asunto, aunque no me gusta usar esa palabra, porque admiro demasiado la filosofía. Pero, para usarla en un sentido más general, uno puede filosofar sobre cualquier cosa. Quiero decir: cuando te enamoras te pones a pensar en qué es el amor, si tienes el temperamento necesario para reflexionar sobre el asunto.

Un amigo, un especialista en Proust, descubrió que su mujer tenía una historia con otro hombre. Se puso espantosamente celoso, se sentía herido, y me contó que en pleno ataque de celos se puso a leer a Proust y a pensar en la naturaleza de los celos y a llevar esas ideas más al límite. Y así estableció una relación totalmente distinta con los textos de Proust y con su propia experiencia. Estaba sufriendo en serio, no había nada falso en su sufrimiento, y sin duda no se escapaba de lo que estaba viviendo al ponerse a pensar en los celos de esa manera, pero hasta ese momento nunca había experimentado celos sexuales profundos. Había leído sobre ello en Proust, pero como cuando lees algo que no forma parte de tu propia experiencia. No conectas realmente con el asunto. Hasta el día en que sí forma parte.

(...)

Cuatro meses después de empezar nuestra entrevista en París, cuando acababas de volver a Nueva York, te llamé por teléfono para preguntarte cuándo podríamos completar nuestra conversación y me dijiste: «Deberíamos hacerlo pronto, porque puede que cambie demasiado». Eso me sorprendió. ¿Por qué?

¡Para mí es tan natural! [risas]. Siento que cambio todo el tiempo, y eso es algo que me cuesta explicarle a la gente. Porque se supone que un escritor es alguien que o bien se dedica a la autoexpresión o bien trabaja para convencer o cambiar a la gente en función de su visión de las cosas. Y yo no creo que ninguno de esos modelos funcione para mí. Yo escribo en parte para cambiarme a mí misma y así, una vez que he escrito sobre algo, no tener que volver a pensar en ello. Cuando escribo, escribo para sacarme ideas de encima. Podrá sonar desdeñoso para con el público, porque es obvio que antes de deshacerme de ellas las he trasmitido como algo en lo que creía —y creo en ellas cuando las escribo—, pero no creo en ellas después de escribirlas, porque ya me he mudado a una nueva concepción de las cosas, y todo se ha vuelto aún más complicado... o quizá más simple. Eso hace que me resulte un poco difícil hablar de mi trabajo. Porque a la gente le interesa que hable, pero yo, una vez que hice mi trabajo, ya me he ido a otro lado.

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